5. Una Cena en “Familia”

1931 Palabras
Sofía Había ideado un plan. Durante el transcurso de mis días, me imaginé cómo sería estar con alguien como él: un hombre adulto, maduro, con la experiencia suficiente para desarmar cada uno de mis nudos y dejarme en nada. Es por eso, que en este momento estoy más decidida que nunca a seducirlo. Los hombres como él no buscan niñas, no esperan el coqueteo simple de una colegiala o universitaria; quieren más que eso, necesitan más. Estaba dispuesta a darle más. Sin embargo, cualquier plan quedó eclipsado por lo que había presenciado unas horas antes de llegar a casa de mis padres. La ciudad, usualmente caótica, estaba particularmente desquiciada el día de hoy. El sol apenas se despedía en un horizonte teñido de naranja y púrpura, mientras las luces de los autos comenzaban a encenderse, dibujando destellos incesantes en la calle. Regresaba de una reunión cuando, justo en la intersección frente a mí, el estruendo desgarrador de metal contra metal rasgó el aire. Mis manos temblaron sobre el volante, y el chirrido de llantas contra el asfalto me arrancó un jadeo. A pocos metros, seis autos colisionaban en una cadena interminable de impactos. Vidrios explotan en miles de fragmentos brillantes, salpicando como estrellas caídas. Los gritos, el ruido ensordecedor y las luces intermitentes de los vehículos bloquearon mi capacidad de reaccionar. Pisé los frenos justo a tiempo, el cinturón de seguridad cortándome el pecho por la inercia. Un vehículo n***o, fuera de control, derrapó hacia mi auto, su trompa zigzagueando como si intentara alcanzarme. Mi cuerpo se congeló, y lo único que pude hacer fue cerrar los ojos mientras esperaba el impacto. No llegó. El auto giró en el último momento, golpeando una señal de tránsito a escasos metros de mi posición. Me obligué a abrir los ojos, enfrentándome al caos absoluto: un hombre sangraba mientras intentaba salir de su auto, y una mujer gritaba pidiendo ayuda desde el otro lado de la calle. Mi instinto fue bajar del auto, pero las bocinas y el frenesí de los conductores que intentaban abrirse paso me lo impidieron. Grabé lo sucedido con el teléfono, temblorosa, más como una forma de procesar lo que veía que por cualquier otra razón. Necesitaba pruebas para convencerme de que aquello realmente estaba pasando. Cuando llegué a casa, todavía sentía la tensión en mis músculos. Entré al comedor, consciente de que llegaba tarde. Mi padre estaba en su habitual posición al extremo de la mesa, rodeado de sus socios y amigos de confianza. La luz cálida de las lámparas de cristal iluminaba el ambiente con una falsa sensación de serenidad. Alejandro estaba allí, sentado cerca de mi padre, tan impecable y compuesto como siempre. Su traje oscuro parecía hecho a medida para resaltar su autoridad natural, y su mirada se alzó hacia mí en cuanto crucé el umbral. — Buenas noches —dije con la voz algo quebrada, intentando mantener la compostura —. Lamento mucho la tardanza, hubo un accidente. Mi padre se levantó, observándome con el ceño fruncido. Sabía que las explicaciones verbales no serían suficientes para él, así que tomé mi teléfono y le mostré el video. — ¿En serio? —murmuró con incredulidad, mientras Alejandro se inclinaba ligeramente para mirar la pantalla. En el video, los autos destrozados y los cuerpos moviéndose entre el caos eran evidencia suficiente. — Seis autos, todos atravesados. Estuve un rato allí; no podía salir porque tenía vehículos detrás —expliqué, todavía sintiendo el temblor en mis manos. — Campanella no llegará —interrumpió uno de los invitados, su teléfono en la mano—. Han cortado toda la calle por un accidente múltiple. Al