XIV Él también estaba solo, mucho. Hacía bastante juego con su carrera, aquella bohemia forma de llevar la vida, en la que se aferraba al pasado en que lo tuvo todo. A veces veía hacia el frente y no eran más que fantasmas lo que lograba apreciar, espectros de momentos muy felices que al final se convertían en sombras siniestras, vestidas de ira. Fue tan débil, tuvo tanto miedo y eso no se lo podía perdonar. —Ya no quiero jugar más —susurró David en la profunda melancolía que encerraba su estudio, su refugio. «Tienes que jugar, para recuperarla». De nuevo esa voz, que no sabía de dónde provenía, la misma que en ocasiones lo sacó de lo profundo de su desespero, que decía cosas buenas, o que podía transformarse en un monstruo. ¿De dónde venía? ¿Dónde estaba ese fantasma que tenía tanto p

