VII
Sarah abrió la boca para dejar que los dedos de ese amante entraran y se maravillaran en su saliva, caliente, espesa. Ya no podía ni quería hacer nada más que rendirse a ese hombre que le robaba todos los espacios de su cuerpo y de su pensamiento. Esas yemas tan empapadas se deslizaron por su pecho y tomaron con fuerza sus pezones tan rígidos y urgidos de caricias. Los aprisionaron con fuerza y tiraron de estos, haciendo que la infiel esposa jadeara de placer.
—¡Ah! ¡Más! —suplicaba la renacida en el sexo. Ya el pecado estaba consumado, solo quedaba gozarlo al máximo.
Sebastian, que la tenía encima en su sofá, descendió hasta llegar a ese lugar tan húmedo y caliente en su entrepierna. Ahí dejó que sus dedos se mojaran todavía más, acariciando y presionando tan fuerte en lo que creía era su clítoris. Sarah se zarandeaba desesperada, ese punto la enloquecía, quería más de aquel que la veía con una sonrisa, relamiéndose con deseo.
—Sarah… que frágil y hermosa…
De un movimiento que no se esperaba la chica, él se levantó con ella encima y la llevó escaleras arriba hasta la cama. Estaba muy sorprendida con la extraordinaria fuerza física de Sebastian, haciendo que se excitara todavía más. Esa tremenda explosión en su interior que se la estaba devorando no la experimentaba desde hacía mucho tiempo, desde antes de su brutal ataque. Aunque con él iba a una escala mayor, porque ese hombre tenía toda la experiencia y la madurez para hacerla sentir como a ninguna otra mujer.
—La primera vez fue horrible, no quería que se repitiera todo en un sofá…
—Te preocupas mucho por darme un lindo lugar. Contigo, todos los sitios son perfectos…
Sebastian pareció abrumarse con esa respuesta, que no se esperaba para nada. Se quitó lo que le faltaba con toda rapidez y quedó de nuevo desnudo a merced de los ojos de una mujer que no estaba haciendo ninguna expresión de horror o rechazo. Sarah se mordió los labios y le tocó la punta del pene, que estaba más que rígido.
—Dios… —jadeó el hombre. Aquello había sido exquisito.
Se inclinó un poco hacia el frente, solo que no se esperaba que Sarah saltara a su pelvis y metiera en su boca ese m*****o enorme y perfecto a sus ojos. Sebastian regresó a su posición inicial, haciendo todo lo posible por mantenerse en pie. Los jadeos se hicieron gemidos, no disfrutaba del sexo oral desde hacía mucho tiempo, y verla a ella de rodillas, disfrutando de su ser, lo estaba matando. Su cabello era tan suave al tacto, su piel olía tan bien. Su lengua parecía gentil y sabía muy bien qué hacer. Aquello pareció encelarlo y la quitó de ahí para tumbarla a la cama.
—No dejo de pensar en los otros con los que estuviste, y no me gusta, sobre todo, porque yo soy ahora uno de esos «otros».
Sarah iba a decir algo, no obstante, tuvo que solo aferrarse a la cama cuando su interior fue invadido con una tremenda embestida. Su cabeza se pegó a las sábanas, mientras se arqueaba su espalda, intentando soportar la brutalidad y exquisitez de esa penetración. Sebastian era un salvaje que la deseaba mucho, además debía estar él muy enardecido por el hecho de tomarla sin tener que usar artimañas para no dejarse ver al desnudo.
—¡Sarah! —gemía él empujando con todo lo que su hombría le permitía. Se dejó caer un poco para perderse en medio de sus senos.
La joven podía ver la lucha que Sebastian estaba teniendo por controlarse y no convertirse en un animal. Ahora que lo pensaba, los hombres en general eran así, lo que recordaba. Reprimían mucho todo el uso de su fuerza para no dañarlas cuando les hacían el amor. ¿Qué pasaría si no lo hicieran? ¿Tal vez terminarían todas lastimadas como ella?
—No sé… que piensas… pero creo que no estás acá conmigo, niña —jadeó Sebastian deteniéndose, para besar su pecho un poco.
—Claro que estoy acá… —respondió ella en un susurro—. Pensaba nada más que en ti.
El hombre arqueó una ceja y luego volvió a embestir dentro de su cuerpo. Sarah sintió toda esa maravilla que la hacía gemir y suplicarle por más. Su piel, esa que no estaba dañada, era tan suave, a la vez tan ruda, ese divino aroma a su sudor revuelto con el de su colonia que empezaba a caer sobre ella. Sus ojos al fin se encontraron y de nuevo sintieron esa única conexión que les era imposible describir con palabras. El océano golpeando esa arena que se llevaba las huellas de toda mujer u hombre que los hubiera tocado.
—Sebastian… voy a terminar —jadeó la mujer casi en lágrimas. Por sí sola, su cadera se empezó a mover como indicándole la velocidad que necesitaba ese orgasmo.
Él creía que una vez terminaran, todo acabaría. Esa espantosa sensación de pérdida que tenía siempre que salía de los hoteles luego de llevar a esas mujeres a darles la mejor noche de sus vidas. Pero ahora era tan diferente, como si una vez llegaran al éxtasis, ella fuera a desaparecer.
