Me encontré frente al estudio de Alejandro sin recordar cómo había llegado ahí.
La puerta estaba cerrada, pero había luz filtrándose por debajo. Una delgada línea dorada contra el piso de madera oscura.
Había dejado la luz encendida. Un error en la prisa de irse a su noche de bodas.
Debería apagarla y seguir mi camino.
En lugar de eso, empujé la puerta.
El estudio se reveló exactamente como lo recordaba. El escritorio de madera oscura, planos esparcidos, libros de arquitectura en las estanterías. Esa pared llena de fotos e inspiración.
El espacio olía a él. Madera, papel, su colonia. Era como estar envuelta en su presencia sin que estuviera realmente ahí.
Caminé hacia su escritorio. Había un vaso con agua a medio terminar, plumas esparcidas, una libreta con bocetos. Todo abandonado en la prisa.
Entonces lo vi.
Un sobre blanco en el centro del escritorio, imposible de ignorar. Mi nombre escrito en su letra angular.
"Sofía"
Con las manos temblorosas, lo tomé. El sobre no estaba sellado.
Consideré no abrirlo. Consideré quemarlo sin leer lo que decía.
Pero mis dedos ya estaban sacando el papel.
Una sola hoja. Dos líneas escritas a mano:
"En dos semanas regreso.
Y entonces tendremos que decidir qué estamos dispuestos a destruir."
Leí las palabras una vez. Dos veces. Tres.
Mi respiración se aceleró. Mi corazón latía tan fuerte que podía escucharlo.
No era una disculpa. No era una despedida. Era una promesa. Una advertencia. Una declaración de guerra contra todo lo que deberíamos proteger.
La carta cayó sobre el escritorio.
Alejandro no estaba tratando de terminar esto. Estaba dándonos un plazo.
Dos semanas para que ambos enfrentáramos lo inevitable.
Dos semanas para que él pasara tiempo con mi madre, tratando de convencerse de que podía amarla como ella merecía.
Dos semanas para que yo intentara imaginar una vida en esta casa, viéndolos juntos.
Y al final... una decisión.
"Qué estamos dispuestos a destruir."
Porque no había final feliz aquí. No había manera de que esto terminara sin que alguien saliera destrozado.
Si Alejandro elegía a mi madre, yo tendría que vivir en esta casa viéndolos felices. Tendría que destruirme a mí misma, lentamente, día tras día.
Pero si me eligiera a mí...
Mi madre. Dios, mi madre.
Victoria Mendoza, quien me crió sola durante diez años, quien trabajó incansablemente para darme todo. Quien finalmente, después de una década de soledad, encontró a alguien que la hacía feliz.
Si Alejandro me eligiera, no solo estaríamos destruyendo su matrimonio. Estaríamos destruyendo a mi madre. Su confianza, su felicidad, su capacidad de volver a creer en el amor.
Y nuestra relación. Madre e hija. La conexión más fundamental que tenía.
Todo eso, pulverizado por nuestra incapacidad de controlar nuestros sentimientos.
Me senté en su silla. Desde aquí, podía ver exactamente lo que él veía cada vez que trabajaba. La pared de inspiración directamente frente a mí.
Y entre todas las fotos de edificios y bocetos arquitectónicos, había algo que no había notado antes.
Una foto pequeña, casi escondida entre las demás.
De mí.
Me puse de pie tan rápido que la silla casi se vuelca. Caminé hacia la pared, mi corazón latiendo erráticamente.
Era de la galería de arte. El día que nos conocimos. Alguien había tomado una foto general de la inauguración, y yo estaba ahí, en el fondo, mirando una pintura.
La foto estaba ligeramente arrugada en las esquinas, como si la hubiera sostenido muchas veces. Colocada justo en el centro de su línea de visión cuando trabajaba.
¿Cuánto tiempo había estado ahí? ¿La puso después de conocerme? ¿O...?
Toqué el borde de la fotografía con dedos temblorosos. Detrás, había algo escrito. Una fecha.
Siete meses atrás.
Un mes antes de que conociera a mi madre.
El aire abandonó mis pulmones.
Me alejé de la pared como si quemara, tropezando hasta que mi espalda chocó contra el escritorio.
No. Esto no podía estar pasando.
Pero la evidencia estaba ahí. Una fecha que precedía su relación con Victoria.
