XXII La lluvia menuda caía en aquel frío cementerio sobre las cabezas de las personas que asistían para el llamado “último adiós”. Algunos, en verdad, conmovidos por perder a un ser querido de esa manera; sus padres, abrumados que de una u otra manera, Demian no haya podido escapar a su destino. Diez años atrás casi no lo logra, ahora decidían por él. Las palabras de ese ministro, que eran solo unas más en un día cualquiera de trabajo dando consuelo, no llegaban al corazón de Sarah, que de verdad estaba destrozada. Estuvo a muy poco de ser libre, de que él fuera libre y lo único que logró, fue meterlo en esa espiral de desgracia en la que ella estaba sumergida. No solo ella estaba hecha pedazos, Sebastian se encontraba igual. Estaba en ese servicio observando a la mujer que más amaba en

