La última vez que habían almorzado los hermanos, fue cuando era el cumpleaños del perro de Agni, que un año después apareció muerto. Zigor no salía con sus hermanos, no tenía ratos de películas o domingos de parrilla. No, él no estaba lo suficiente involucrado con ellos, y lo agradecía, aunque muchas veces había necesitado de ellos. Cuando llegaron a su restaurante favorito, los hermanos tomaron asiento afuera del restaurante, donde había ruido, y su voz no hacía eco. Se sentaron, pidieron la carta y a los segundos llegó uno de los meseros, de las pocas personas con las Zigor era amable. El viejo, dueño del restaurante esbozó una sonrisa calidad, y el mayor de los hermanos le fue imposible no corresponder. Corta, pero ahí estaba, algo que sorprendió a Enzo, ya que el rubio jamás sonreía.

