Con el pasar de los días, la dinámica en la casa de Amelia cambió de manera gradual pero significativa. Amelia, aunque al principio se había resistido a la idea de cuidar de Alan, se vio obligada a asumir esa responsabilidad mientras doña Margarita trabajaba en la clínica varias horas a la semana. Pero, lo que comenzó como una obligación incómoda, poco a poco, se transformó en algo más. Cada mañana, Amelia ayudaba a Alan a salir al patio trasero, donde la suave brisa y el calor del sol les ofrecían un respiro del encierro. El jardín, con sus flores y plantas bien cuidadas, se convirtió en su lugar favorito para pasar el tiempo juntos. Amelia preparaba las comidas, cuidando de que Alan comiera bien, y a veces lo ayudaba con sus asuntos personales, creando una rutina que

