14. Aceptarlo.
Becket.
Cuando por fin logro sacar un día libre para ir con Lia a Dallas, lo aprovechamos.
Salimos antes del amanecer. Aunque para mí es normal levantarme antes de las cinco, a Lia le cuesta, así que no me sorprende verla quedarse dormida apenas se recuesta en el asiento del pasajero de mi camioneta.
Las cosas han ido tranquilas entre nosotros desde esa conversación que tuvimos en medio de la noche hace ya días atrás.
No hemos vuelto a pasar mucho tiempo juntos. He estado demasiado ocupado en el destete y adaptación de algunos terneros. Y supongo que ella también ha estado ocupada en el diseño del personaje del videojuego. No he intentado ignorarla a propósito, lo que creo ella nota y por eso no se ha enfadado por mi ausencia. Aun así, agradezco el tiempo alejados.
Creo que, entre ella y yo, la distancia es el mejor camino por tomar.
Sin embargo, no podía seguir retrasando más esta salida, sobretodo porque odio que ella siga durmiendo en ese colchón sin cama, lo que me hizo agilizar las cosas para lograr llevarnos a Dallas.
Casi a medio camino, cuando entramos al pueblo más cercano, encuentro una cafetería y me detengo allí para comprarle el desayuno.
— Lia — me acerco a ella, hablándole a su cuerpo acurrucado —. Lia, ¿quieres bajar a desayunar?
Ella abre los ojos y mira alrededor.
Ver lo desorientada que está me arranca una sonrisa.
— ¿Dónde estamos?
Le digo el nombre del pueblo y ella asiente, aún adormilada.
Un mechón de cabello rubio está pegado a su sien y mis manos pican por acomodarlo en su lugar, así que aprieto el volante entre mis dedos para evitar hacerlo.
— ¿Entramos? — Pregunto.
Ella mira hacia el pequeño lugar agarrotado de gente y veo la desgana en toda su expresión.
— Pero mataría por un café — se rasca la naricita de la manera más tierna posible y quiero arrancarme el pecho para dejar de sentir lo que sea que siento ante cada mínima cosa que ella hace.
— Sólo di que no quieres entrar — le digo en voz baja —, mocosa.
Saco mi billetera de la guantera y me bajo de la camioneta, necesitando con urgencia respirar algo que no sea su aroma. Cuando me detengo fuera de su ventanilla, le digo —: ¿Cómo tomas tu café?
— Sin azúcar, leche de almendras.
No tardo en pedir su café y el mío. Añado unos rollos de canela y vuelvo con ella al auto. No debí haber tardado más de diez minutos consiguiendo nuestro desayuno, pero por el desespero con el que ella rapa la bolsa de papel de mis manos y se mete un rollo en su boca, cualquiera diría que me tomé horas.
La miro, divertido.
— Sí, no veo ninguna dama por aquí.
Ella recuerda las palabras de una de nuestras peleas y me fulmina con la mirada.
— Cállate, tengo hambre.
— Lo noto.
Agarro un rollo y me lo como, más despacio que ella, en un cómodo silencio que Lia llena justo después de dar un sorbo a su café —: Está rico.
— ¿Ya te sientes más viva?
— Mmm… — asiente, aun bebiendo su café —. ¿Cuánto nos queda de camino?
— Alrededor de dos horas, menos si no hay trancón.
Un bostezo se le escapa, uno que esconde con su mano.
— ¿Puedo dormir más?
Me encojo de hombros, así que ella sonríe y vuelve a acurrucarse en el asiento. El auto está frío por el aire acondicionado, por lo que ella, anticipándose a eso, trajo una delgada manta que la envuelve, dándole un aspecto muy cómodo.
Y sigue teniendo ese maldito mechón en su sien.
Me como lo que ella dejó, fulminando con mi mirada ese mechón, odiándolo un poquito por ponerme en esta situación. Cuando creo que ella se ha dormido, cedo y tomo la suave hebra en mis dedos, llevándola detrás de su oreja con suma delicadeza. Su cabello es tan suave, igual que su piel, todo en ella lo es. Incluso en su interior, en sus partes más rotas, Lia tiene esta suavidad. Como si hubiera limado sus partes punzantes, quitándole el filo para evitar que su dolor hiera a alguien más.
Mis dedos accidentalmente rozan el lóbulo de su oreja y sus ojos se abren, encontrándose con mi mirada.
Me detengo, sin saber qué hacer a continuación.
— ¿Quieres dormirme aún más para que no te hable en todo el camino? — Pregunta en un susurro de voz, ese tono bajito que usa y siento en cada molécula de mi ser —. Porque eso pasará si me sigues acariciando el cabello. Ni siquiera me despertaré cuando lleguemos a Dallas.
Atrapo la punta de su nariz entre el pulgar y el índice, dándole un apretón que la hace aullar como un lobo.
Me río.
— Cállate, Lí.
Ella tararea algo, contenta, y vuelve a dormirse.
|…|
Lia decide que lo más fácil es ir a un centro comercial, dice que allí encontrará todo, así que eso es lo que hacemos.
Cuando estaciono la camioneta en el parqueadero dentro del centro comercial, me quito la chaqueta y la lanzo a los asientos traseros. Afuera hace un calor insoportable, pero me la había puesto solo para, al igual que ella con su manta, no congelarme con el aire acondicionado del vehículo.
