ISABEL Salí de esa casa con una rabia hirviente, la presión en mi pecho casi insoportable. Sabía que, una vez más, otro tipo se había enamorado de esa zorra. ¿Qué demonios le veía? Connor podía tenerme a mí, que era la mujer que realmente se merecía, pero no; seguía aferrándose a ella como si su vida dependiera de eso. Subí a mi carro, el motor rugiendo bajo mi frustración, y decidí que no podía esperar más para hablar con mi padre. Marqué su número y esperé, impaciente, hasta que escuché su voz. —"Hola, ¿qué pasa?" —respondió, su tono siempre tan tranquilo y deliberado. —"El gran estúpido no quiso hacer negocio" —dije, apretando los dientes mientras las palabras salían como un torrente de enojo. —"¿Por qué razón no lo convenciste?" —preguntó él, como si fuera algo tan simple. —"¡Por

