Alessandra
Salgo de la cama a toda prisa. Corro hasta la puerta y después de ponerle el seguro, me voy al baño. Me meto bajo la ducha con el agua casi fría, aunque podría jurar que la siento hervir.
¿Qué rayos es lo que acaba de suceder?
El muy estúpido se coló en mi habitación y lo peor de todo es que lo hizo en el peor momento. Justo cuando estaba teniendo ese estúpido sueño y, nada más y nada menos que con él.
Me doy varias veces en la boca sin llegar a lastimarme.
—¿Por qué rayos no pudiste quedarte callada?
Me cuestiono a mí misma, en voz alta, mientras el agua cae sobre mí.
—¡Ese estúpido es un atrevido! —exclamo al fervor de la molestia que me cargo. Ahora mismo tengo deseos de asesinar a alguien.
¡A él!
—¿Cómo es posible que me haya escuchado gemir por él? ¡Me escuchó, me escuchó! ¡El muy estúpido me lo dijo!
Hablo sola, mientras vuelvo a divisar en mi mente las imágenes del momento en que desperté y lo vi ahí, frente a mí. Con esa sonrisa cargada de satisfacción, al sentirse importante, pues me escuchó gimotear su nombre.
¿Por qué rayos no soñé con alguien más? Hubiera sido mejor soñar con el señor que barre la calle de enfrente.
Cierro el paso del agua y salgo de la ducha. Como siempre, me tomo los minutos necesarios hasta quedar satisfecha con la imagen que me muestra el espejo. Ya lista tomo mis cosas y salgo de la habitación. Bajo las escaleras y voy directo a la cocina, a desayunar. Se me ha hecho tarde para ir a la empresa, pero el desayuno para mí es la comida más importante del día, ni siquiera el almuerzo, así que por nada del mundo lo dejo pasar.
—Buenos días, señora Alessandra. ¿Cómo amaneció hoy? Enseguida le sirvo su desayuno.
Es Claudine quien habla mientras permanezco en silencio. Estoy tan molesta que si abro la boca terminaré lastimando a alguien.
—¿Le sucede algo? —Insiste mientras me mira el rostro—. Su semblante no es el mismo de siempre. ¿Ha tenido algún problema?
—Ninguno que te interese, Claudine. Sirve ya el desayuno. Por culpa de alguien ya estoy a trazada para ir a la empresa.
Dije qué pasaría si abría la boca.
—Lo siento, señora. El desayuno, como siempre, está listo desde temprano.
—No me refería a ti. Y basta ya de hablar. Te advierto que hoy no es uno de mis mejores días.
Y por lo visto hoy será uno de los peores de mi vida.
La mujer se limita a servir, en silencio, y mi móvil comienza a timbrar. Se trata de Colin. Era el segundo al mando del equipo de seguridad, pero ha tenido que asumir el primer puesto. Al no ponerme de acuerdo con el estúpido de Gianmarco no pude prescindir de sus servicios.
—Sí.
—Buenos días, señora Alessandra.
—Buenos días, Colin. ¿Qué sucede?
—Ya estamos aquí, señora. Llevamos un tiempo esperando. La llamo porque es inusual que a esta hora todavía no haya salido —hago una ligera mueca de desagrado—. ¿La señora no irá a la empresa hoy?
—Por supuesto que sí, Colin. Tuve un pequeño percance aquí, dentro de casa, pero ya casi salgo.
—¿La podemos ayudar en algo? Ordene la señora.
—No es necesario, Colin. Ya el mal está resuelto. Se trataba solo de un pequeño insecto... que ya aplasté.
No he terminado de hablar cuando siento a alguien carraspear a mis espaldas. La impresión provoca que el móvil casi caiga de mis manos, y rápidamente corto la llamada sin escuchar la respuesta del agente de seguridad. No tengo que ser adivina para saber de quien se trata y precisamente por eso es mi reacción, ya que obviamente al hacer alusión al insecto me estaba refiriendo a él. Veo a Claudine tragar grueso y luego de ver, desvía la mirada para ocuparse en seguir haciendo sus tareas.
—¡Vaya, vaya! —exclama mientras rodea la mesa y queda frente a mí. Siento cómo mi rostro se ruboriza al ver las fachas en la que se pasea por mi apartamento. No puedo creer que haya tenido el descaro de venir así hasta la cocina, siendo que le hablé claramente sobre esto a Alessia. Fue la única condición que puse para recibirlo dentro del Penthouse—. ¿Cuál sería el pobre bicho al que aplastó?