Agarro mi teléfono, la billetera y las llaves del auto, luego me dispongo a bajarme, pero me detengo cuando noto que Lia me está mirando fijamente.
— ¿Qué? — Inquiero con algo de brusquedad.
Ella suprime una sonrisa, mirándome de arriba a abajo, diversión en todo su rostro.
— Te ves… normal.
— ¿Perdón? — La miro fijamente —. ¿Es que acaso soy anormal?
Una carcajada se le escapa.
— A lo que me refiero es que… mírate — lo hago, pero no entiendo, así que le levanto una ceja para que sea más clara con sus palabras —. No pareces el dueño de un rancho, vaquero. Sólo… pareces un citadino más.
— Sé vestirme, Lia.
Además, es sólo un jean que uso muy poco, así que está en buen estado, no desgastado como los que suelo usar en el rancho. La sencilla camiseta blanca de lino parece ser lo que más le gusta a ella, porque me detalla el pecho de nuevo… luego sonríe, contenta.
— ¿En dónde dejaste el sombrero? — Pregunta una vez nos bajamos.
Ella camina tranquila a mi lado, girándose un poco para mirarme.
— No lo sé, pero probablemente en tu cabaña, en donde sueles esconder todos y cada uno de los que me robas.
Otra melodiosa risa se le escapa y, si soy sincero, ver la ligereza y la alegría con la que está hoy, me hace sentir también ligero y sin preocupaciones.
Miro la hora en mi reloj de mano, pensando en el tiempo que nos queda.
— Si usamos bien el tiempo, a las seis podemos estar saliendo a casa.
— Está bien, es suficiente para mí.
Paseamos por tiendas en donde Lia se detiene a comprar cosas. Ella no es demasiado meticulosa para comprar, pero sí compra en cantidad, así que me encuentro cargando muchas bolsas en mis manos.
— ¿Qué estamos buscando? — Le pregunto cuando entramos en una tienda en donde sólo venden cosas de cocina.
— Quiero comprarle un set de cuchillos a Rose.
— ¿Mmm?
— ¿Cuál es su color favorito?
— ¿Para qué?
— ¡Para los cuchillos, Becket! — Ella dice, como si todo fuera muy obvio.
— Yo… ¿el rosa?
— Estás inventándolo, ¿no es cierto?
Ruedo los ojos.
— Sólo escoge cualquier cosa, no hemos ido por tu cama.
— Primero tenemos que pasar por una tienda cosmetológica, me pareció ver una allí abajo.
— ¿Qué vas a comprar?
— Tu protector solar — me dice, de nuevo, como si fuera muy obvio —, además, hay unas cremas que averigüé que son aptas para Cass, quiero llevárselas.
— Lia… — detengo mis pasos, lo que hace que ella también se detenga —. ¿Llevas regalos para todos?
— Bueno… — entrecierra los ojos mientras piensa —. Le compré unas botas nuevas a Miguel, las suyas ya están muy desgastadas.
— ¿Cómo sabes su talla?
Ella se sonroja cuando admite —: Un día que él estaba durmiendo en el piso mientras reposaba el almuerzo, me agaché y le busqué el número.
Dios mío, esta maldita chica.
— ¿Qué?
— ¡Quiero que sea una sorpresa! — Se queja —. No podía sólo preguntarle.
Me quedo mirándola fijamente, porque, ¿ella tiene una maldita idea de lo que me está haciendo?
— Ahora, respecto a Hank, no estoy muy segura de si…
— Él está bien, no le falta nada.
— Estaba pensando en llevarle un juego de mesa, tal vez cartas o…
— Él está bien, Lia — señalo los cuchillos —. Mira, estos creo que le gustarán a Rose.
Eso la distrae lo suficiente para que olvide el tema de Hank. Mientras tanto, yo la observo en silencio, sin poder mirar a otro lado que no sea ella.
¿Siempre es así de desinteresada?
¿Siempre es así de considerada?
¿Así de humana?
Ella ve a las personas, las ve de verdad, no de una manera superficial o ligera. Lia parece tomarse su tiempo para preocuparse por sus necesidades, buscando su bienestar para poder brindarles lo que les falte.
Debajo de su timidez e introversión, ella está allí, silenciosa, cuidando con ese tierno corazón que lleva en la manga. Sin llamar la atención, sin hacer revuelo, sin hacer ruido, sólo como una pequeña brisa que llega profundo, a limpiar tu alma.
— Mira — se detiene, enseñándome un juego de parqués para Rose —. Lo llevo — y lo lanza al carrito, seguido de mil cosas más que encuentra en el camino, cosas que, estoy seguro, ni siquiera son para ella.
Cuando llevamos muchas bolsas, le pido que me espere en la cosmetología mientras voy a guardar las cosas en el auto. Al volver, el lugar está más lleno de lo que estaba cuando me fui, así que la encuentro un poquito nerviosa.
— ¿Listo? — Llego a ella, sosteniendo su codo por detrás, lo que la hace mirarme y ser consciente de mi presencia.
Una sonrisa enorme se expande en sus labios, como si mi presencia le trajera alegría. No creo que alguien me haya mirado así antes, mucho menos sonriendo de esa forma, como si de verdad disfrutara mi compañía y tenerme cerca la hiciera genuinamente feliz.
Trago saliva, el dolor sofocante en mi pecho casi me hace doblarme allí, en medio de una tienda llena de desconocidos.
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