Liev vio cómo su hermano se alejaba, se perdía de su vista. Él apretó los labios, cada palabra que le había dicho resonaba en su cabeza de golpe, así que con la mirada pidió que todos volvieran a su labor. Él avanzó hacía el castillo, serio, incluso iracundo pero trató de calmarse. Se quedó de pie frente a los tres niños que comían, no llegaban a los tres años, ellos lo miraron, los ojos rasgados y sonrisas amables, como si esa fuera la solución a todo. De esas criaturas, él había creado muchísimas, eran su ejército, había tenido tantos siglos para hacerlos. —Vamos, Helena. Te mostraré el paraíso. La mujer de cabello rubio y ojos apagados asintió, pero antes de irse dejó un beso en la frente de cada hibrido, estos tirando más para humanos, lo que los hacía más