Hace la pregunta con un sarcasmo marcado y, al mismo tiempo, rueda la silla que queda justo frente a mí. Sus ojos oscuros no se despegan de los míos. Siento cómo mi respiración se acelera y mi pecho se comienza a agitar.
«¡Que no se siente, que no se siente...!».
Pido una y otra vez en mi mente mientras intento mostrarme apacible. Sin embargo, mis ruegos no son escuchados. El indeseable se sienta justo frente a mí. De ocho sillas que ocupan la mesa tuvo que escoger exactamente esa. Obviamente lo está haciendo a propósito. No hay más que ver su rostro y la satisfacción que desprende su mirada, para comprender que lo está disfrutando.
¡Miserable!
—A uno que aplasté con inmenso placer. No se imagina lo mucho que lo disfruté —frunce el ceño y trato de mitigar los nervios que me provoca su mirada.
No entiendo por qué me pasa esto con él.
—Pobrecito —hace una mueca que aunque lo deteste, no puedo negar que lo hace ver aún más hermoso de lo que es—, debió sufrir demasiado.
—Me imagino, pero no es algo que me interese —solté el cubierto con el que había comenzado a comer los huevos revueltos con beicon, y puse ambas manos sobre la mesa—. Lo que sí me interesa es que no se ande paseando así por “mi” apartamento —remarqué el adjetivo posesivo.
—¿Así cómo? —Sus ojos se clavaron más en mí y tragué grueso. Vuelvo y repito que su mirada me provocaba algo extraño que por más que me empeñaba en controlar no era capaz de hacerlo.
Me sobrepasaba.
—Así —miré el torso desnudo—. Lo que hace es de muy mala educación. Así no se debe sentar a la mesa, además, ¿quién le dijo que podía andar dentro de este apartamento en esas fachas?
—¿Me regala un vaso con agua? —habló a Claudine, ignorando por completo mi pregunta.
«¿Pero qué se ha creído este...?».
—Enseguida, señor —Claudine contesta, interrumpiendo mis pensamientos, y alzo la mirada hacia ella para verla evitarme.
¿Ya le está llamando señor? Como si este estúpido fuera señor de esta casa.
—No respondió mi pregunta, señora Alessandra. Pero si se refiere al torso desnudo no veo cuál es el problema. ¿O será que presupone alguno para usted? —Alza una ceja. Sé exactamente a dónde quiere llegar, pero no caeré en su juego.
—Por supuesto que no. Pero se trata de respeto. De que no está usted en su casa y de que no andará así por aquí. No en mi presencia —sentencio.
—Bueno... —se alza de la silla después de beber el agua—. Creo que sí tiene un problema con eso —chasquea los dientes haciendo que la rabia crezca en mí—, pero la voy a complacer...
Casi susurra esto último y mi cuerpo se estremece. Las palmas de mis manos presionan disimuladamente sobre la mesa, impidiendo que salga el gemido que casi escapa de mí.
¿Qué diablos me está sucediendo?
—Intentaré que no me vea más así. Ya estoy viendo que hacerlo la hace perder la compostura.
Sonríe de lado mientras yo casi me muerdo la lengua. Quiero decirle tantas cosas que reaciono guardando silencio. Y juro que tengo deseos de asesinar, pero esta vez a mi misma por no ser capaz de situar a este hombre en su lugar. Por quedarme congelada como roca cuando no es conveniente.
Nuevamente rodea la mesa y sale de la cocina. Mis manos se aprietan hasta no poder ejercer más fuerza y por un momento quiero descargarlas contra la mesa. Sin embargo, me niego a que alguien me vea así. Puede pensar lo que sea, e incluso puede imaginar que sus acciones me afectan, pero no se lo voy a demostrar, no explícitamente.
Me incorporo para irme. Es imposible que ingiera algún alimento en este momento. Si lo hago moriré de una mala digestión.
¡Bravo por ti, imbécil! Acabas de arruinar mi desayuno.
—Señora Alessandra, su desayuno...
—No Claudine, ahora no.
Camino a toda prisa hasta la puerta. Ya afuera me esperan los dos hombres que me acompañan hasta la salida del edificio, y entro al auto.
—Buenos días, señora Alessandra —el chofer saluda, pero no respondo—. ¿A dónde vamos, señor?
Pregunta al jefe de seguridad. Colin permanece sentado en el asiento del copiloto, mientras los dos agentes que me recibieron en la puerta del apartamento ocupan un segundo auto.
