Capítulo 2
El trayecto en el ascensor privado hasta el sótano del edificio transcurrió en un silencio tenso, interrumpido únicamente por el zumbido constante del motor y el leve chasquido de los engranajes. Mateo se mantenía firme a mi lado, sosteniéndome suavemente del codo para evitar que perdiera el equilibrio cada vez que la cabina reducía la velocidad. Su toque era seguro, cálido y extrañamente cuidadoso, algo que chocaba de frente con la imagen del hombre frío e implacable que acababa de ver gritando por teléfono unos minutos atrás en su despacho.
Yo apenas me atrevía a respirar. Miraba fijamente los números dorados que descendían en la pantalla digital del ascensor, sintiendo el calor de su mano atravesar la tela delgada de mi blusa. Mi rodilla continuaba latente, enviándome pequeñas puntadas de dolor que me obligaban a apoyar casi todo mi peso sobre la pierna izquierda, pero la vergüenza de haber causado semejante despliegue en mi primer día superaba por completo cualquier molestia física.
Las puertas del ascensor se abrieron con un timbre suave en el nivel del estacionamiento subterráneo. El ambiente allí abajo era fresco, silencioso y olía a concreto mojado y a combustible de alta gama. Un grupo de luces fluorescentes iluminaba la fila de vehículos ejecutivos aparcados en las plazas reservadas. Mateo no me soltó el brazo hasta que llegamos frente a un sedán n***o, imponente y de vidrios completamente oscuros.
Sacó las llaves del bolsillo de su pantalón, desactivó la alarma con un pitido seco y abrió la puerta del copiloto.
—Sube —dijo con esa voz grave que parecía retumbar en el espacio cerrado del sótano—. Y ten cuidado con la pierna al acomodarte.
—Gracias, señor Ferrer —murmuré en un hilo de voz.
Me deslicé en el asiento de cuero con la mayor delicadeza posible, recogiendo la falda de mi traje barato y cuidando de no rozar la raspadura contra el marco de la puerta. El interior del vehículo olía a una combinación refinada de tapicería de lujo y al mismo perfume de madera de cedro que Mateo llevaba puesto. Él rodeó el capó a pasos largos, abrió la puerta del conductor y se acomodó al volante con una fluidez natural.
Encendió el motor, que respondió con un rugido grave y bajo, y colocó la palanca de cambios en marcha. El coche avanzó con una suavidad increíble hacia la rampa de salida. En cuanto cruzamos las barreras de seguridad y salimos a la calle, el ruido de la ciudad nos envolvió de golpe: el tráfico pesado de las dos de la tarde, los limpiaparabrisas barriendo el agua del parabrisas y la lluvia constante que caía sobre el asfalto transformando los neones de los edificios en halos de luz distorsionados.
Mantuve las manos entrelazadas sobre el regazo, apretando la correa sintética de mi bolso con una mezcla de nerviosismo y confusión. De vez en cuando, me atrevía a mirarlo de reojo. Mateo sujetaba el volante con ambas manos; sus nudillos se marcaban levemente por la presión y tenía la vista fija en la avenida. Tenía la mandíbula apretada, como si en su cabeza estuviera librando una batalla simultánea contra diez problemas diferentes.
El silencio dentro del habitáculo era tan denso que sentía que cualquier movimiento mío rompería la fragilidad del momento. Sin embargo, la curiosidad y la necesidad de saber qué esperaba de mí terminaron por vencer mi timidez.
—¿Señor Ferrer? —hablé en un murmullo, ajustándome el marco de las gafas sobre la nariz con un dedo tembloroso.
Mateo no desvió los ojos de la carretera, pero inclinó ligeramente la cabeza en mi dirección, indicándome que me escuchaba.
—¿Sí?
—¿Usted... suele invitar a sus asistentes a cenar en su primer día de trabajo? —pregunté, esforzándome por sonar natural, con la torpeza e inocencia que correspondían a alguien que acaba de cometer el peor inicio laboral de su vida.
El borde de sus labios se curvó en una leve mueca, el único destello de humor que le había visto desde que crucé la puerta de su oficina.
—Mis asistentes anteriores no solían llegar sangrando a la alfombra de la recepción, Valeria —respondió con un tono pausado pero firme—. Tampoco solían descubrir inconsistencias en un informe financiero de la junta directiva antes de cumplir cuatro horas en el puesto. Considera esto una excepción a las reglas de la empresa. Además, necesitas comer algo y ponerte hielo en esa rodilla, y yo necesito un lugar tranquilo para pensar sin que el citófono suene cada tres minutos.