parecer, hubo fallecidos. La tensión en la sala creció, pero Alejandro no apartaba su mirada de mí. Sus ojos, tan intensos como siempre, parecían buscar algo más allá de las palabras. Caminé hacia el lugar desocupado junto a él, tratando de controlar mi respiración. Cuando me acerqué a sentarme, se levantó junto con los demás caballeros de la mesa, como dictaba la etiqueta. Pero su gesto fue distinto: sus manos movieron mi silla con una suavidad que contrastaba con la rigidez del ambiente. — Gracias —murmuré, y él asintió casi imperceptiblemente. Cuando los murmullos reanudaron las conversaciones, alguien volvió al tema del accidente. — ¿Cuántos autos? —preguntó uno de los empresarios con evidente interés. — Seis —respondí, sintiendo el nudo en mi garganta —. Fue horrible. — ¿Viste cómo ocurrió? El recuerdo del auto n***o derrapando hacia mí me golpeó con fuerza. Sentí un escalofrío recorrerme, y sin quererlo, mi mano tembló. Alejandro lo notó, sus ojos recorriendo mi rostro con una mezcla de preocupación y algo más que no pude descifrar. — Estuve muy cerca —admití, bajando la voz. Las conversaciones continuaron, pero yo ya no estaba allí. Mi mente seguía atrapada en el sonido del impacto y en la imagen del auto que casi me alcanzó. Sin embargo, la presencia de Alejandro a mi lado me anclaba, como si su mera cercanía fuera suficiente para protegerme de la tormenta que aún rugía en mi interior. — La gente no piensa mientras maneja —se quejó uno de ellos. — Claro que no, lo has visto con su teléfono —me concentre en mi plato. — ¿Estás bien? —su voz me hizo volver al presente. Giré mi rostro para observarlo y deje de respirar, su gris profundo me atrajo como panal de luz a un insecto. — Sí —susurré. — Estás mintiendo —se mantuvo ajeno. — No creo que sea correcto susurrar —sonreí. — No me importa. Si no le importaba los protocolos, no le importaría que jugara con él un poco. — Eso es bueno, tengo ganas de divertirme un poco. Sus ojos se oscurecieron, apretó la mandíbula y el ambiente se llenó de tensión. Y dejo de mirame, pero todo seguía ahí. Por supuesto, era la causa de esa tensión. Él lo sabía, yo lo sabía, y lo peor era que mi padre ni siquiera lo notaba. Alejandro, como siempre, mantenía su fachada de indiferencia, su mirada fija en el plato, en el vino, en cualquier cosa menos en mí. Pero esa noche no era suficiente. La cena transcurría entre risas educadas y conversaciones triviales. A veces, mi padre me lanzaba alguna pregunta para asegurar que estaba involucrada en la charla, pero la mayoría de las veces mis respuestas eran simples y cortas. — ¿Cómo están tus estudios? Sonreí de nuevo, limpie mi boca y baje la servilleta, solo que está vez no subí una de mis manos, si no que la llevé a la pierna de Alejandro que se tensó. — Muy bien, mi intercambio fue enriquecedor, ver otras empresas. Pase la mano por su muslo de arriba abajo, sus tomó un trago de vino tensó antes de tomar su servilleta y limpiar su boca. Mi mano subió un poco más mientras explicaba las cosas que vi y se detuvo cuando otra se cerró alrededor de la muñeca. — Eso es grandioso. — Lo es, fascinante. Alejandro saco mi mano y espere que subiera la suya para llevarla de nuevo a su entrepierna. Baje directo por ella y pase los dedos por encima de su cremallera. Se removió un poco, sus dientes se apretaron al igual que la mano que sostenía su cuchillo. — Es una maldita broma. Siseo tan bajo que no pareció que hablase, pero mi mano ya se había cerrado a su creciente erección. Tataree un poco mientras seguía en la charla y todos intercambiaron opiniones hasta que observaron a Alejandro. — Amigo —mi padre lo animo y aumenté mis