CAPÍTULO 1.-3

1966 Palabras
―Mami esto se me ha estropeado ―la decía―. ¿Me lo puedes arreglar? Allí estaba ella con su sonrisa diciendo: ―Trae, no tiene importancia. ―Mami esto no me sale bien, ¿me ayudas que tengo que terminarlo? ―¡A ver!, mira, se hace así ―me decía y dejaba lo que estaba haciendo para enseñármelo. “Mami esto, o lo otro”, y ella como si yo fuera el único del mundo me ayudaba. Claro que ahora que caigo, lo mismo les hacía a mis hermanos, y digo yo, ¿cuántas manos tenía?, ¿cómo le podía dar tiempo a todo?, y encima pintaba, eso sí que no sé cuándo lo hacía. Algunas veces por la mañana, veía allí en el rinconcito que ella tenía, donde no quería que nadie le tocara nada, contemplaba uno de esos cuadros que ella pintaba, ¡qué colorido!, ¿de dónde los sacaría?, siempre me lo pregunté, por qué nunca la veía hacerlos, solo la escuchaba, cuando era pequeño: ―Manu no lo vayas a tocar que está recién pintado. Y me lo decía con tono serio, ese que ponía cuando algo era importante y que los niños tan bien sabemos distinguir, y procuramos obedecer sabiendo que no es una broma. Pero si yo me acababa de levantar, ¿acaso ella lo hacía mientras los demás dormíamos?, luego de mayor obtuve la respuesta, efectivamente cuando todos descansábamos y la casa ya estaba en silencio, cuando había terminado las múltiples tareas, cuando había preparado para el día siguiente la ropa que todos nos teníamos que poner, ella se ponía a pintar, decía que le ayudaba a descansar para estar bien a la mañana siguiente. >>>> Salimos a la calle, ella cerró la puerta con decisión, luego echó la llave, me quedé sorprendido de que una puerta tan antigua y tan enorme, tuviera una llave tan pequeña, y mirando observé que la cerradura, el orificio que en la antigüedad servía para cerrar, ahora solo era un adorno, pues por su tamaño, la llave que se debía usar tendría que ser muy grande, seguro que de esas de hierro que tanto pesaban, desde luego no se podría llevar en ese pequeño bolso, donde vi que guardaba la llave la bibliotecaria. Con paso decidido, se dirigió a una de las calles laterales, como iba tan deprisa, igual que le había visto moverse por los pasillos de la biblioteca, y me costaba poder caminar a su paso, aunque lo intentaba, no tuve más remedio que decirla: ―Por favor señorita, un poco más despacio o no la puedo seguir, va usted muy deprisa. Ella me miró de arriba abajo como queriéndome hacer una radiografía y musitó: ―¡Huuum!, ¡qué juventud!, que pocos paseos dan, ¿verdad?, seguro que prefiere estar sentado horas, sin darse cuenta de la necesidad que tiene el cuerpo del movimiento, para sentirse bien y que no se noten en los huesos el paso de los años ―me respondió mientras aminoraba el paso un poco. ―Sí ―Yo musité bajito. Pero en realidad, ¿a qué le había contestado?, ¿a qué me pasaba el día sentado o que me estaban empezando ya los huesos a reclamar atenciones?, Yo que en mis buenos tiempos no dejaba ni un solo día de hacer deporte, ahora tenía que tomarme algún día una pastilla para poder aguantar los dolores, sobre todo en las rodillas, que creo que no era por falta de andar, si no por las horas interminables que me pasaba sentado. Tenía ella razón, fuera lo que fuera había acertado, me esforcé en seguirla sin volver a protestar, de pronto pensé que yo había estado todo el tiempo sentado, buscando información en esos libros los que había cogido de las estanterías que ella me había indicado, pero desde allí la podía ver en su puesto de trabajo, donde había observado que no había ni un asiento, así que ella estuvo todo el tiempo de pie. “¡Qué resistencia! ―pensé―. Yo no lo habría aguantado. Bueno ―Razoné como disculpa―. Estará acostumbrada, a saber, los años que lleva desempeñando este mismo trabajo”. Como iba distraído con mis pensamientos, ya que ella andaba en silencio, no me había dado cuenta del lugar donde estábamos, ni por las calles que pasábamos. Eso suele ocurrir cuando uno va conduciendo, si va solo tiene que fijarse en todos los detalles, para llegar al lugar que quiere ir, pero si alguien a su lado le va indicando la dirección, cuando llega se da cuenta de que, si tuviera que volver no sabría por dónde ir, ya que no se fijó por donde había venido, solo se había fiado del que le iba guiando y de seguir sus indicaciones, eso me pasó a mí y ya casi me pasaba del sitio, cuando la escuché: ―¡Aquí es!, hemos llegado, ya verá cómo encuentra algo de lo que busca. Creo que es el sitio donde tienen más material de ese tema en todo Santiago. Ella se había parado, y yo ni me había enterado, pero al oírla me paré rápidamente y mirando vi el escaparate, era una librería muy antigua, ella entró allí enseguida, y antes de que yo la alcanzara ya estaba saludando a un anciano que había sentado, pensé que era el dueño, al acercarme a ellos, escuché al señor como levantándose de su asiento la saludaba. ―Hola Pilar, ¿cuánto tiempo sin verte?, creía que ya habías olvidado la dirección de este lugar, o, ¿es que has estado tan atareada, que no has tenido tiempo de venir a visitar a un viejo amigo? Ella bajito le dijo a modo de disculpa: ―¡Perdone!, el tiempo no me sobra como ya sabe, pero tiene razón ha pasado mucho desde la última vez y no debía de haber sido así, ¿qué tal se encuentra? ―¡Bien!, ¡como siempre!, con mis achaques, ya sabes..., ¡bueno!, ¿y qué te trae hoy por aquí?, que te veo muy bien acompañada ―le preguntó aquel hombre, al que pude ver como la guiñaba un ojo mientras se lo decía. ―¡Perdone!, ¡perdone! ―dijo ella mientras se volvía hacia mí―. Mire le presento, y mirándome me dijo: ―¡Que despistada!, pero si no sé ni su nombre. ―Tan despistada como siempre, no has cambiado nada ―dijo el anciano librero y soltó una carcajada―. Recuerdo aquella primera vez que nos conocimos, la tímida muchacha curiosa que necesita preguntar algo, pero que su vergüenza no le deja ni hablar, y cómo te pedí que me lo escribieras, para poderme enterar, pues tus palabras te salían tan entrecortadas que no había forma de entenderte, ¿recuerdas lo que escribiste? ―la preguntó el anciano acercándose a su oído. ―No ―le respondió ella, un poco sorprendida por la inesperada pregunta. ―Pues yo sí, no lo he olvidado a pesar de todo el tiempo transcurrido, escribiste en aquel papel con letras grandes, sería para que lo leyera bien. >. Sí, así, eso me ponía aquel papel ―dijo aquel hombre mirándome―. Yo un comunista reconocido por todos, solté una enorme carcajada que se escuchó en todo el local, y tú llorosa me pediste perdón. Aun no sé por qué, pues no me habías hecho nada. Bueno vamos a lo de hoy, que como soy un viejo, cada vez vivo más en el pasado y de recuerdos, que desde luego son más divertidos que el día a día, donde no pasa nada diferente, todos los días son iguales, aquí nadie entra y yo me paso la mañana con el plumero, dándole a los viejos libros, para que el polvo no se les acumule tanto, no se pueden dejar ni un solo día, y por la tarde sentado en la entrada saboreando un café y tomando un poco el solecito, si ese día el sol se ha dignado visitarnos y si no me tomo el café sentado al brasero calentito para que estos huesos no protesten tanto, si eso es posible, ¿y de tu vida? ―la preguntó de repente, como dándose cuenta que ella estaba allí. Pilar, ¿no te casaste verdad?, ¿sigues teniendo