Me ruboricé de inmediato y bajé la mirada hacia mis manos.
—Lo de los sellos fue solo casualidad, señor. Le juro que en mi anterior trabajo nos exigían revisar hasta el más mínimo detalle de las facturas. Cuando uno ve miles de papeles al mes, las fechas manipuladas saltan a la vista.
—No existen las casualidades en el piso cuarenta y dos —sentenció Mateo, cambiando de carril con destreza entre dos autobuses—. Existen las personas observadoras y las personas mediocres. Tú acabas de demostrar que perteneces al primer grupo, a pesar de tu evidente falta de agilidad para caminar sobre la acera.
El comentario me sacó una pequeña sonrisa involuntaria, aunque apresuré a ocultarla tras la palma de mi mano.
El trayecto duró unos veinte minutos a través de las calles congestionadas del centro financiero. Mateo manejó en silencio la mayor parte del tiempo, hasta que giró a la derecha por un pasaje arbolado y tranquilo, alejado del bullicio de las avenidas principales. El auto se detuvo suavemente frente a un restaurante discreto, de fachada de piedra oscura y ventanales iluminados con una luz cálida y acogedora. Un empleado con paraguas se acercó de inmediato a abrir la puerta de Mateo, mientras él bajaba rápidamente para rodear el coche y abrir la mía.
—Apóyate en mí —dijo, extendiéndome el brazo antes de que intentara poner el pie en el suelo.
Acepté su ayuda sin dudarlo. El dolor en la rodilla había comenzado a ponerse rígido por haber estado sentada en la misma posición, así que el apoyo de su brazo fue una bendición. Caminamos a paso lento cruzando el umbral del establecimiento.
El interior del restaurante era refinado y silencioso. Mesas de madera noble bastante separadas entre sí, manteles pulcros y el murmullo bajo de pocas personas conversando al fondo. El encargado del lugar, un hombre mayor de traje impecable, reconoció a Mateo de inmediato y se acercó con una inclinación respetuosa.
—Buenas tardes, señor Ferrer. Qué gusto tenerlo por aquí a esta hora. ¿Le preparo su mesa habitual?
—Buenas tardes, René —respondió Mateo con cortesía—. Sí, por favor. Necesitamos una mesa tranquila en la parte posterior. Y René... trae un paño limpio con suficiente hielo envuelto. Mi asistente tuvo un percance en la calle.
—Entendido de inmediato, señor. Por aquí, por favor.
Nos guiaron hasta un reservado al fondo del local, protegido por un biombo de madera y cristal opaco que nos otorgaba absoluta privacidad. Mateo me ayudó a acomodarme en el sillón de cuero y luego se sentó frente a mí, quitándose el saco oscuro para colgarlo en el respaldo de su silla. Se desabotonó el primer botón de la camisa y se pasó una mano por el cabello n***o, soltando una exhalación profunda que denotaba el enorme peso que llevaba sobre los hombros.
El mesero regresó en menos de dos minutos trayendo una pequeña bandeja metálica con un paño blanco doblado, dentro del cual se adivinaba la forma de varios cubos de hielo. Lo dejó sobre la mesa junto a dos jarras de agua y la carta del menú.
—Déjalo aquí, gracias —dijo Mateo, tomando el paño congelado.
Se inclinó ligeramente por debajo del borde de la mesa y me extendió el paquete de hielo con la mano.
—Póntelo sobre la herida ahora mismo. Si dejas que se enfríe el músculo sin tratar la inflamación, mañana no vas a poder ni doblar la pierna.
—Muchas gracias, señor Ferrer —dije, tomando el hielo. Acomodé el paño sobre la zona dolorida por encima de la tela de mi falda. El ardor helado me hizo contener la respiración durante un segundo y apretar los dientes, pero al cabo de unos momentos la punzada empezó a adormecerse poco a poco—. De verdad... no tenía que molestarse tanto por mí.
Mateo me miró fijamente a los ojos desde el otro lado de la mesa. Sus ojos grises, que en la oficina parecían dos láminas de acero, lucían ahora un poco más suaves bajo la iluminación cálida del restaurante.
—No es una molestia, Valeria —dijo en voz baja, tomando su vaso de agua para dar un sorbo—. Es una inversión. Mañana a las ocho de la mañana tengo una reunión crucial con el equipo legal de la empresa. Necesito que estés a mi lado, despierta, con la cabeza fría y sin que te estés desmayando del dolor. La junta directiva del viernes va a ser una masacre y no puedo permitirme el lujo de tener a mi asistente fuera de juego.
