Sofía. La brisa de la noche acariciaba mi piel expuesta mientras avanzaba hacia la terraza. Mis tacones resonaban con un eco tenue en el suelo de mármol, un ritmo que coincidía con los latidos acelerados de mi corazón. No estaba segura de si eran los nervios o la anticipación lo que me llevaba a este momento, pero sabía que algo cambiaría esta noche. Cuando lo vi apoyado en la barandilla, con la mirada perdida en la ciudad iluminada, sentí una mezcla de emociones contradictorias. Alejandro siempre había sido un enigma para mí: intenso, calculador, y al mismo tiempo, con esos destellos fugaces de vulnerabilidad que parecían reservados únicamente para mí. Esta noche no era diferente, pero algo en su postura me hizo sentir que estaba cerca de derrumbar esa barrera invisible que siempre leva