movimientos. — Creo que es un buen negocio —su voz salió pausada mientras decía aquello —, tal vez deberíamos ver algunas opciones más y luego decidir. Mi padre sonrió y aprovecho para bajar la mano y detenerme de nuevo. La tentación de provocarlo se hacía más fuerte con cada minuto que pasaba, como una corriente subterránea que se negaba a ser ignorada. Mi padre estaba absorto en una conversación sobre negocios con el hombre sentado a su lado, y la atención de los demás se dispersó en un murmullo bajo. Aproveché el momento para volver a mi juego. Me incliné ligeramente hacia adelante, posando mi mirada sobre Alejandro, tenso y con los dientes apretados. — Te ves algo tenso ¿Necesitas algo? Tal vez acabar… — Sofía. Su reacción fue sutil, casi imperceptible, pero yo lo noté. Un parpadeo más largo de lo normal, seguido de un pequeño movimiento hacia atrás, como si intentara mantener el control de su cuerpo. — ¿Qué? ¿Lo hago más rápido? —su mano trato de pararme de nuevo y apreté. — No tienes idea de lo que estás haciendo —respondió en tono suave, pero firme, sin mirarme. Esa frase era un muro, una barrera invisible que él colocaba entre nosotros para mantenerme alejada. Pero algo en mi interior no estaba dispuesta a ceder tan fácilmente. Sabía que estaba en el borde de lo prohibido, pero me gustaba. La idea de que alguien tan seguro de sí mismo como Alejandro pudiera dudar, incluso por un momento, me llenaba de una satisfacción que no entendía completamente. Sin contar como se contenía para no hacer ningún gesto. — ¿No? —dije, y me dejé caer en una sonrisa apenas perceptible —. Entonces, ¿Por qué pareces disfrutarlo? Él levantó una ceja, esta vez mirándome por primera vez bien en toda la noche, pero sin perder la compostura. Sus ojos, grises, brillaban con una mezcla de lujuria y algo más salvaje. Algo que no podía identificar, pero que sabía que estaba allí, latente, justo debajo de la superficie. — Detente —negué. — ¿Por qué? — Porque mi amistad con tu padre no está en juego, Sofía —respondió en tono grave, como si mi presencia no tuviera ninguna importancia. Pero en su voz había una inflexión que delataba que no estaba tan seguro de su propio control. Podía sentir que la tensión entre nosotros aumentaba. Cada palabra, cada susurro, era un desafío tácito, una llamada a cruzar una línea que ambos sabíamos que no debíamos. Pero no podía detenerme. Algo en mí se alimentaba de esa energía, de ese roce peligroso que existía entre nosotros. La diferencia de edad, las reglas de lo correcto, todo eso se desvanecía cuando lo miraba a los ojos. La atracción, esa fuerza casi magnética, estaba ahí, y ya no podía ignorarla. Aumenté mis movimientos, sus ojos brillaron furiosos, su mano me tomó, pero no se percato de que ya estaba rodeando su pene con mi mano. Miró a todos lados cuando su carne caliente se vio envuelta en mi mano. Me asegure de mover todo tan lento como podía, su respiración flaqueo, tomó aire y miró de nuevo a los demás para hablar cada tanto. Lo sentía, cada parte de él, dura, grande y tan viril que se me hacia agua la boca. Apreté mis muslos un poco y sentí como se endurecía un poco más. Mis movimientos volvieron, Alejandro apretó mi muñeca con fuerza, soltó un carraspeo y fingió tomar vino mientras se derramaba en mi mano y parte de la servilleta que deje para esto. Sonreí satisfecha, lo solté para dejar todo en la servilleta y me acomodé el cabello con la otra para levantarme de mi asiento y disculparme. Iba a ir directo al baño, necesitaba regocijarme de lo que había hecho, porque por primera vez lo vi con sus barreras tambaleantes.
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