El chapoteo es sonoro y escandaloso, el agua me empapa de pies a cabeza.
Lucho por salir del agua, buscando la superficie entre forcejeos aquí y allá. Una vez subimos, el imbécil frente a mí me mira imperturbable, su expresión fría mientras me da esa mirada altiva y engreída, como diciendo que ganó esta guerra.
Escurro mi larga trenza mientras lo fulmino con la mirada.
Pero no digo nada, sé que eso es lo que él más detesta, cuando lo privo de mis palabras. Ser ignorado parece ser algo que él no tolera, así que aprovecho su talón de Aquiles y lo termino de sacar de quicio.
Cuando dejo que las murallas me cubran, su entrecejo se profundiza e indignación lo llena.
— No puede ser que tú seas la enfadada — empieza, pero lo ignoro y camino hacia el orillo —. ¡Vamos, tú empezaste esto, Lia!
De nuevo, no digo nada.
El jean que llevo puesto es pesado y la camisa se me pega de forma molesta a la piel.
— ¡Tú eres quien me debe una disculpa, mocosa malcriada!
Ni lo miro mientras deshago mi trenza, busco mi nuevo sombrero y lo pongo sobre mi cabeza.
Cuando empiezo a alejarme, él grita —: ¡No me ignores, joder!
Escondo mi sonrisa mientras me empiezo a alejar, la alegría burbujea en mi pecho.
Se escucha tan enfadado que no puedo más que sentirme satisfecha.
— Lia… Lia, ¿qué haces? — Lo sigo ignorando, en cambio me muevo hacia su yegua —. ¡LIA!
¿Qué tan difícil puede ser montar un caballo?
Sólo sé que quiero que él se vaya así, empapado hasta casa, toda la hora que cuesta llegar aquí a pie.
Porque yo no lo haré, yo a pie no me iré.
Miro a la imponente yegua frente a mí, acaricio su hocico y me impulso hacia arriba para…
Dos manos sujetan mi cintura y me lanzan hacia atrás.
— ¿Estás loca, joder?
Echo mi sombrero hacia atrás para mirarlo a la cara.
— ¡No me voy a ir así mojada a casa! — Le grito, porque está loco si cree que permitiré que él se vaya campante en caballo mientras yo me iré a pie, escurriendo agua y enseñando el sujetador.
Por primera vez, él parece notar lo traslucida que ahora es mi camiseta.
Becket aparta la mirada, maldice por lo bajo y empieza a sacarse su camiseta que, aunque está empapada, me dará un poco de más protección. Me la lanza con un solo movimiento y yo la atrapo, pasándola por mi torso para cubrirme.
— Complicas mucho mi vida, mujer.
Me río con ironía, pero sigo sin decir palabra mientras abotono su camiseta. La prenda tiene un olor muy suave a madera y paja. No es perfume, es más el olor de él, del entorno en el que vive.
— Maldito infierno, Lia, ¿puedes decirme al menos una puta palabra?
Levanto mi mirada para observarlo con altivez, pero me detengo cuando me encuentro con su pecho desnudo.
Un nudo del tamaño de una roca se acentúa en mi garganta.
Él, ajeno a lo que estoy viendo, continúa peleando —: No puedes ir por ahí, haciendo maldades como si fueras una maldita niña, y esperar que nada pase a cambio. Aparte, ¿la enfadada eres tú? ¿Cuánto orgullo tienes? ¿Quién te piensas que…?
Se detiene cuando mi mano lo toca.
Mis dedos fríos se presionan sobre una de las cicatrices brutales y dolorosas que atraviesan su pecho.
Son al menos siete.
Siete largas y ya blanquecinas cicatrices marcando su piel.
El aire se espesa entre ambos mientras yo avanzo otro paso. Mis dedos siguen temblorosamente la línea de uno de los latigazos que atraviesan su piel. Mi garganta duele con un sollozo atorado, mi corazón se agrieta de una forma demasiado cruel.
— ¿Quién te hizo esto, Becket? — Pregunto, mi voz demasiado pequeña, demasiado bajita.
Es como un choque de trenes, no puedo apartar la mirada de esas marcas, de esas heridas, de esa historia, a pesar de lo mucho que duele.
Lucas tenía una exactamente igual… en su espalda.
— ¿Tienes más? — Susurro muy bajito.