¿Me había visto en esa galería siete meses atrás? ¿Se había sentido atraído entonces? ¿Y luego conoció a mi madre y...?
La pregunta de Daniela resonó: "¿Y si se casó con ella para estar cerca de ti?"
Necesitaba salir. Necesitaba aire.
Mi teléfono vibró. Un mensaje de mi madre.
"¡Ya estamos en la suite! Es hermosa, cariño. Alejandro dice que la eligió pensando en que algún día te casarás y querrás saber qué esperar. Es tan considerado. Te amo 💕"
El teléfono casi se resbala de mis manos.
Considerado. Lo llamaba considerado.
Si tan solo supiera que su esposo acababa de dejarme una nota preguntando qué estábamos dispuestos a destruir.
Si tan solo supiera que tenía mi foto en su pared desde antes de conocerla.
Salí del estudio, apagando la luz. Cerré la puerta con fuerza, como si eso pudiera sellar los secretos que acababa de descubrir.
Subí a mi habitación. Me quité el vestido, dejándolo caer al suelo. Me lavé la cara, observando cómo el maquillaje desaparecía, revelando mis ojos rojos debajo.
Me metí en la cama. Mi teléfono vibró otra vez. Alejandro, desde un número diferente.
"¿Encontraste la carta?"
Mis dedos se movieron antes de poder detenerlos.
"Sí."
Los tres puntos aparecieron inmediatamente. Desaparecieron. Aparecieron de nuevo.
"Dos semanas, Sofía. Y luego ya no podemos seguir fingiendo."
"¿Y qué pasa después?"
"O encontramos la manera de vivir con esto, o encontramos la manera de vivir sin el otro. Pero ya no podemos existir en este limbo."
"Hay una tercera opción. Decirle la verdad. Ahora."
La respuesta tardó más.
"¿Estás dispuesta a destruir su felicidad en su primera noche de casada?"
Cerré los ojos. Por supuesto que no.
"No."
"Entonces dos semanas. Es todo lo que tenemos."
"¿Por qué me dejaste esa nota? ¿Por qué no simplemente seguir adelante?"
Su respuesta llegó después de un minuto.
"Porque intenté convencerme de que esto era solo atracción, que se desvanecería, que podría ser feliz con tu madre y olvidarte. Pero estar en ese altar, diciendo esos votos mientras tú me mirabas... Me di cuenta de que no puedo. No puedo fingir que no existes. No puedo fingir que no te amo."
Las lágrimas empezaron a caer.
"No puedes decirme eso. No hoy. No cuando estás ahí con ella."
"Lo sé. Es cruel. Soy cruel. Pero necesitabas saber que en dos semanas voy a pedirte que elijas. Conmigo o sin mí. Ya no en este limbo donde ambos sufrimos."
"¿Y mi madre no tiene voz en esto?"
"Por eso son dos semanas. Para que yo intente, realmente intente, amarla como merece. Y si puedo... si encuentro la manera de dejarte ir... entonces esto termina aquí. Regreso, soy tu padrastro, y nunca volvemos a cruzar esa línea."
"¿Y si no puedes?"
Los tres puntos parpadearon.
"Entonces tendremos que ser honestos sobre lo que esto nos está haciendo. Y dejar que ella decida si puede perdonarnos."
"Ella no puede. Nadie podría."
"Lo sé."
Dejé caer el teléfono, incapaz de continuar.
En dos semanas, todo cambiaría.
O Alejandro encontraría la manera de ser el esposo que mi madre merecía, y yo aprendería a vivir con este dolor constante.
O admitiríamos la verdad, y veríamos cómo cada relación que amaba se desmoronaba.
No había tercera opción. No había final feliz.
Me acurruque bajo las sábanas, abrazando una almohada. Afuera, el viento hacía susurrar las hojas. En algún lugar de la ciudad, mi madre estaba feliz, creyendo que había encontrado su final feliz.
Y yo estaba aquí, en esta habitación vacía, enamorada del hombre equivocado, contando los días hasta que todo se derrumbara.
Catorce días.
Trescientas treinta y seis horas.
Veinte mil ciento sesenta minutos hasta que mi vida terminara.
Cerré los ojos, pero el sueño no vino. Solo la imagen de esa carta, esas palabras en su letra firme.
"Qué estamos dispuestos a destruir."
Todo, me di cuenta mientras las lágrimas empapaban mi almohada.
Estábamos dispuestos a destruirlo todo.