Verdades Ocultas El refugio improvisado donde Emma y Alexander se escondían no ofrecía más que una tregua temporal. Aunque el eco lejano de disparos y gritos se había desvanecido, la amenaza seguía latente. Emma sentía la urgencia en el aire, como si el mundo entero estuviera conteniendo el aliento antes de un estallido inevitable. Alexander, siempre en guardia, escuchaba con atención cualquier sonido que indicara que su enemigo se acercaba. El silencio, sin embargo, no era reconfortante. Parecía cargado de significados, de todo aquello que no habían dicho el uno al otro. —Tenemos que movernos pronto —dijo Alexander en voz baja, rompiendo el silencio incómodo que se había formado entre ellos—. No podemos quedarnos aquí indefinidamente. Emma asintió, pero no pudo evitar sentir que había

