Asombrado de su respuesta, le pregunté, ya más alto: ―¿Quién te ha encargado eso? ―Estese también callado, y no le pasará nada ―Y me enseñó, destapándose la chaqueta, que allí escondida, sujeta al cinto, llevaba un arma. Me encogí, allí donde estaba, en la cama, en ese lugar que no conocía, acompañado de un tipo que parecía que estaba dispuesto a todo, y pensé, “Pero, si no he hecho nada, ¿por qué me estará haciendo esto?”. Aunque en el fondo no me lo podía creer, debía de ser un sueño, pero me llevé la mano a la nariz y al tocármela me dolió. No, no era un sueño, de verdad había sucedido, el golpe en la nariz había sido real y ahora al tocarla, aunque lo había hecho despacio, me dolió. Bajito, pues no le quería molestar y que me diera otro puñetazo, porque con uno que ya había probad

