LIII El auto entró al jardín con algo de brusquedad, cosa que no se esperaba ninguno, que corrían hasta este para intentar saber qué sucedía. Dana abrió la puerta de mala gana, agobiada y con cara de pocos amigos. —¡Ah! ¡Ya no me es posible conducir así! —renegó, poniendo los pies en el piso. Sebastian le dio la mano, a la vez que sacudía su cabeza, contrariado. —¡Eres una tonta! No puedes hacer eso, no puedes ya ir en tu auto sola… en fin, bienvenida. Se dieron como pudieron un abrazo y luego la llevó directo al otro lado del jardín, donde Sarah la recibió junto a Loren, ambas muy sorprendidas de cómo se veía. Dana sin pudor empezó a tomar comida de todas las mesas servidas en buffet, parecía un T-Rex tomando todo con sus bracitos, que ahora no alcanzaban a mucho por su prominente bar
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