Capítulo 4: Como cualquier otra

1411 Palabras
IV La historia de Sarah era casi como la de cualquier mujer, con ligeros matices que la hacían particular. Ella era una hermosa mujer reconstruida de 31 años, que en sus años de universidad fue tan libre como lo deseó. Siempre estuvo rodeada de amigas, de amigos y novios como si la canción de «It’s raining men», se hubiese escrito para ella. Era dueña de sus decisiones y de sus preciosos dibujos que frecuentemente se exhibían en el pasillo de la facultad de bellas artes. Le caía bien a todo el mundo y amaba como a nadie a su amiga Loren, tan loca como ella, tan feliz, tan inocente. La jovencita dibujante vivía su libertad y su sexualidad con todas las ganas que tenía en su cuerpo. Se destacó entre sus novios David, con quien casi ya tenía su vida planeada. Esa casa llena de sus dibujos, además de un anaquel repleto con los cuentos para niños que ella quería ilustrar, aquello era su sueño máximo. Añoraba el momento en que se sentara a hablar con los autores de esas letras mágicas y ella pudiera expresar en imágenes lo que los escritores decían en sus palabras. Casi todo estaba yendo como la niña de ojos azules iguales al cielo, deseaba. Era hermosa, sus cabellos de color tan oscuro combinaban con su piel pálida, odiaba el que no logró hacerlo lacio, así que solo se resignó a que casuales rizos cayeran en sus hombros. Esa era, Sarah Federman, una chica feliz, bella, y rota. Una noche, poco antes de la su graduación, salían de una alocada fiesta de la fraternidad de literatura, Sarah, Loren y David. El problema surgió cuando muy borrachos los tres salieron e intentaron llegar a sus dormitorios, siendo el muchacho el primero en caer en una banca del jardín principal. Las chicas se echaron a reír, de verdad él estaba muy ebrio. Dando tumbos, Loren dejó a Sarah en la puerta de su edificio, el de la amiga estaba un poco más adelante. Sarah la siguió con sus ojos hasta que la vio entrar. —Vamos a ser amigas para siempre… —susurró con una sonrisa, viendo a Loren a lo lejos. Con esa tranquilidad en el alma se dispuso ella misma a ir hacia su habitación, pero un brutal golpe en su cabeza detuvo sus intenciones. No regresó en sí hasta cuando, en medio de una nube sanguinolenta, vio unos puños que se estrellaban en su rostro una y otra y otra vez. La niña no podía hablar y el dolor ya la tenía paralizada por completo, no sabiendo qué estaba pasando ni por qué. Levantó con gran dificultad una mano, quizás intentando detener a su agresor, hasta que escuchó dos pares de voces. Se asustaron con ese gesto y salieron a correr. Por supuesto, ella no supo de quiénes se trataban, ni siquiera si eran hombres. Se quedó tendida en el césped por horas, con el vestido arriba de la cintura, desangrándose, muriendo. Solo los chicos del equipo de béisbol fueron quienes la encontraron en la hora de la práctica que, por fortuna, ese día empezaba muy temprano. Ella no lo sabía, pero en su pecho le dejaron un letrero que decía «bonita». La niña de ojos azules llegó al hospital en pedazos y con su rostro tan fracturado y deshecho que no pensaron que siquiera sobreviviría. Lo importante ahora era abrirle un canal para que pudiera respirar mejor, su nariz estaba destrozada, así como ella misma. Hubo que reemplazarle y reacomodarle muchos huesos, hacerla otra vez, como si renaciera. En el campus, nadie vio ni supo nada. David era sospecho en ese momento al ser el único que las acompañaba, no obstante, a él lo encontraron en la banca, sin signos de haber golpeado nada en absoluto, ni rastros de sangre por ninguna parte. Aun así, el miedo lo invadió y sus padres lo sacaron del país para que no se viera envuelto en ese horrible caso. No se encontró nada jamás, Sarah era un número más en el mundo de quienes quieren destruir la felicidad ajena. Lo único positivo en medio del caos es que no había sido abusada. Sarah