El movimiento lento de los barcos antes de atardecer en el puerto de Docklands es casi tan bonito como la tensión presente en el relieve de los brazos de Paris, Melbourne es todo menos un lugar feo. Son juegos amistosos los que creamos juntas y ella nunca me impide pasar mi dedo por las líneas sobresalientes, así que ya conozco hasta el recorrido sanguíneo desde sus nudillos al hombro. Podría contemplar en el repertio mental de razones por las que estoy aquí y enamorada de ella pero ya es fatigante, sólo hay que decir que como los obstinados no tengo ninguna razón para detenerme hasta lograr algo concreto y si tengo que medir el tamaño del encoñamiento pues basta con recordar que tengo acceso a una vista privilegia desde el edifico más impagable de la ciudad hacia la inmensidad del mar y