Siguió golpeando dentro de su ser, no podía ni quería detenerse, dos veces con ella y ya tenía esa horrible dependencia. Sarah volvió a arquearse, ya venía sobre su ser esa maravillosa experiencia que la dejaba sin aire y le paralizaba el corazón por segundos.
—¡Sebastian! —fue el nombre de ese orgasmo.
Ella se desgonzó por completo mientras él seguía estacándola. Ya no le importaba mucho su propio cuerpo, su razón apenas si regresaba. Sin embargo, algo fue muy diferente, por su cuello algo corría, y no era sudor. Lo tomó por las mejillas y vio sus lágrimas que no querían detenerse.
Él lloraba y empujaba a la vez, no podía detener ni lo uno ni lo otro. Sarah con ternura besó sus ojos, no entendía por qué podría estar tan triste, a pesar de todo amó con el alma que el se le dejara ver tan honesto. Por fin, luego de gemir muy alto, terminó dentro de su ser, la cosa más satisfactoria que había vivido jamás. Cayó sobre ella, reposando su rostro en su cuello.
—Por qué…
—No lo sé… solo sentí como si tú fueras a desaparecer, como si te viera a través de un velo y luego solo te hacías aire. No puedo con esto, Sarah… No voy a poder dejarte ir ya…
—Sebastian… ¿Qué es lo que vamos a hacer?
La sincera pregunta hizo que el hombre se riera un poco. Luego de eso se fundieron en un eterno y sincero beso que los llevó a más horas en que sus cuerpos se hicieron uno solo, hasta que dolió, hasta que el corazón llevó al extremo su sensibilidad y se vio más y más comprometido. Ellos empezaban a amarse.
***
El último de los actores bajaba del avión dispuesto a regresar, a recuperar todo lo que dejó atrás. Con su imponente gabán que se movía a su paso arrogante haciendo gala de su tremendo atractivo, David volvía a su país, luego del exilio al que lo sometieron sus padres. Pero todo había cambiado lo suficiente en él, robándole el alma y la compasión.
Revisaba su móvil, a su correo le había llegado una invitación de exalumnos de la que fue su Alma Mater casi hasta su graduación, hasta esa noche en que su novia por poco es asesinada. Aquel suceso le había quitado todo. Ahora, con su mirada déspota que derretía a las mujeres que lo veían, venía dispuesto a hacer que todo fuera como antes. De la manera que fuese.
***
—Sebastian… ¿Quisieras concentrarte? —interrumpió Dana a su amigo, que estaba en cualquier parte menos en esa oficina.
—No sé por qué tuve que llorar frente a ella… yo no soy así… —resopló desconsolado. Ya Dana sabía los sucesos del segundo encuentro con la mujer casada que estaba haciendo pedazos a su casi hermano.
—No sé qué decirte… tal vez solo no tuviste miedo de hacerlo frente a ella, ser tan fuerte siempre es muy cansador.
—Lo peor, es que en esta «relación», yo soy el otro. Yo.
—Eso lastima tu ego, ¿no es así?
—Como no tienes idea.
Sebastian se sacudió un poco su cabello, se puso los anteojos que usaba para trabajar en su computadora y pareció volver al mundo de los números. Tenía que sacar adelante su trabajo si no quería que su padre le insultara como siempre. Estaba decidido a heredar esa empresa, solo para escupirle a su papá en la cara, que sí fue capaz de más de lo que él le dijo.
Un golpe en la puerta enorme hizo que Dana y el hombre se distrajeran un tanto. Ella abrió y recibió el paquete, parecía muy urgente. Cuando Sebastian lo recibió, se alegró mucho, era lo que esperaba desde hacía días.
—Ahora vamos a saber un poco más de la señora que me está enloqueciendo. Tal vez hoy mismo la saque de mi ser.
—Espero que diga que es una zorra, así acabas ya con esa cara de cordero a medio morir que llevas estos días.
Sebastian hizo una mueca y al abrir el sobre estaba la información básica de ella, cosas sin relevancia. Una hoja posterior hablaba de sus relaciones, el número de novios que tuvo en la universidad estaba molestando mucho al vicepresidente, tanto que por un momento golpeó la mesa del escritorio.
—Parece que se divirtió mucho… —espetó tragando saliva—. Ya decía yo que…
Fue entonces que su expresión cambió por completo, al punto de dejarlo casi sin el aire necesario para respirar. Una imagen lo mataba, dolía tanto que no podía expresarlo con palabras. Siguió revisando y más de esas fotos seguían apareciendo. Lanzó todo el material con ira, y luego apoyando los codos en la mesa para tomarse la cabeza, furioso.
Dana no entendía que estaba pasando, la mujercita debía ser terrible. Cuando fue por una de las fotos, tuvo la misma horrenda sensación que Sebastian. Era la imagen de Sarah con el rostro totalmente destrozado en medio el campus. Fueron las tomas que hizo la policía en el primer momento en que la encontraron.
—Sebastian… lo que le pasó fue horrible…
Sebastian apretaba los dientes y los puños que tenía la necesidad de clavar en algo. Recordó las palabras de Sarah, y entendió que debía confiar muchísimo en él como para permitir que la tocara.
Miró a Dana, pidiéndole que lo dejara solo. Tenía que pensar y repensar en lo que debía hacer, aunque solo veía una salida. Hacer que se divorciara de Demian y después de eso casarse con ella. Luego por su cuenta buscar a quién le había hecho eso y disfrutar de matarlo.
***
Fin capítulo 7