Guardé silencio durante unos segundos, asimilando sus palabras mientras mantenía la compresa helada sobre la pierna. El contraste entre la frialdad de su discurso y el detalle de haberme traído a un lugar cómodo a cuidar de mi salud me dejaba descolocada.
—Entiendo la importancia de la reunión, señor —respondí con sinceridad, mirando el mantel—. Le prometo que daré lo mejor de mí. No me gusta ser una carga para nadie, y menos en mi primer día.
El mesero regresó para tomar nuestra orden. Mateo pidió una copa de vino tinto para él y platos sencillos para ambos: filete de pescado a la plancha con verduras al vapor para mí y un corte de carne para él. En cuanto el empleado se retiró, la conversación volvió a pausarse.
Mateo apoyó los codos sobre la mesa, entrelazó sus dedos largos frente a su mentón y me observó durante un rato largo, como si estuviera descifrando un rompecabezas complejo.
—Hablemos de ti —dijo de pronto, rompiendo el hielo—. Tu expediente en Recursos Humanos es bastante peculiar. Tienes un título universitario de una facultad nocturna, excelentes calificaciones, pero tus empleos anteriores han sido en despachos muy pequeños, casi desconocidos. ¿Por qué postularte al Grupo Ferrer? Este lugar destruye a la gente en cuestión de meses. La presión es absurda.
Tragué saliva, sintiendo que la garganta se me secaba un poco. Me acomodé las gafas con lentitud, buscando las palabras exactas para sonar convincente.
—Porque necesitaba el trabajo, señor Ferrer —admití con honestidad simple, mirándolo directo a los ojos—. Mi madre vive en un pueblo pequeño y sus medicamentos son costosos. En los despachos pequeños el sueldo apenas alcanzaba para pagar el alquiler de mi habitación y enviarle algo a ella al final del mes. Cuando vi la convocatoria para el puesto de asistente en el piso cuarenta y dos, supe que el nivel de exigencia sería enorme, pero el salario me permite darle la estabilidad que mi familia necesita. No me asusta trabajar doce o catorce horas seguidas si eso significa conservar este puesto.
Mateo me escuchó sin interrumpirme. Su expresión no cambió drásticamente, pero la rigidez de sus hombros pareció ceder un poco. Bajó las manos a la mesa y asintió levemente con la cabeza.
—La lealtad por necesidad suele ser la más honesta —comentó en un murmullo que pareció más para sí mismo que para mí—. La gente en esta empresa trabaja por vanidad, por poder o por codicia. Ninguno de esos motivos sirve cuando las cosas se ponen difíciles.
—¿A qué se refiere, señor? —pregunté con cautela, retirando un momento el hielo de mi pierna para ajustar la posición.
Mateo miró hacia la copa de vino que el mesero acababa de servir frente a él. Tomó el cristal por el tallo y le dio un giro suave, haciendo bailar el líquido oscuro.
—A que la empresa está dividida, Valeria —confesó con amargura—. El informe que revisaste esta tarde no fue un error administrativo de un contador distraído. Fue un ataque directo. Alguien dentro de la administración cambió las fechas y falsificó los sellos para que la junta auditora crea que yo autoricé el desvío de fondos a cuentas congeladas. Si esa prueba llegaba limpia a la reunión del viernes, la junta tenía la excusa legal perfecta para destituirme de la presidencia y nombrar a un sucesor.
—¿Y el señor Julián Ferrer? —mencioné el nombre con vacilación, recordando los gritos que le había escuchado dar por teléfono en la mañana—. La señora Gutiérrez dijo que él estaba abajo en la recepción intentando subir...
La cara de Mateo se endureció al instante. Un brillo peligroso cruzó por sus ojos grises.
—Julián es mi hermano —dijo con un tono seco y carente de cualquier afecto—. O al menos lleva el mismo apellido. Lleva tres años intentando convencer a los accionistas principales de que mi gestión es demasiado agresiva, que estoy llevando al grupo a la ruina. Cree que el puesto de presidente le pertenece por derecho de nacimiento, a pesar de que no ha firmado un solo contrato exitoso en su vida. Él es quien está detrás de la presión en la junta.
