—Lamento decirte que tú no conocías realmente a tu hermano —exclamo—, él era un adicto desde antes de conocerme, lo que pasa es que yo no lo sabía. Me fusila con la mirada y se limpia las lágrimas. —¡Mentirosa! Ya no tengo nada que perder, aunque en este momento el temor más grande que tengo es saber que no los volveré a ver, no me voy a callar y le voy a gritar unas cuantas verdades aunque por dentro estoy muriendo de miedo. —Él no era el ángel que crees, era un demonio que por poco arruina mi vida. —Vas a pagar todo lo que le hiciste —me grita llorando. Cierro los ojos e inspiro profundamente, mis labios empiezan a temblar al igual que mis manos y mi corazón late tan rápido que me aturde. Grito. —¡Hazlo de una maldita vez, acabemos con esto, no tengo nada que perder en cambio

