Capítulo 2: lncuestionable

3145 Palabras
Gianmarco —Creo que está confundiendo los términos, señorita —hablé a la chica que se encontraba frente a mí y para la cual había aceptado comenzar a prestar mis servicios. —¿A qué se refiere? —cuestionó alzando una ceja y fruncí el ceño. Me estaba cayendo tan bien. Hubiera querido no haber tenido los lentes oscuros puestos, para que viera la expresión en mi rostro y supiera que esa actitud me resultaba desagradable, aunque realmente me daba igual. Cuando quería decir algo lo decía por lo claro y no me andaba con tantas vueltas. —No voy a ser su mascota, así que aleje la idea. Seré su guardaespaldas y espero que entienda lo que significa. No aceptaré berrinches de su parte. Le hablé con severidad. Justo la que llevaba el momento. Aunque eso no quitaba que también estuviera disfrutando de ver la actitud de la madre. Ambas, aun con las edades que tenían, eran par de niñas caprichosas y consentidas, cosa que no iba conmigo. Y claro está que a todo eso le sacaría ventaja. —¿Me está diciendo berrinchuda? —Frunció el ceño y en respuesta endurecí la expresión de mi rostro. —¿Lo es? —cuestioné mientas retiraba mis lentes oscuros y la miraba directamente a los ojos. La vi tragar grueso ante la impresión que le causaba mi mirada. Siempre he sabido del efecto que tiene en las personas. Principalmente en las mujeres. —Por supuesto que no. Solo soy una chica divertida y algo excéntrica, pero nada más. La berrinchuda de la familia no soy yo. Miró a la madre, quien se encontraba colorada como un tomate. —Alessia, ya te dije que no estoy de acuerdo con esto. No voy a permitir que metas a este... —se detuvo a pensar sus palabras. Por la expresión de su rostro se sabía que no sería nada bueno, pero aun así lo estaba disfrutando—. A este señor, en mi casa —prosiguió—: No tiene por qué vivir junto a nosotras, además de que siempre estará trabajando, así que ni siquiera necesita estar dentro, es afuera donde debe cuidarte. En casa ya tenemos la seguridad que necesitamos. —No hables por ti, Alessandra. Será mi guardaespaldas, no el tuyo. Y te repito que no se trata solo de tu casa, es nuestra casa, y tengo tanto derecho como tú. Si lo prefieres, si te molesta que Gianmarco esté dentro, bien puedes irte a otro lugar. Tenemos muchas propiedades. Ese Penthouse es solo una de las tantas que tenemos. —No me iré a ningún lugar. No tengo que abandonar mi hogar por nadie... Justo lo que quería escuchar. Si me había quedado un poco más en medio de este pleito era justo para asegurarme de esto, así que aquí no tengo nada más que hacer. Las tendré a ambas dentro de la misma casa. Misión cumplida. Verás lo fácil que es domar a una yegua cerrera. —A ver, señora y señorita —la madre me miró con el ceño fruncido y ambas guardaron silencio—. Sus desavenencias personales no me interesan, así que no tengo por qué seguir aquí —mi mirada buscó a la más pequeña—. Si en la mañana todavía quiere contratar mis servicios, llámeme. Aquí tiene mi tarjeta —me apresuré en sacarla de uno de los bolsillos delanteros del traje. Ella alzó su mano y la tomó—. Cuando se hayan puesto de acuerdo... —volví a darle una mirada a la madre. A la mujer se la quería llevar el demonio—, ya sabe qué hacer, pero no antes. Y le recuerdo que solo con esa condición acepto. Mi decisión no es negociable. Después de hacerle saber que no cambiaría de idea, le di una última mirada a la chiquilla que miraba a la madre de forma retadora, y les di la espalda para caminar en dirección al auto. Después de mí, montaron los dos hombres que me acompañaban. Ambos de mi equipo de trabajo. —Abel, ustedes se van a quedar a disposición de Franco. Ya no trabajaremos para las Fiore. —¿Qué sucedió, Gianmarco? ¿Y eso por qué? —No me puse de acuerdo con la señora Alessandra —ambos intercambiaron miradas—, es una engreída de marca mayor. —En todo caso fue ella quien no se puso de acuerdo con usted, señor. Usted es de armas tomar —aseguró el otro chico mientras reía, y Abel miraba a la parte de atrás para verme, ya que era yo quien había ocupado la parte trasera. Su comentario esta vez lo dejé pasar. —No entiendo, Gianmarco. ¿Si es así por qué nos abandonas? —Volvió