— Creo que ya sabes esa respuesta — su voz es más ronca de lo normal, como si él también tuviera un sinfín de emociones atoradas en el pecho.
Cierro los ojos, inclinando mi cabeza suavemente en una negación.
Su espalda.
Un estremecimiento recorre mi cuerpo al imaginarme el brutal sufrimiento que debió pasar.
Siempre que le preguntaba a Lucas sobre su cicatriz de un evidente latigazo en su espalda, él cambiaba de tema o me distraía de alguna u otra forma. Verle esa muestra de tortura me hacía doler el corazón, ¿pero la masacre en el cuerpo de Becket? Dios, es demasiado.
Lo suyo no es un latigazo, son al menos siete… siete, siete cicatrices dolorosas y tatuadas para siempre en su piel.
Y aún no he visto su espalda.
Cuando asimilo lentamente lo que esto significa, curvo un poco mis dedos en sus marcas y levanto mis ojos hacia los suyos.
Él me mira inmóvil, su mandíbula cincelada está más definida que nunca. Hay un dolor retenido en sus ojos, pero también una contención, como si estuviera luchando por no romperse ante mi suave tacto.
¿Alguna vez alguien lo ha cuidado?
La pregunta está en la punta de mi lengua, a pesar de ya saber la respuesta.
Mis ojos caen en sus labios y él se tensiona, sabiendo perfectamente qué estoy mirando.
Becket gira el rostro hacia un lado cuando mi mano se levanta hacia él. A pesar de su renuencia, mi palma lo sigue, tentativamente acunando su mejilla rociada con incipiente barba. Él intenta esconderse, pero no lo dejo. Toda mi atención está en su boca, en algo que no puedo seguir ignorando más.
La cicatriz en su labio superior.
¿Cuántas marcas hay en su piel?
Frunzo mis cejas, sintiendo su dolor como mío, mientras sus ojos se cierran y su expresión se arruga en lo que para cualquiera puede ser ligero dolor… pero no, es profundo, hasta los huesos.
Su sufrimiento viene de muy adentro.
Las puntas de mis dedos temblorosos rozan la cicatriz en su labio, el tacto es casi imperceptible, pero su expresión de dolor se profundiza, hasta que es imposible de ignorar.
— ¿A quién estabas protegiendo cuando te hicieron todo esto? — Pregunto, respirando temblorosamente. Todo mi ser está temblando, mi alma se está desmoronando ante lo que esto implica.
Becket niega muy despacio, sus ojos se aprietan cerrados, el dolor reflejado en todo él.
Tanto dolor.
Abro mi boca, pero nada sale, así que la cierro, lamo mis labios y lo intento una vez más.
— Y mientras lo protegías a él, ¿quién te protegía a ti, Beck?
Un suspiro tembloroso se le escapa, un suspiro de aire caliente que baña mi palma, y curvo mis dedos de nuevo contra su piel.
— ¿Cómo puedes creer que Lucas no te amaba? — Susurro, mi voz ronca por los sentimientos que se atoran en mi pecho —. ¿Cómo pones en duda que él quiera estar aquí, contigo? Tal vez él no se alejó porque te odiara, tal vez él se alejó porque verte le dolía.
Conocía a mi esposo, conocía a Lucas, he tratado de descifrar una y otra vez su pasado, sus motivaciones, él por qué de todo esto.
Y sólo lo sé dentro de mí.
Al principio Lucas se fue enfadado, pero ¿y si no volvió precisamente por esto?
Porque le dolía ver a Becket.
Porque no soportaba ver todo lo que pasó.
Porque los recuerdos eran demasiado por soportar.
— Los dos fueron víctimas — susurro, inclinando mi rostro hacia él para que me escuche con claridad —. Tú y él, ¿lo entiendes?
Sus ojos se abren y me miran fijamente. Por primera vez desde que lo conozco, algo en él me recuerda a Lucas. No es ni siquiera el color de sus ojos, los de Lucas eran demasiado claros para el azul oscuro de Beck. ¿Pero el trauma y sufrimiento bajo esa mirada? Es el mismo de mi esposo, el mismo que Lucas me permitía ver cuando sus murallas bajaban y su fachada feliz desaparecía.
Lucas amaba a Becket con cada gramo de su ser.
Y, por primera vez desde que llegué aquí, empiezo a entender y a sentir ese amor.
[2/2]