aquel gatito gris que tanta compañía te hacía, y que tantas veces te rompió aquel cojín que le tenías tanto cariño? ―Pero si ha pasado casi un siglo, ¿cómo se puede acordar de todo eso? ―le preguntó ella riendo. ―¡Anda exagerada! ―contestó él―. Sí, años sí que es verdad que han pasado. Entonces tenías unas bonitas trenzas morenas y ahora veo alguna cana, que seguro no te has pintado ―la dijo él bajito. ―No, son naturales ―le contestó ella con una triste sonrisa―. ¡Cómo pasa el tiempo! ―¡Bueno!, ¡bueno!, dejemos la melancolía… y me decías que habías venido con este joven... pero no te he dejado decirme a qué ―añadió él mirándome. ―Pues casi a lo mismo que aquella primera vez ―le contestó ella. A que nos enseñe todo lo que tiene sobre “Las Apariciones De Fátima”, que parece que es algo que le interesa, y como sabe ese tema es el mío. Me he alegrado muchísimo de que alguien me lo haya recordado, y le he dicho que le ayudaría a encontrar esa información, que seguro que algo de ella hay por aquí. ―Joven ―dijo de pronto el anciano―. ¿Es usted creyente? Yo sorprendido por su pregunta le contesté entrecortado: ―No, pero ¿eso importa? >>>> Era un tema que tenía muy claro, y desde hacía mucho tiempo había debatido sobre ello, con familiares y amigos, pero cuando llegué a la Universidad se me hizo más firme la creencia, se puede ser buena persona sin creer en nada, y esa era mi filosofía de vida. A mi madre le costó entenderlo, pues ella siempre había estado muy metida en la parroquia y había tratado de que nosotros cinco siguiéramos con sus creencias y prácticas religiosas. ―Deja a los chicos que busquen su camino, que sean honrados y buenas personas, y las creencias unas u otras ya las irán aprendiendo con el tiempo y tomaran sus decisiones ―la decía mi padre. Él siempre la acompañaba a misa, pero no se metía en más, dejándonos libertad y poder de decisión, cosa que mi madre le decía que no era bueno para nuestro futuro. Mi hermana mayor Carmen, un día llamando a la puerta de mi habitación, pidiendo permiso para entrar, me dijo que había estado hablando con Don Ignacio, el cura de nuestra parroquia, que nos conocía desde pequeños, él nos había bautizado y con él habíamos hecho la Primera Comunión. ―¿Qué pasaba si no se creía en nada? ―Esa pregunta fue la que me dijo que le había hecho―. > ―Esa fue la respuesta que le dio el sacerdote, y Carmen añadió―. Pero yo no le he dicho nada de ti, ha sido como si fuera una duda que yo tenía. Lo estuve pensando unos días, y esas palabras del cura, me ayudaron a tener una charla con mi madre, pues el tema había hecho que tuviéramos algún roce de vez en cuando. Un día que la pude coger sola en casa, ¡raro!, pero fue una tarde de lluvia, yo había quedado con los amigos para un partido, pero era tan intensa la lluvia que por teléfono me dijeron que lo habían suspendido. Mi padre estaba de viaje, había tenido que ir a Madrid por cuestiones de su trabajo, Carmen, mi hermana mayor, se había ido con él, pues quería ver a unas amigas que vivían allí, las conocía de la playa de Sanxenxo y le habían invitado en varias ocasiones a ir a conocer la capital. Había aprovechado el viaje de mi padre, y así “Él no iba solo”, como dijo ella, claro para justificar que la dejaran. Bueno, la verdad es que mi padre agradecía ir acompañado en el coche, así podría charlar con alguien y el viaje no se le hacía tan pesado. Los gemelos tenían un examen importante, así que, aunque a la hora de irse llovía, no pudieron quedarse en casa, y Chelito, la peque estaba en la cama con gripe, y dormía después de haberse tomado su medicina.
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