Sus caderas se movieron una vez, presionando su clítoris contra su pulgar. Y antes de que pudiera controlarse, se frotó con fuerza contra sus manos, su cuerpo buscando la fricción y el calor que él le acababa de quitar.
—Pequeña criatura codiciosa —murmuró.
Las lágrimas le escocían en los ojos. No quería desear esto. No quería perseguir la euforia de la liberación. Pero sus paredes vaginales seguían apretándose a su alrededor, igual que sus caderas se contraían y retorcían para que su clítoris rozara su pulgar una y otra vez.
Un gemido ahogado escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo, mientras la frustración aumentaba. Apenas pudo evitar bajarse las bragas del todo.
Podía sentir cómo se le escapaba líquido por la parte interior de los muslos. Sus caderas se movieron una vez más, deslizando su pulgar por sus pliegues húmedos.
Pero él seguía sin moverse. En cambio, apartó el pulgar de su clítoris.
—Por favor... —susurró antes de poder detenerlo.
—¿Por favor qué?
Negó con la cabeza, incapaz de expresar lo único que su cuerpo anhelaba. Su v****a se contrajo violentamente a su alrededor y él gruñó en respuesta, penetrando más profundamente.
Entonces su pulgar comenzó a moverse en círculos de nuevo y sus rodillas casi cedieron de alivio. Gimió una vez, odiándose a sí misma por el sonido. Sus muslos temblaban. Su respiración ahora era corta y desesperada.
—Estás tan cerca ahora —susurró contra su sien—. ¿Verdad?
Y antes de que pudiera controlarse, asintió.
Dejó escapar una risa baja, mientras sus dedos volvían a acelerar el paso. —Bien.
Volvió a curvar los dedos, tocando ese punto que le nublaba la vista. La presión aumentó de forma desmesurada.
Sus rodillas casi cedieron, la tensión acumulándose justo al borde.
Volvió a introducir sus dedos en ella, casi con violencia, y luego retiró la mano.
Su mano rodeó su rostro, y sus dedos húmedos rozaron sus labios.
—Abierto.
Dudó un instante, pero él apretó la otra mano sobre su hombro. Ella entreabrió los labios ligeramente.
Le metió los dedos a la fuerza en la boca.
—Chupa —ordenó—. Prueba lo desesperado que estás.
Cerró los ojos, manteniendo la lengua quieta. Sus dedos estaban cálidos y resbaladizos. Sintió su propio sabor en él. Sal y algo más almizclado. Una extraña intimidad en la intrusión de todo aquello.
Sus labios se cerraron alrededor de sus dedos, su lengua se aplanó contra ellos mientras tragaba el sabor de su excitación.
Retiró los dedos y se limpió la mano en el muslo de ella, dejando una marca húmeda en su piel, y dio un paso atrás.
Se quedó inmóvil, sin saber qué hacer ante la repentina ausencia de contacto. Su cuerpo clamaba por su caricia. Por la liberación que había estado tan cerca. Por un último círculo de su pulgar.
Podía sentir su pulso entre las piernas. Cada terminación nerviosa anhelaba un roce más.
Si él volviera a tocarle el clítoris ahora mismo, aunque solo fuera una vez, ella se correría inmediatamente.
Apretó los puños a los costados. La tela de sus bragas estaba completamente empapada.
—¿De verdad creías que te recompensaría por desafiarme?
Sus nudillos rozaron su hombro casi con gesto pensativo.
—¿Después de esa pequeña payasada con los pantalones?
Su voz se volvió más grave. —No puedes desobedecerme todo el día y seguir viniendo a mi mano. Eso sería un incentivo equivocado, ¿no crees?
Cerró los ojos e intentó recuperar el aliento. Su cuerpo aún anhelaba ese último instante. Ser llevada al límite. Obtener la liberación que él le acababa de arrebatar.
Por un instante, ella deseó que ese fuera el final de su demostración. Que hubiera confirmado su dominio y el efecto que ejercía sobre su cuerpo, y que ahora la enviara a casa.
—Debajo de la mesa —dijo—. Ahora mismo.
—No hagas esto —dijo, tragando saliva—. Usaré faldas y vestidos. Lo prometo.
Bastaría con que un analista se equivocara de sala de reuniones y un colega buscara a Joshka para hacerle una pregunta.
Y ella estaría debajo de la mesa, chupándole la polla a su jefe casado.
Ella sería la que lo perdería todo. La rompehogares. La zorra.