—A la empresa.
Después de responder nos ponemos en marcha. Voy en la parte trasera suplicando porque pasen rápido los minutos para llegar lo antes posible. Desgraciadamente el tráfico a estas horas es horrible y siento que en cualquier momento me voy a asfixiar. No hace calor, pero la incomodidad provoca que me sienta arder.
—Sube el aire, Colin —el chofer me mira por el retrovisor interno como preguntándose si estoy loca, pero solo se queda en eso, no habla.
—La temperatura es agradable, señora. Se puede resfriar —es Colin quien habla.
—¡Que lo subas, hombre! —me exalto—. Limítate a hacer lo que estoy pidiendo.
Acata la orden y me reclino del asiento para intentar relajarme. Unos minutos más y llegamos a la empresa. El chofer baja, me abre la puerta y Colin me acompaña hasta que entro al edificio. Solo él, ya que les tengo prohibido andar con un batallón de agentes detrás de mí.
—Buenos días, señora Alessandra. Bienvenida —Bianca, mi asistente personal, me recibe a las afueras de mi oficina.
—Buenos días, Bianca —camino hasta llegar a la puerta con ella detrás y, después de dejar las cosas sobre el escritorio, me voy hasta el amplio ventanal de cristal.
Es lo primero que hago cuando llego a mi oficina. Mirar desde la cima las calles de Milán y sentirme en la cúspide, me resulta reconfortante. Esta visión hace que cualquier cosa desagradable que haya acontecido, pase. Por lo menos hasta ahora siempre lo consiguió.
—Enseguida le traigo su café y le hago saber su agenda del día, señora. Con permiso.
La veo salir de la oficina a toda prisa mientras yo quedo en lo mío y, nuevamente, aunque no es de mi agrado, el imbécil invade mi mente. Me detengo a pensar en por qué si todos me dicen señora, me resulta tan molesto e incómodo que el desgraciado egocéntrico me lo diga. Debe ser por su forma despectiva de pronunciarlo. Mientras los demás lo dicen como muestra de respeto él lo hace para intentar incomodarme. Cosa que para mi desgracia logra a la perfección. Tanto es así que mírenme aquí, pensando en ello, cuando debía ignorlo por completo.
Sigo sin entender que rayos es lo que me pasa. Aunque creo que realmente lo sé y solo me estoy resistiendo.
—Su café, señora —me sorprende, Bianca, ya que estaba absorta en mis pensamientos y me sobresalto—. Disculpe señora, no era mi intención asustarla.
—No pasa nada, Bianca —me doy la vuelta para caminar hasta el escritorio donde ha puesto la tasa con café, y me siento. La tomo y le doy un sorbo.
Ella permanece de pie, a un lado del escritorio, mientras espera para hacerme saber las actividades del día.
—¿Qué tenemos para hoy? —Hago la pregunta y después de mirar el reloj de pared responde:
—Dentro de media hora tiene su primera reunión con los inversionistas. Quieren ver los planos y escuchar la propuesta de proyecto para la constructora.
—¿Le notificaste a Evelin?
—Sí, señora. Es la ingeniera del proyecto, así que nadie mejor que ella para exponer la idea. Hace unos minutos la vi llegar a la empresa, pero de todas formas voy a verificar cuando termine aquí con usted.
—Bien, ¿qué más tenemos?
—Luego de la reunión debe firmar los documentos de aprobación del otro proyecto. Después viene el horario de almuerzo y a las dos y media tiene la próxima y última reunión del día.
—¿Dos reuniones en un mismo día? —cuestiono mientras la veo. Ella sabe perfectamente cuanto odio las reuniones y nunca debe programar dos en un mismo día. Únicamente debe hacerlo de ser absolutamente necesario.
De urgencia diría yo. Con una, para fastidiarme ya es más que suficiente.
—Lo siento, señora Alessandra, pero fue absolutamente necesario. Intenté hasta el último momento cambiar el día, pero fue imposible. El señor Alejandro dijo que mañana saldrá de viaje, así que no tuve otra opción.
Bueno, siendo así lo acepto. La pobre se hubiera quedado sin trabajo si lo deja escapar.
—Está bien. Siendo así no queda de otra, pero espero que con eso ya hayamos terminado —espero la respuesta que confirme lo que acabo de decir, pero la expresión en su rostro ratifica lo contrario.
—Quisiera decirle que sí, pero todavía le falta algo más. Su cita para el salón de belleza fue programada para hoy.