Me quedé helada en mi asiento. La dimensión de los problemas de la empresa era infinitamente mayor de lo que había imaginado cuando envié mi currículum por internet. Me sentía una hormiga en medio de un combate entre gigantes corporativos.
—Debe ser horrible... —se me escapó en un susurro sin pensar—. No poder confiar en nadie en su propia empresa, ni siquiera en su propia familia.
Mateo alzó la vista y me miró detenidamente. Por un segundo, la frialdad de su rostro pareció agrietarse, dejando al descubierto el cansancio acumulado de un hombre que llevaba meses durmiendo pocas horas y defendiéndose de traiciones por todos lados.
—Es el precio de estar arriba, Valeria —respondió, tomando un sorbo de vino—. En el piso cuarenta y dos no hay amigos. Hay aliados temporales y enemigos a la espera de un descuido. Por eso me sorprendió tanto que notaras lo de los sellos. Los contadores principales cobraron una fortuna por revisar ese archivo y aseguraron que todo estaba limpio. O son unos incompetentes absolutos, o alguien les pagó para que no vieran nada.
—Pues me alegra mucho haber estado allí para verlo —dije con una sonrisa tímida pero firme—. Aunque mi entrada haya sido un desastre completo.
Mateo dejó escapar una pequeña risa corta, grave y rasposa, que transformó por completo su rostro. Por un instante, la tensión desapareció y pareció un hombre mucho más joven y accesible.
—Aún no me explico cómo lograste volar por los aires en la acera y terminar con el zapato en la alcantarilla —dijo, negando con la cabeza—. Debió ser un espectáculo impresionante.
—¡Señor Ferrer, por favor! —protesté, sintiendo que las mejillas me ardían de la vergüenza mientras me cubría la cara con ambas manos—. Fue horrible. Escuché el chasquido y cuando me di cuenta ya estaba impactando contra el suelo. Creí que me había roto la cara. Y para colmo, la gente pasaba a mi alrededor como si fuera invisible.
—La gente de esta ciudad solo mira hacia adelante cuando va a trabajar —comentó él con tono sereno—. Pero bueno, tuviste la suerte de que el piso de mi oficina tuviera una alfombra gruesa para amortiguar tu segundo colapso del día.
—Prometo que no volverá a repetirse —aseguré, alzando la mano derecha en señal de juramento infantil—. Mañana vendré con los zapatos planos nuevos que me compró y me fijaré en cada baldosa del camino.
—Eso espero —dijo Mateo, aunque su tono era divertido—. Porque no pienso comprarte un par de zapatos nuevo cada vez que decidas pelearte contra la arquitectura de la ciudad.
El mesero trajo la comida y la conversación se volvió más ligera durante la siguiente media hora. Mateo me preguntó sobre mis estudios, sobre el pueblo donde vivía mi madre y sobre mis impresiones de la ciudad. Le respondí con sencillez, manteniéndome humilde y mostrándome agradecida por la oportunidad que me estaba dando. A pesar de su carácter imponente, descubrí que Mateo era un hombre sumamente educado, observador y con una lucidez mental envidiable para analizar los problemas.
Cuando terminamos de cenar, eran pasadas las siete y media de la noche. La lluvia en el exterior había disminuido a una llovizna fina y persistente. Mateo pidió la cuenta, pagó con su tarjeta de crédito y se puso el saco de nuevo.
Me retiré el paquete de hielo de la pierna. Para mi gran sorpresa, la inflamación alrededor de la raspadura había bajado considerablemente y el dolor punzante se había transformado en un leve ardor perfectamente soportable. Me puse de pie despacio y descubrí que podía apoyar la planta del pie derecho con mucha más firmeza.
—¿Mucho mejor? —preguntó Mateo, observando mis pasos mientras salíamos del restaurante.
—Muchísimo mejor, señor. De verdad, muchas gracias. El hielo hizo milagros.
Caminamos hacia el auto. Esta vez no necesité apoyarme con tanto peso en su brazo, aunque él se mantuvo muy cerca de mí por si acaso perdía el equilibrio. Nos subimos al vehículo y Mateo encendió el motor.
—¿Dónde vives, Valeria? Te llevaré a tu casa.
—¡Ay, no, señor Ferrer! —me apresuré a decir, moviendo las manos con pánico—. No se preocupe, por favor. Puede dejarme en la estación de tren más cercana. Desde ahí puedo tomar el metro y llego en veinte minutos. No quiero quitarle más tiempo.
Mateo me miró de reojo mientras sacaba el coche del estacionamiento del restaurante.