a cuestionar, Abel. —No los estoy abandonando. Solo me separaré del equipo por un tiempo y lo haré porque sé que los dejo en muy buenas manos. Franco se hará cargo de ahora en adelante. Está capacitado para dirigirlos y sabe perfectamente lo que tiene que hacer. Hoy en la noche me reuniré con él para ultimar los detalles. Seguirán trabajando para Luciano. —Ya estoy harto de trabajar para ese viejo... —¡Abel! —exclamé con firmeza mientras le veía a los ojos—. Para quien sea que trabajes será lo mismo siempre y cuando estés bajo mi mando —le aclaré—. Las reglas son las mismas y cumplimos los mismos protocolos de seguridad. No importa quién sea el cliente. Lo más importante para el equipo es la seguridad de esa persona. —Lo sé. Sé que somos muy profesionales y que trabajamos para él. Paga por ello... —Exactamente, Abel. Me alegra que tengas bien claro que somos muy profesionales y paga muy bien, así que es nuestro deber asegurarle la vida. —Pero no resisto ver su cara. Ya habíamos acordado que dejaríamos de trabajar para él. De hecho, ya habías hecho la distribución de los hombres —hizo una mueca de desagrado—. El pinche viejo se ha creído que somos sus secretarias. Siempre pidiéndonos hacer cosas que no están dentro de nuestro contenido de trabajo. —¿Y algún día lo has hecho? —cuestioné con una ceja en alto. Nunca me sometí a los caprichos del viejo y eso incluía a mi equipo. Jamás hicieron nada que no les correspondiera hacer. —No, ¿pero te imaginas ahora que no estarás? Además, no sé si Franco tenga la paciencia como para soportarlo sin antes meterle un tiro en medio de la frente. Y por cierto, ¿qué es lo que harás que no estarás con nosotros? —frunció el ceño. —Si yo la tuve, él también la tendrá, así que no te preocupes por eso... —Por supuesto que Franco tendrá paciencia, señor. Se necesita de mucha solo para estar bajo sus órdenes, así que el viejo será pan comido... —habló el chico que iba al volante, mientras miraba a través del espejo retrovisor interno, pero la mirada fulminante que le di lo silenció—. Di-disculpe, jefe. Carraspeó un par de veces y llevó la mirada al frente. Hacía poco había sido evaluado para entrar a la agencia y había calificado. Según los resultados de la prueba, que no estaban nada mal, lo elegí para mi equipo. Estaba dentro, pero no le había dado la confianza como para hablarme así. No debía olvidar frente a quién estaba y no se les permitía hablar con ese grado de confianza a un superior. La agencia era mía. Era un profesional de la seguridad privada que me había especializado en la protección de personas, ya fuera que tuvieran poder político, económico o mediático. Era experto en combate cuerpo a cuerpo y especialista en armas blancas, armas de fuego y armas convencionales y no convencionales. Estaba capacitado para minimizar cualquier situación de riesgo y después de pasar todos los cursos y exámenes de capacitación de forma exitosa, había decidido crear mi propia agencia especializada en capacitación y seguridad personal. No éramos militares, sin embargo, nos comportábamos como si lo fuéramos. Solo a Franco y a Abel le permitía ciertas libertades y estaba convencido de que lo que había dicho el chico era cierto. Era bien estricto con ellos, justo como consideraba que debía ser, sin embargo, ni siquiera los que tenían más tiempo en el equipo se atrevían a insinuarlo. Claramente, se veía que este chico acababa de entrar. Le faltaba un buen llamado de atención para ubicarse en su sitio. Abel me hizo unas señas pidiendo que no tuviera en cuenta sus palabras, pero me fue imposible. Aplicaba muy bien el proverbio que dice: “donde se cae el burro, se le dan los palos”, y aquello no lo podía dejar pasar. Ya había hecho de la vista gorda con su anterior pronunciamiento, pero no más. —Repita lo que dijo, agente —mis ojos lo buscaron a través del retrovisor. —Señor, ya le pedí disculpas. Fue una jocosidad que no se volverá a repetir. —No está diciendo nada que no sepa. Estoy seguro de que no se volverá a repetir y si por alguna casualidad lo hiciera, se atendrá a las consecuencias. Aunque algo no me quedó muy claro... —hice una pausa. El rostro del chico estaba de mil