Cierro la puerta del auto, bajándome, me inclino en la ventana, enseñándole el pote de helado que conseguimos en una gasolinera. ─Gracias, satán ─me despido, ondeando mi mano para entrar a la casa con prisas. Dejo su rostro en mi espalda, como si alejarme de él se sintiera cada vez más difícil. Un pesar en mi corazón se aprisiona, diciéndome una vez más que no debo de ilusionarme como tonta. Camino despacio, quitándome los zapatos, para dejarlos en una esquina de la puerta. Escucho ruido de la televisión, tomo dos cubiertos para el helado, sentándome al costado de mi padre que se sobresalta por mi presencia tan pronta. Destapo el delicioso dulce cremoso, entregándole un cubierto. ─¿Sucede algo, hijita? ─Pregunta, hace tiempo mi madre cuando me sentía mal, me traía helado, para pode

