Y así quedamos, y al poco de eso habíamos llegado a Santiago de Compostela, a casita. Llovía, como llovía, pero a ninguno de nosotros nos importó, por mucho que cayera, era nuestra lluvia, y no aquella agua que caía en Francia, tan fuerte que hasta temimos quedarnos sin techo en el coche, y no es que yo sea muy exagerado es que de verdad ninguno de nosotros había visto en toda su vida llover de esa forma. La semana siguiente al viaje, la pasé medio dormido, casi no me enteré de nada de lo que me decían en clase, porque el cansancio no se me acababa de pasar. El domingo cuando fui a casa de mis padres a comer, para cumplir la norma que había impuesto mi padre, a todo el que se iba marchando de allí: “No tienes que faltar ningún domingo a comer. Así te vemos cómo estas”. ―¿Y si estoy mala

