Sin embargo, el tío sí que parecía que los tenía muy presentes, hasta me enseñó una vieja fotografía que tenía de ellos, guardada con mucho cariño, en un cajón de una mesa de despacho, que tenía en su salón, allí donde se ponía a trabajar con sus papeles y que no quería que la tía ni le limpiara el polvo, “Para que no se los descolocara”, como decía él. ―Manu, si ellos no hubieran muerto, seguro que yo nunca me habría venido aquí ―me dijo una tarde que regresábamos de dar un paseo, y me dijo―. De pequeño mi padre me llevaba los domingos a dar una vuelta con él y me decía, “Los hombres necesitan hablar”, y me enseñaba cosas. Y me decía que las mujeres tenían otros gustos y que les gustaban las flores y cuando volvíamos para casa siempre que en el campo había alguna flor, me decía: ―Carlit

