El castigo

2094 Palabras
Unos días después del extraño encuentro, Badir estaba en clases manteniéndose callado y pensativo por lo sucedido con el profesor LeBlanc. — ¿Estás bien, amigo? —Susurró Alejandro con esa sincera cara de preocupación, la cual, le hacía sentir que de verdad le importaba. —No —masculló volteando a la pizarra. —Vamos —insistió su amigo golpeándolo suavemente con el pie—, sabes que puedes contarme tus problemas. A veces le molestaba un poco que Alejandro fuera tan adorable y sincero, casi le hacía sentirse querido. —No tengo nada, déjame en paz —contestó con fingida molestia a lo que su amigo solo le dio un golpe en el hombro y continuó escribiendo en su libreta con esa bonita sonrisa iluminando su rostro. En ese momento no estaba de humor para los cariños de Alejandro, aunque en realidad le gustaba mucho la atención que recibía de su parte. Algo que jamás reconocería en voz alta porque no le gustaba la idea de que alguien sintiera compasión por él. Ni siquiera cuando se trataba de Alejandro, su único amigo y la persona más valiosa en su vida. — ¿Tiene alguna duda, señor Fermonset? —Preguntó con amabilidad el profesor de inglés. —No —respondió tajante y agachó la mirada para terminar de contestar el ejercicio en su libreta. En cuanto terminó de escribir, miró de reojo a Alejandro quien estaba concentrado en su libreta y sonrió de lado al recordar que en el colegio siempre había tenido problemas con esa materia y al parecer seguía sin entender del todo. —No, Alex —susurró Hilal que estaba del otro lado mirándolo con atención como lo hacía él—, las question tags van al final, de esta forma. Su estómago se revolvió al escuchar a Hilal llamarlo “Alex”. En todo el tiempo que llevaba conociéndolos a ambos jamás le había llamado con un apodo cariñoso. Inclusive, nunca lo había visto acercarse tanto a Alejandro como en ese momento que prácticamente estaba encima de él escribiendo en su libreta, parecían más íntimos y era algo bastante molesto. Ellos se secretearon algo. Alejandro se sonrojó dándole un codazo a su amigo quien rio sin aliento y se sentó de nuevo, sobándose el estómago. Algo había cambiado en su amistad y no sabía definir qué era, solo esperaba que Alejandro siguiera siendo heterosexual y no estuviera interesado en Hilal. —Bien, la clase terminó —anunció el profesor de inglés—, si tienen alguna duda pueden quedarse, yo estaré aquí un rato más. Todos sus compañeros guardaron sus cosas al igual que él. Poco después se levantó de un brinco y tomó a Alejandro del brazo con la intención de llevárselo para preguntarle qué demonios sucedía entre él y Hilal. Aunque su amigo solo negó sonriente. —Me quedaré a la asesoría, no entiendo nada y es mejor aclarar mis dudas antes de que empiece la temporada de exámenes. Lo soltó con un poco de molestia y miró a Hilal quien estaba terminando de guardar sus cosas. — ¿Entonces te veo en el instituto? —Preguntó Hilal con una extraña sonrisa— Porque si no vas, Nicole estará preguntando por ti y Re… el señor Priego no querrá empezar el ensayo sin nuestro camarógrafo. —No soy su maldito camarógrafo —espetó Alejandro al rodar los ojos—, allí estaré no creo tardar mucho. —Te estaremos esperando —Hilal guiñó un ojo sonriendo burlonamente y se echó a correr a la salida. Odiaba que tuvieran esos intercambios privados, lo hacían sentir desplazado. Era como si pasara algo entre ellos y él ni siquiera se daba cuenta de qué era. Ignoró su patético pensamiento y se giró para salir del salón. Antes de poder cruzar el umbral, Alejandro lo detuvo por el brazo. —Sabes que puedes contar conmigo si algo te molesta, ¿cierto? —Preguntó su amigo dejando muy en claro que todavía notaba su mal humor. —Sí —respondió en un murmullo. Se sacudió la mano y caminó por los pasillos que poco a poco se fueron vaciando, las clases habían acabado y la mayoría huían del lugar de inmediato. Sin embargo, no