—Son las ocho de la noche, está lloviendo y apenas puedes caminar sin cojear —dijo en un tono que no admitía discusiones—. No voy a dejar a mi asistente en una estación de metro a esta hora. Dame tu dirección.
Dudé un segundo, pero al ver la firmeza de su mirada, le di el nombre de la calle y el barrio modesto donde alquilaba mi pequeño departamento. Mateo ingresó los datos en el GPS del auto y tomó la ruta principal.
El viaje de regreso fue tranquilo. La música instrumental que sonaba suavemente por los altavoces del coche creaba un ambiente relajante que me hacía pesar los párpados. Estaba exhausta. Entre el susto de la mañana, la caminata cojeando, la tensión de la oficina y el desgaste emocional de mi primer día, mi cuerpo pedía a gritos una cama.
Veinte minutos después, el auto se detuvo frente al edificio antiguo de fachada desgastada donde vivía. Las luces de la calle se reflejaban en los charcos de la acera.
Me giré hacia Mateo, tomando mi bolso y ajustando el marco de mis gafas.
—Señor Ferrer... de verdad, no tengo palabras para agradecerle todo lo que hizo por mí hoy —dije con voz suave y sincera—. Por los zapatos, por el botiquín, por la cena y por traerme hasta acá. Le juro que mañana a las ocho en punto estaré en mi escritorio, lista para la reunión con el equipo legal.
Mateo me miró fijamente a los ojos durante unos segundos que se sintieron eternos. Había algo en su mirada, una mezcla de consideración y respeto silencioso, que me hizo dar un vuelco en el corazón.
—Gracias a ti por los sellos, Valeria —respondió con voz firme—. Descansa. Mañana la verdadera batalla comienza temprano.
—Buenas noches, señor Ferrer.
—Buenas noches.
Bajé del auto con cuidado, apoyando bien los pies sobre el pavimento mojado. Esperé en la acera a que el gran sedán n***o diera la vuelta en la esquina y sus luces rojas se perdieran en la oscuridad de la noche antes de girarme hacia la entrada de mi edificio.
Subí las escaleras de concreto hasta el cuarto piso a paso lento pero constante. La pierna me molestaba un poco, pero ya no dolía como en la mañana. Al llegar al apartamento 4B, saqué las llaves de mi bolso, abrí la cerradura y me deslicé al interior.
El lugar estaba en penumbra y en completo silencio. Era un espacio pequeño: una cocina pequeña, una mesa de madera gastada, un sofá sencillo y una cama individual junto a la ventana que daba a los patios traseros. Encendí la lámpara de pie, dejando que una luz dorada y tenue secara la frialdad del ambiente.
Dejé el bolso sobre la mesa y me quité las baletas planas que Mateo me había comprado. Me acerqué al pequeño espejo del pasillo y me miré fijamente. Tenía el rostro cansado, las ojeras marcadas y el cabello un poco revuelto, pero en mis ojos había un brillo nuevo.
Fui al baño, me desvestí y examiné la herida de la rodilla. La raspadura estaba limpia gracias a los cuidados de la tarde y el hielo había evitado que se formara un hematoma grande. Lavé la zona con agua tibia y jabón neutro, apliqué una capa delgada de crema antiséptica y me puse una curita limpia.
Me puse un pantalón de algodón cómodo y una camiseta ancha. Caminé hacia la cocina, me serví un vaso grande de agua fría y me tomé un analgésico suave para prevenir cualquier malestar durante la noche.
Luego, tomé la libreta de notas que usaba para mis gastos diarios y me senté a la mesa. Anoté los detalles que Mateo me había comentado durante la cena: el nombre de su hermano Julián, la reunión preparatoria de las ocho de la mañana con el equipo legal y la importancia crucial de la junta directiva del viernes. Eran los datos clave que necesitaba tener presentes para no cometer ningún error en mis tareas de asistencia y estar a la altura de la confianza que él me había depositado.
Apagué la luz principal y me metí en la cama. La lluvia continuaba golpeando con un ritmo suave contra el cristal de la ventana.
Cerré los ojos, sintiendo cómo el cansancio finalmente me vencía. Mientras me quedaba dormida, la imagen de la mirada de Mateo Ferrer en el restaurante —cansada, firme, pero buscando desesperadamente a alguien en quien apoyarse en medio del caos de su empresa— se quedó flotando en mi mente, haciéndome prometer a mí misma que al día siguiente no le fallaría.