colores e intentaba no mirar el espejo para no tener que ver el mío. Mientras tanto, Abel seguía intentando detenerme—. ¿A qué se refería exactamente con sus palabras cuando dijo que hay que tener suficiente paciencia para estar bajo mis órdenes? —Lorenzo quiso decir que eres muy estricto, Gian —se adelantó Abel, llamándome por el diminutivo que acostumbraba llamarme cuando no estábamos de servicio. Trataba de impedir que a causa de los nervios el chico cometiera alguna estupidez a la hora de dar su respuesta—. Y ya relájate, hombre. No estamos trabajando. Al parecer las empresarias acabaron con lo poco del buen humor que te quedaba. —Le hice una pregunta, agente —insistí, después de ignorar olímpicamente a Abel. Tengo que admitir que en ocasiones me odiaba a mí mismo, pero este era yo. Y las veces que me amaba pesaban más que las que me odiaba, así que podía lidiar perfectamente con ello. —Gian... —Sigo esperando, agente. —Señor, solo estaba haciendo alusión a su mano dura a la hora de dirigir, como dijo Abel. Y entiendo que es así como debe ser. Solo intentaba bromear. Siento que me haya malinterpretado. Le repito que no volverá a suceder. —¿En serio soy “muy” estricto? —acentué el adverbio y enarqué una ceja. No porque aquello fuera algo desconocido para mí, sino por el hecho de que se anduvieran quejando por ello. Porque claramente aquello era una queja, disfrazada de lo que él llamó jocosidad, pero lo era. Y conmigo no valían los disfraces. —¿Y en serio lo preguntas? —cuestionó, Abel. —Pues me da igual —me encogí de hombros—. Así soy y lo seguiré siendo, porque lo que hacemos lo requiere. El que no esté de acuerdo tiene una sola opción —volví a mirar el retrovisor y después de ver los ojos esquivos del chico, miré a Abel—. Largarse del equipo. Veremos en cuál lo reciben con mano blanda como a marica. —Definitivamente, esa tal Alessandra ha hecho que empeore tu humor —hizo una mueca—. Y no has respondido a mi pregunta, Gian. Si no vamos a trabajar para ellas, ¿por qué te separas del equipo? —Frunció el ceño. —Porque yo lo haré. —¿Qué? —preguntó extrañado. —Voy a brindarle protección por un tiempo a la más pequeña —dije mientras trataba de relajarme y me volví reclinar del asiento. Solo sería por un tiempo. Estaba seguro de que en menos de lo que cantaba un gallo, tendría a todo el equipo nuevamente conmigo. Trabajando todos juntos y para las mismas personas. Sería así o dejaba de llamarme Gianmarco De Angelis. —¿Sin tu equipo? —Frunció el ceño—. ¿Qué te traes entre manos, Gianmarco De Angelis? —No me traigo nada entre manos, Abel. Y no era mentira. Lo que traía no era precisamente entre manos, sino en otro lugar. —Te conozco. No dejarías el equipo en manos de nadie si no fuera por algún interés personal. Eres un diablo con cuerpo de hombre, Gian. ¿De qué se trata esta vez? —Ya lo dijiste. Es un asunto personal, así que no insistas en querer saber, que de mi boca no saldrá nada. Quiero darle protección a la chica y ya está. —Eres un amargado. —Pero este amargado es tu jefe y tiene poca paciencia, así que deja de joder. Si tenía algo que decir, no lo haría en ese momento. Lorenzo, como se llamaba el nuevo integrante del equipo, no tenía por qué saber nada sobre el tema. Era muy reservado con mis cosas y las involucradas no eran cualquiera. Eran las mujeres más influyentes de toda Italia dentro del mundo empresarial, así que lo más sensato era evitar los comentarios. Lo que sí tenía claro era que en muy poco tiempo todo mi equipo estaría trabajando para las dos. Jamás rechazaba un reto y aquello claramente se había convertido en uno para mí. Tenía una tarea. Había una yegua cerrera que domar. —Gian, hablando en serio —continuó, Abel—. ¿Te volviste loco? ¿Sabes los riesgos que tendrás que enfrentar al trabajar tú solo para esa mujer? No se trata de cualquier persona. Debiste haber escogido por lo menos a una pareja más. —Conozco los riesgos, Abel. Pero no fui yo quien lo determinó. —¿No entiendo? —La chica no quiere a un equipo. Me quiso a mí... —Y tú a ella —lo miré con el ceño fruncido—, claro que sí. Ella podía haber hecho la exigencia que fuera, pero eras tú quien tenía la última palabra. Obviamente, y