—¿El Spa? ¿Tan tarde? —La miro extrañada.
—No, señora. Solo el cabello —respiro aliviada. Hay que ver cómo esta mujer piensa en todo—. Imaginé que terminaría agotada y no hay nada mejor para el estrés que ir a un salón de belleza. Después de mirarme al espejo y ver como he quedado, todas las molestias pasarán.
—Sí, de seguro me hará bien. Necesito relajarme.
La imagen del rufián viene a mi mente.
—Ya verá que sí —toma el platillo que sostiene la taza vacía—. Después de eso su agenda está libre. Por cierto, ya compré las flores que debía enviar a la señora Paulina y se las he hecho llegar con una tarjeta, a su nombre.
Ya ni siquiera lo recordaba. Por suerte la tengo a ella para ocuparse de esas cosas por mí. Intentar cumplir con todos para quedar bien con la gente, no es lo mío.
—Perfecto, Bianca. Ya puedes retirarte.
—Con permiso, señora —habla y sale de la oficina.
Pasan los minutos y me voy a la primera reunión. Todo sale a pedir de boca y los inversionistas quedan maravillados con la propuesta de proyecto. Hasta yo lo hice y no cualquier cosa suele complacerme. Lo cierto es que Evelin es una excelente ingeniera y tiene ideas brillantes. De lo contrario no estaría trabajando en esta empresa.
Después de todo el itinerario del día, casi a penas concluye la última reunión, salgo de la oficina con destino al salón de belleza. Uno de los mejores de todo Milán y en el que me consienten hasta quedar totalmente satisfecha. Lo necesitaba. Sobre todo después de la discusión que tuve con el estúpido de Alejandro, quien no quiso aceptar uno de mis términos, aunque al final terminé imponiéndome y logré salirme con la mía.
En compañía de mis agentes de seguridad llego al Phentouse. Lo hago más relajada, pues en el salón, el estilista me dejó más hermosa de lo que ya estaba. Trato de mantener la frescura aun sabiendo que muy pronto mi humor puede llegar a empeorar. Entre Alessia y el estúpido de su guardaespaldas pretenden llevarme al borde de la locura, cosa que no conseguirán.
—Bienvenida a casa, señora Alessandra —al entrar me recibe Claudine—. ¡Wow! Luce increíble. Lo que sea que se haya hecho en el cabello le sienta muy bien. Se ve hermosa.
—Gracias, Claudine —su halago me hace sonreír y mi ego aumenta.
Cierro la puerta y camino rumbo a las escaleras para ir a mi habitación, pero no sin antes pasar por la cocina. Necesito merendar algo leve para ir al gimnasio. Mi rutina es de lunes a viernes, pero ahora me siento animada, así que haré un poco de yoga. Tenemos un gimnasio personal en la azotea del edificio, junto a la piscina.
—¿Hará yoga hoy, señora Alessandra?
—Sí, Claudine. Hoy me siento animada.
—Muy bien, señora.
La empleada conoce mi rutina a la perfección, así que se adelanta para darme un vaso con leche fría, y el recipiente que contiene mis proteínas licuadas. Agarro todo y me voy a mí habitación. Mientras subo voy pidiendo no encontrarme con el insufrible de Gianmarco, aunque muy en el fondo una parte de mí quiere que me vea. Desea que me vea así de hermosa como estoy, solo por pura satisfacción femenina.
Me cambio de ropa, alzo mi cabello en una coleta alta para no arruinarlo —aunque claro está que después de terminar tendré que lavarlo— y después de tomar lo que necesito, salgo de la habitación. Camino por el pasillo hasta llegar a las escaleras que conducen a la azotea, pero cuando estoy subiendo siento algo que me hace fruncir el ceño.
Me ha parecido escuchar una especie de gruñido. Uno exactamente igual al que emite el hombre cuando está recibiendo algún tipo de estímulo s****l. Es obvio que mi mente debe estarme engañando. Alessia nunca ha traído novio a esta casa. Ni siquiera sé si lo tiene. Y el imbécil de Gianmarco no puede tomarse tal atrevimiento.
¡No puede!
Ya a unos pasos de la cima, antes de salir completamente, me detengo. Quedo paralizada por un instante ante la imagen que ven mis ojos, y al reaccionar, doy un paso atrás y me pego de la pared para no ser vista.
¡Esto no puede estar sucediendo!
¡¿No puede estar sucediendo?!
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