Las semanas que siguieron después de lanzar el hechizo espejo fueron inesperadamente tranquilas. Hades, atrapado por la magia, no había dado señales de vida, y Adam y yo habíamos comenzado a vivir una vida que nunca pensé que tendría. Sin el constante miedo de ser encontrados, nos sumergimos en algo que se sentía como un sueño; un estado de felicidad, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir. Todas las mañanas, me despertaba antes que Adam. Solía observarlo mientras dormía, la paz en su rostro contrastaba con la tormenta que había en mi interior. Había aprendido a callar mis demonios mientras él estaba cerca. En esos momentos, la culpa y las mentiras que cargaba parecían desvanecerse, aunque solo fuera temporalmente. Me hacía sentir como si fuera otra persona, alguien mejor.