se sentía con ganas de regresar a su casa y más porque en ese momento no había nada que distrajera su mente de lo sucedido unos días antes. Desde el encuentro con el profesor Darío no pudo dejar de pensar en su estúpida cara pretenciosa y de lo caliente que lo había dejado por chupársela. Todo era muy confuso y ridículo porque de todos modos no era algo que pudiera solucionar con una buena pelea, debía tener más cuidado si no quería ser descubierto otra vez. A lo lejos miró a Isaac, estaba parado apoyando la mochila contra la pared como si escondiera algo a toda prisa. Lo pensó por un momento y decidió que ese chico podría ayudarle a sacar un poco de frustración. Lo alcanzó con unas cuantas zancadas y le arrebató la mochila para ver lo que escondía. Descubrió, con algo de sorpresa, de que se trataba de un muñeco. — ¿Acaso tienes cinco años? —Espetó antes de regresarle sus pertenecías. —Se llaman figuras de acción y son de colección —respondió Isaac a la defensiva—, además, ¿qué haces aquí todavía? No tienes a alguien para molestar, ¿o algo así? Miró a todos lados para confirmar que no hubiera nadie cerca y encerró al muchacho contra la pared juntando sus caderas. — ¿Acaso no te gusta que esté cerca de ti? —Siseó levantando la camisa del chico para acariciar su estómago plano— ¿no quieres que pasemos un rato juntos? Isaac se estremeció bajo su toque y se sonrojó con rapidez. — ¿Aquí? Alguien podría vernos —jadeó el chico a la vez que le ayudaba a quitarse el cinturón con manos temblorosas. —Ya no hay nadie —gruñó restregando sus caderas juntas. Con su visión periférica distinguió una puerta a su lado. Se alejó de Isaac para inspeccionar y se relamió los labios cuando vio que era un aula desocupada. Estaba dispuesto a empujarlo hacia adentro cuando una mano fuerte lo retuvo de la muñeca. —Primero, te involucras en una pelea hace unos pocos días. Ahora, quieres tener relaciones sexuales en un aula, de verdad deseas ser expulsado, ¿cierto? Esa voz gruesa le erizó la piel y al voltear hacia Isaac, la pequeña mierda ya había desaparecido dejándolo solo son ese terrible problema. Tironeó para que esa mano dejara de apretarlo, aunque solo logró lastimarse. —Yo no iba a hacer nada —reclamó y encaró al profesor Darío quien todavía lo sostenía con fuerza. Una risa ronca hizo balancear esa atractiva manzana de adán del profesor. Sin embargo, no era una expresión de alegría, esos ojos grises expresaban otra cosa, quedaba claro que ese hombre estaba furioso. Y por alguna razón dudaba que fuera por haberlo atrapado a punto de involucrarse con un compañero en el aula. El profesor cerró distancia y se sintió tembloroso al percibir el excitante aroma varonil de ese estúpido y atractivo hombre. Se odiaba a sí mismo al sentirse afectado por su cercanía, sentía la necesidad de salir huyendo de allí, pero esa mano grande y fuerte seguía aferrada a su muñeca. —Claro, y no tenías las manos de Isaac sobre tus pantalones. Cada palabra era dicha con furia, la cual, también estaba reflejada en esos ojos grises entrecerrados. Y a pesar de que el profesor se veía muy enojado, el sonido grave de su voz hacía cosas raras en su cuerpo, pues era excitante escucharlo hablar con ese tono. Todos esos sentimientos provocados por ese hombre lo hacían enojar más, por lo que no pudo evitar mirarlo igual de furioso. — ¿Está dispuesto a negociar por su silencio? —Sugirió con la esperanza de que el profesor hubiera quedado conforme con el “trabajo” anterior como para acceder a su propuesta. —Una mamada no bastará esta vez —se opuso el profesor Darío apretando tanto su muñeca que ya sentía su mano dormida. — ¿Qué es lo que quiere? —Lo desafió. El profesor tiró de él por el pasillo y aunque quería detenerlo y enfrentarlo, no tuvo otra opción más que dejarse conducir a grandes pasos que le costaba un poco de trabajo seguir. Entraron a los baños de los hombres y fue