superó derrames, dolor intenso y pérdida de escucha en uno de sus oídos. Los padres de la niña eran gente sencilla de una ciudad minúscula que no entendía cómo el odio se había cernido sobre ella. La acompañaron en su proceso, al igual que Loren, que se culpó siempre por no haber visto que ella entrara primero. Poco a poco y después de mucho dolor, volvió a ser ella, con su rostro que empezaba a parecer humano. No pudieron robarle la belleza de sus ojos azules, eso le quedaría para siempre. El milagro llegó entonces y logró recuperarse un año después de la tragedia. Al verse al espejo al final de una de sus intervenciones, se encontró consigo misma, pero ya no era ella. Su rostro lograba ser el de antes, pero su ser se había quedado en la puerta de ese dormitorio, que si logró entrar y descansar en su cama. Sarah, la nueva Sarah, tuvo que seguir adelante, aunque sin el fuego en su interior, sin saber cómo volver a empezar. En la clínica conoció a Demian, él había tenido un accidente simple de automóvil, que le dejó su pierna rota. Charlaban mucho en la sala que tenían fuera de las habitaciones, así él conoció su desgarradora historia y lo conmovió en el alma. Ella en ese momento tenía un rostro presentable, por eso el hombre no podía imaginar lo que había sufrido meses atrás. —Sarah, una vez salgamos de acá, ¿quisieras salir a cenar conmigo? El hospital no es el sitio más romántico del mundo —preguntó un día Demian al saberse próximo a salir. —No lo sé, aún me queda mucho tiempo en el hospital… —respondió Sarah muy nerviosa—. Tal vez puedes visitarme aquí para empezar. Demian aceptó encantado, así entonces comenzó esa dura y desafiante relación, porque ella no quería ser tocada. Después de mucha terapia de todo tipo, logró darse la oportunidad de vivir la vida, aun así, le robaron algo, su amor propio, su valentía. Se casó con Demian, lo amaba, le agradecía la paciencia, y fueron felices a su manera. El sexo trajo de vuelta a Sarah, eso era lo que necesitaba, sentirse amada, protegida, ahora sí necesitaba de eso, pero al correr de los años, él dejó de ser un esposo y amante, convirtiéndose en un amigo. Esa noche, cuando ya los miedos estaban bajo tierra, diez años después de su ataque, Sarah pensó que tenía que atravesar sus miedos y hablar con otro hombre en el mundo, por eso aceptó el plan loco de Loren de contratar acompañantes. Sus traumas estaban derrotados, menos aquel de ya no merecer ser amada. Cuando se sentó en la barra del bar, el miedo le recorrió el cuerpo, creyendo que no era tan fuerte como para hablar con un desconocido, ¿y si todo salía mal de nuevo? ¿Qué diablos estaba haciendo, exponiéndose de semejante manera? Levantó su vista y esa mirada al otro lado de la barra la atravesó por completo, nadie la había observado así, nunca. Al estar encerrada en el baño con él, no tuvo miedo, no sintió que él la iba a lastimar, a pesar de lo que ya había sufrido. Había una conexión con ese hombre que al parecer la deseaba con locura y cuando pudo ver su cuerpo, entendió que también el sufrimiento había pasado por ahí. Loren, con su blusilla y su sujetador en las manos, salió corriendo hecha un mar de lágrimas, de nuevo la había dejado sola. No podía creer en lo estúpida que había sido al proponerle algo así a su amiga que ya la había pasado tan mal. El alma le volvió al cuerpo cuando la vio bajar unas escaleras con otra ropa cubriéndola. —¡¡Dios mío!! ¡¿Estás bien?! ¡¡Perdóname!!, ¡¡No debí proponerte esta estupidez!! —Cálmate, Loren… te contaré todo, pero estoy bien, muy bien. Loren sonrió al verla feliz, como en esos años en que la libertad era su amiga. Todo lo que había sufrido y sobrevivido, por fin comenzaba a desaparecer, y nada más y nada menos que en los brazos de un desconocido, muy famoso, que le devolvía las ganas de ser mujer. *** Fin capítulo 4
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR