XXVI La luna estaba muy alta en el cielo sin estrellas. Sarah la observaba con una sonrisa, a esta y a su pequeño, que por fin después de mucho batallar, se había quedado dormido. Siempre quería un poco más, más de un cuento, más de una canción, más de besos, más de arrullo. Con su boquita y a media lengua tenía conversaciones largas con su preciosa madre de ojos azules. Ya creyendo que su niño no abriría sus ojos más esa noche, que casi rayaba en la madrugada, tomó su lugar en la cama junto a la cuna, que ya empezaba a quedar reducida. Tres años ya tenía su hombrecito, la luz de sus ojos de océano. Se cubrió con las mantas y justo cuando se acomodó en la almohada, pudo ver unos enormes ojos del color de la miel, como los de un hermoso zorro, que la observaban por la rendija de su refugi

