— ¡Esta es una hacienda muy nombrada y de prestigio, no podemos darnos el lujo de que deje de ser así por hombres que en vez de trabajar lo que hagan es holgazanear! ¡en el grupo de peones que se marchó esta mañana, había un holgazán que no hizo mas que traer problemas y robar una de las botellas de licor de la hacienda! ¡por mala suerte cuando me di cuenta ya era demasiado tarde y se había salido con la suya! Cosa que le costó muy caro pues apenas la señora Eugenia llegue de la ciudad se enterará y las referencias que dará de este patiquin no dejaran que pise alguna otra hacienda en Barinas y quien sabe si en las afueras de esta ciudad!
— ¡Que les quede claro! ¡A trabajar duro! ¡Es a lo que vinieron para acá! bien ahora caminen hasta los establos ya los alcanzaré. — Dijo Don Manuel quien inhalaba un tabaco en una pipa de escuma de mar y plata funda metálica, la boquilla estaba rota y su medida era de 22 cm, por supuesto para hacerse ver de clase y superior ante los peones, no le bastaba con mencionar que era un ex capitán retirado necesitaba seguir llenando sus grandes vacíos emocionales y que mejor que con control; el cual tenia en ese momento.
— ¿Como se le ocurriría a ese hombre haberse atrevido a robar en una hacienda? ¿No te parece algo bastante peligroso? — dijo Ramón quien era un hombre de 33 años de edad, piel morena, ojos marrones oscuros y contextura gruesa a Felipe de 38, quien conocía desde hace algunos años ya que habían coincidido en algunos trabajos.
— ¡Si bastante peligroso ! ¡así que solo ocupémonos de trabajar!
Una vez llegaron a las afueras de los establos se presentaron.
— ¡Un placer conocerlos caballeros soy Benito ! — dijo el señor Benito extendiendo su mano a cada uno de los peones; un hombre de unos 45 años de edad, fue contratado porque tenia muy buenas referencias y experiencia en cuanto al trabajo en las haciendas.
— ¡Soy Eduardo mucho gusto — dijo el menor de los peones con 23 años trabajaba de sol a sol su piel era blanca pero estaba totalmente quemada por el sol por lo que se veía morena, ojos negros y cabello castaño con una estatura de 1,70 centímetros y una contextura delgada.
— ¡Yo soy Leonardo! — dijo aquel hombre de 36 años piel negra, ojos y cabello del mismo color, no era muy sociable pero tenia un hijo y una esposa a quien mantener por ello había ido a la hacienda Nieves en busca de trabajo.
— ¡Ramón y Felipe! Mucho gusto dijo Felipe presentándo a ambos a los demás compañeros.
— ¿Ahora nos toca esperar a que venga el Capitán para que nos de la orden?
— A leguas se ve que hay mucho trabajo — dijo Felipe mirando el establo.
— ¡Allá viene el patrón!
— ¿Ya conversaron? — ¿ya se conocieron y contaron sus secretos? — dijo Don Manuel en forma de chiste pero en el fondo lo hacia con mucha arrogancia.
— ¡Deben limpiar profundamente los establos, darles de comer a los caballos, bañarlos, talar el monte que se encuentra en las partes de atrás de cada uno de los establos, algunas puertas ya tienen las maderas podridas y deben repararlas, en el área del ganado, deben arrearlos todas las mañanas, darles de comer, y espantar la plaga que este al rededor!
— ¡Tu! ¿como te llamas?
— Leonardo.
— bien debes arrear el ganado y bañar a los caballos ¡de inmediato! — Don Manuel al ver el color de piel de Leonado dejo actuar su lado maquiavélico asignándole tareas fuertes de hacer y peor aun para ser realizadas por el solo.
— ¡Si señor, como ordene! — Respondió Leonardo quien suponía que eso le sucedería; pues su color de piel hasta hace poco había sido la causa de su mayor problema, hasta hace poco había sido esclavizado y explotado junto con sus hermanos en la ciudad de Caracas.