a pesar de los riesgos, estuviste de acuerdo con ella. De lo contrario jamás hubieras aceptado. Me conocía muy bien. Sabía que mi carácter no era el mejor. —Acepté porque quise, Abel. No tengo que decirlo. —Claro que no. Lo que no me explico es por qué lo hiciste. Estarás tú solo para proteger a una chica con un alto poder económico y mediático. Una mujer que tiene todos los ojos de este país encima, Gian... —hizo una pausa y alzó una ceja—. ¡No! Aquí hay gato encerrado. Algo tiene que estar pasando. —Cálmate, hombre. ¿Qué diablos va a estar pasando? A esa chica ni siquiera la conocía en persona. Todo lo había tratado con la secretaria personal de la madre. No olvides que con ella fue con quien había cerrado el acuerdo y todo fue mediante llamadas y correo. —Precisamente por eso. Ya tenías un acuerdo. Solo faltaban las firmas. ¿Y de repente abandonas, así sin más? —Abrió los brazos en señal de pregunta. —Abel, ya me estás jodiendo demasiado. Hace un momento te dije que no me había puesto de acuerdo con Alessandra. No me voy a subordinar a nadie y menos a una persona que tiene ínfulas de grandeza. La mujer quería trabarme de los huevos y eso ni en sus más remotos sueños pasará. ¡Ya deja de joder, hombre! Me estaba exaltando y él lo sabía. —Abel, el jefe sabe lo que hace. Si lo está haciendo es porque ya lo analizó y calculó todo. Si hay alguien que sabe lo que hace es él. —¿Y eso último cómo es que lo sabes? —lo miré por el espejo retrovisor—. ¿Acabas de llegar y ya crees conocerme? —Gianmarco, ya basta —me regañó, Abel, como si tuviera algún poder sobre mis acciones—. ¿Te molesta hasta cuando te defiende? —La culpa la tiene tu insistencia. Como sigas terminarás consiguiendo que te lance del auto. —¡Qué bien! Porque lo tendrás que hacer. Alguien tiene que hacerte ver tus locuras, y si me lanzas del auto, como dices, y me matas, ya quedará en tu conciencia. ¿En realidad tendría que lanzarlo del auto para callarlo? En serio ya me lo estaba comenzando a plantear. —Esa princesa, según las averiguaciones que hicimos antes de que aceptaras tomar en consideración lo de brindarles seguridad, es bien engreída y caprichosa. Antes de aceptar trabajar para cualquier cliente averiguamos minuciosamente todo lo relacionado con su personalidad y su estilo de vida. ¡Lo sabes, Gian! Sabes que esta chica es de armas tomar. —Las dos lo son. No olvides que es hija de su madre, sin embargo, aun así, habíamos estado de acuerdo en aceptar el trabajo... —Pero no estarías solo. Sí, eran dos, pero tendrías a tu equipo cubriendo todo. Por algo somos los mejores. —Por supuesto que somos los mejores —reafirmé, convencido de que lo éramos. —¿Y entonces? ¿Ya te preguntaste cómo manejarás las situaciones en las que esa puberta no quiera cumplir con los protocolos de seguridad? —Lo hará —dije convencido de ello. —Pues yo lo dudo. Lo que sí no dudo es que en una de esas tengas que meterle un tiro o dejarla por imposible. —No acepté el trabajo para matarla, Abel, sino para protegerla. Ya deja de exagerar. —Está bien, Gianmarco. No hablaré más sobre el tema, pero ya verás cuando te saque canas verdes y te toque renunciar. —No lo haré —respondí mientras fingía la calma que nunca había tenido. —Veremos que piensa Franco cuando lo sepa. Estoy seguro de que no estará de acuerdo con esto. —Vamos, Abel, me conoces. Sabes que cuando tomo una decisión no me importa si alguien está o no de acuerdo, y esta es una decisión ya tomada. Solo estoy esperando recibir una llamada de confirmación y mañana comenzaré con la nueva clienta. Estaba más que seguro de que la llamada se haría. —Ya sabía que estabas loco, pero cada día me sorprendes más. «Pues sí, estoy bien loco, pero solo yo entiendo mi locura». Pensé y sonreí de lado mientras lo veía mirarme directamente, y Lorenzo lo hacía a través del espejo retrovisor. Este era un reto que por nada del mundo rechazaría. No pararía hasta domar a esa yegua cerrera. Aunque eso implicara tenerla de piernas abiertas y gimiendo mi nombre. Algo muy poco ético y profesional, sí, pero teniendo en cuenta que no sería su guardaespaldas, todo podía suceder... incluso eso.
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