empujado con tanta fuerza dentro de un cubículo que casi cae al piso si no fuera porque pudo apoyarse en el retrete. — ¿Te gusta acosar chicos indefensos? —Susurró el profesor al levantarlo con una mano y empujarlo contra la pared. Quería responder que Isaac no era un chico indefenso, era más puta de lo que él pensaba. Sin embargo, su respiración era entrecortada debido a su corazón acelerado, su mente no formulaba pensamientos coherentes por la cercanía y esa mirada intimidante—. Debo darte una lección que quede grabada en tu sistema y así dejes de molestar a los chicos más pequeños que tú. Abrió con amplitud los ojos cuando sintió las grandes manos del profesor apretar su culo y cuando menos esperó tenía los labios de ese hombre sobre los suyos en un beso lleno de furia. Una parte quería alejarlo por ser un imbécil prepotente que se creía con el derecho de castigarlo por algo que Isaac estaba dispuesto a aceptar; aun así, rogaba por una fuerza superior que lo ayudara, pues era bastante excitante la forma en como estaba siendo tocado. Sin ser del todo consciente, lo estaba atrayendo contra sí mismo con el único objetivo de obtener más. Jamás había sido besado de esa forma, tan demandante y a la vez tan seductora que debilitara sus piernas y lo pusiera al borde de pedir más, esos labios no eran suficientes para calmar su repentino deseo. Era un poco frustrante porque nunca se había sentido tan caliente por un simple beso. Las manos que masajeaban su culo eran tan grandes y fuertes que con cada apretón le hacía hormiguear la piel, se sintió aún más excitado y fuera de balance cuando su erección se frotó contra la de su profesor por encima de las ropas. Deseaba estar piel con piel y frotarlas juntas. Cuando su labio inferior fue mordido con fuerza regresó un poco a la vergonzosa realidad donde se descubrió a sí mismo con los ojos cerrados, gimiendo y apretando la camisa que cubría el amplio pecho del profesor. En cuanto el maestro dejó de besarlo abrió los ojos a la espera de encontrarse con esa mirada vidriosa llena de lujuria que le dedicó cuando se la chupó. Sin embargo, solo se encontró con una expresión burlona, haciéndolo sentir frustrado pues el profesor no se veía afectado por el beso y él estaba dolorosamente excitado con la cara hirviendo de deseo. «Maldito», pensó lleno de furia e intentando controlar un poco su semblante. La sonrisa sarcástica del profesor se desvaneció, dando lugar a una mueca de enfado. —Eres tan arrogante —farfulló el profesor apretando sus caderas juntas y logrando que su expresión altanera vacilara un poco debido a otra corriente de excitación—, te crees tanto, Badir Fermonset. La forma tan despectiva con la que pronunció su apellido lo hizo sentir incómodo pues sabía a qué se refería. La familia Fermonset era reconocida en la ciudad por ser dueños de lujosos restaurantes, sin embargo, sus padres no pertenecían a ese convenio familiar y le parecía injusto que el profesor lo juzgara solo por un estúpido apellido. —Ahora, ocúpate de tu asunto —susurró el profesor tocando superficialmente su endurecido m*****o haciéndolo jadear e imposibilitando cualquier queja para defenderse— y deja de una vez por todas de meterte en problemas. Compórtate si no quieres que alguien más te descubra en tus movidas y te acuse. Dicho esto, el maestro salió del pequeño cubículo dejándolo solo, muy caliente y demasiado confundido. Ese comportamiento no era el normal de un profesor, aun así, no se podía mentir a sí mismo de que no le gustaba. Ese hombre era muy bueno en todo lo que se propusiera, no dudaba que fuera excelente en la cama, pero de nuevo, esa actitud horrible acababa con cualquiera de esos intrigantes atributos. Se dejó caer en el escusado cerrando los ojos en un intento de controlar sus caóticos pensamientos y esperar a que la excitación se le pasara. 
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