— ¡Los demás pongan se de acuerdo y hagan el resto del trabajo! ¡vamos ! ¡vamos! — grito Don Manuel como si arreara un rebaño de ovejas.
Mientras tanto camino a Caracas iba manejando Pedro quien calculaba ya estaban cerca del destino a donde irían.
— ¡Señora Eugenia si no me equivoco en cuatro horas estaremos en casa de su hija!
— ¡Caramba Pedro me asombra, no se equivoco en escuchar y seguir la idea de Antonio hemos cortado bastante camino!
— ¡Así es señora Eugenia!
— ¡Arre! ¡Arre! — dijo a los caballos que relinchaban mientras corrían.
Las horas pasaron y Leonardo había hecho su mayor esfuerzo para cumplir con el trabajo asignado por Don Miguel sin embargo llegaron las seis de la tarde y aun no terminaba, lo habitual era que ese tipo de trabajos lo realizaran dos o tres hombres en un tiempo máximo de dos días, pero era imposible que un solo hombre realizara ese trabajo solo y mucho menos en un día.
Don Manuel se acercó hasta donde se encontraba Leonardo y este rápidamente converso con el.
— ¡Don Manuel que bueno que lo veo! Quisiera decirle algo sobre la orden que me dio, siento que solo no podre con todo eso, ¡le estaría agradecido si me asigna un ayudante!
— ¿Un ayudante? ¡Acaso no eres lo suficiente hombre para hacer esa tarea tu solo! ¡un n***o como tu esta acostumbrado a esos trabajos y mas! — dijo respectivamente y con desprecio hacia Leonardo.
— ¡Señor, se equivoca! Soy un hombre trabajador pero también soy un humano y es casi imposible que solo termine ese trabajo en dos días.
— ¡Equivocado yo! — ¡como te atreves a faltarle el respeto a un Capitán honorable a caso estas loco! Mirate eres un simple peón ¡como vas a decirme que estoy equivocado!
— ¡Con todo respeto Don Manuel, no fue mi intención ofenderle! — pero es la realidad, ¡solo no podre con todo ese trabajo!
— ¡Si hubieses ido a la guerra, creeme que estuvieras muerto! mañana mando a otro peón a ayudarte ya que solo no puedes! — dijo dándose media vuelta y marchándose.
La sangre de Leonel hervía, su cuerpo temblaba de impotencia e ira quería golpear a Don Manuel hasta mas no poder, pero no podía el simple hecho de pensar que se quedaría sin trabajo y su familia quedarse sin un bocado de comida le impedía hacerlo; es justo en ese momento en el que recordó que en su época de esclavitud hubieron días en los que no comía ni bebía nada, además de sufrir diferentes tipos de maltratos como ser metido en un soporte de latón con agua en forma de cilindro alargado y tapado con otro latón para que el sol los calentaran y estos calentar el agua; este castigo era particular para aquellos que se negaban a cumplir con su jornada diaria al ser explotados.
— ¡Desgraciado! ¡Mal nacido! — dijo Leonaldo con mucha rabia, luego de caminar Leonaldo llegó al establo.
— ¡Caramba apareciste, pero tienes una cara ¿Que te paso? — preguntó Ramón.
— ¡Nada de que preocuparse! — respondió sentándose al lado de Eduardo y echando un fuerte suspiro.
— ¡es por culpa del señor Manuel, verdad! — Leonaldo solo callaba y pensaba.
— ¡descansa amigo mañana sera otro día! — le dijo Eduardo consolándolo de alguna manera.
— ¡Que día tan duro! — reafirmó la señora Eugenia, que por fin había llegado a casa de su hija.
— ¡Madre mía! — Exclamó al ver a su madre.
— ¡Hija! — muy alegre.
— ¡Por fin nos vemos! — dijo la señora Eugenia abrazando muy fuerte a su hija.
— ¡Estos días fueron eternos madre! ¡tranquila hija mía ya estoy aquí!