Empujó sus caderas hacia adelante hasta quedar pegado a ella, completamente enterrado. La intrusión le quemaba en lo más profundo. Intentó reprimir el sonido que amenazaba con escaparse. El aire salía de su nariz con un ritmo frenético, casi a la par de su frenesí. Arriba, la gente bailaba. Celebraba. Lo que fuera que la noche le hubiera hecho, lo había vuelto duro y salvaje. Su agarre era más fuerte esta noche. Sus embestidas más violentas. El ritmo que imponía era implacable, embistiéndola sin piedad. No se molestaba en jugar. Cada embestida era un castigo, llegando hasta el fondo, llenándola una y otra vez hasta que el escozor de la penetración daba paso a una deliciosa fricción. —Yo era el dueño de la habitación. Y tú eres mi dueño —dijo, empujando hacia arriba con fuerza. Un calo

