Capítulo 9

1684 Palabras
Capítulo 9 ​El viernes llegó cargado de una expectativa distinta, una que no tenía nada que ver con informes alterados, juntas amenazantes ni llamadas a altas horas de la noche. Por primera vez en mucho tiempo, la Torre Ferrer respiraba una calma bien ganada. Las firmas de los nuevos contratos de auditoría habían quedado listas desde el mediodía y el piso cuarenta y dos funcionaba con una precisión impecable. ​Cerca de las cuatro de la tarde, Mateo entró a mi oficina de cristal. Traía las manos en los bolsillos del pantalón y una expresión relajada que transformaba por completo sus rasgos. ​—Directora Valeria, es hora de cerrar los archivos por hoy —dijo con esa sonrisa franca que reservaba para nosotros. ​—Todavía me quedan un par de folios por clasificar, Señor Presidente —respondí, ajustándome las gafas con fingida seriedad. ​—Los folios pueden esperar hasta el lunes —corregió él, acercándose a mi escritorio para cerrar la carpeta que yo tenía abierta frente a mí—. El auto nos espera abajo. La casa en la costa está a tres horas de viaje y no quiero que nos tome el tráfico de la noche. ​Sentí una chispa de entusiasmo cosquilleándome en el estómago. Guardé mi bolígrafo en el estuche, apagué la pantalla del ordenador y tomé el bolso pequeño que había preparado por la mañana. ​Descendimos en el ascensor privado y cruzamos el estacionamiento subterráneo. El chofer de Mateo nos aguardaba junto a un todoterreno n***o de cristales oscuros, perfecto para el viaje por carretera. Mateo se encargó de colocar mi equipaje en el maletero, me abrió la puerta con la caballerosidad de siempre y se acomodó a mi lado. ​Dejamos atrás los imponentes rascacielos de cristal y el rugido interminable de la metrópoli. A medida que el vehículo avanzaba por la autopista del litoral, el paisaje de concreto fue cediendo el paso a colinas verdes, palmeras altas y una brisa cálida que se filtraba por las rejillas de ventilación. ​Durante el trayecto, Mateo apoyó el brazo en el respaldo de mi asiento y dejamos que la conversación fluyera sin prisas. Hablamos de cosas sencillas: de la música que sonaba suavemente en la radio del auto, de los veranos de su infancia y de lo extraño que se sentía estar alejados del bullicio de la presidencia. ​—Hacía más de tres años que no visitaba la casa del mar —confesó Mateo, mirándome a los ojos mientras el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos dorados y violetas—. Antes, siempre encontraba una excusa para cancelar los viajes. Un problema en la junta, un contrato por firmar... la empresa se había convertido en mi única realidad. ​—A veces es fácil dejarse envolver por las obligaciones y olvidar que hay un mundo entero allá afuera —dije en un murmullo suave, buscando su mano para entrelazar mis dedos con los suyos. ​—Así es —asintió él, apretando mi mano con calidez—. Pero contigo es diferente, Valeria. A tu lado, por primera vez en mi vida, siento que quiero detenerme y disfrutar del paisaje. ​El coche tomó un camino privado de arena y piedra flanqueado por cocoteros. Al final del sendero se erguía una hermosa propiedad de dos plantas de arquitectura mediterránea, con muros blancos, grandes ventanales de madera y una terraza amplia que daba directamente a una playa privada de arena clara. El sonido rítmico y constante de las olas rompiendo en la orilla llenaba todo el ambiente. ​El chofer dejó nuestras maletas en el recibidor y se retiró a la casa de huéspedes al fondo del terreno, dejándonos en completa privacidad. ​—Bienvenida a mi refugio —dijo Mateo, encendiendo las luces tenues del gran salón. ​El lugar era cálido, decorado con muebles de mimbre, telas claras y una vista espectacular del océano envuelto en la penumbra de la noche. Las grandes puertas de cristal de la terraza estaban abiertas de par en par, permitiendo que la brisa marina y el olor a sal invadieran cada rincón. ​—Es maravilloso, Mateo —dije, acercándome al ventanal para contemplar la inmensidad del agua a oscuras—. Se respira una paz increíble. ​Mateo caminó hacia mí y se detuvo justo a mi espalda. Sentí el calor de su cuerpo y el suave roce de sus manos acomodándose en mi cintura de forma dulce y protectora. Se inclinó ligeramente y apoyó su barbilla cerca de mi hombro. ​—Esta paz te la debo a ti —susurró cerca de mi oído, haciéndome estremecer—. Si no hubieras llegado a mi vida para ponerme el mundo de cabeza, yo seguiría encerrado en mi despacho rodeado de sombras. ​Me giré despacio entre sus brazos para quedar frente a él. Le quité las manos de la cintura para colocarlas sobre su pecho, sintiendo el latido firme y tranquilo de su corazón. Miré sus ojos grises, reflejando la luz tenue del salón, y me invadió una ola de gratitud tan grande que me dejó sin aliento. ​—Tú me diste una oportunidad cuando nadie más creía en mí —respondí con absoluta sinceridad—. Me diste tu confianza, tu respeto y tu cariño. Estar aquí contigo es lo mejor que me ha pasado. ​Mateo acunó mi rostro entre sus manos. Sus dedos rozaron mis mejillas con una ternura conmovedora. Se inclinó despacio y buscó mis labios en un beso profundo, dulce y pausado que parecía detener el tiempo. No había prisa, no había agendas ni preocupaciones; solo el sonido del mar y la certeza de una conexión verdadera que se fortalecía con cada segundo. ​Cuando nos separamos, nos sonreímos en silencio. Mateo me tomó de la mano y caminamos hacia la cocina para preparar algo sencillo de cenar. ​Aquella noche cocinamos juntos entre risas y pequeñas bromas. Yo me encargué de cortar los vegetales mientras Mateo preparaba una pasta fresca y servía dos copas de vino blanco. Ver al gran CEO de Grupo Ferrer manejando la sartén con la misma dedicación que ponía en sus negocios me resultó adorable. ​Cenamos en la mesa de la terraza, bajo un cielo estrellado y con la suave luz de las velas iluminando el espacio. Hablamos durante horas, sin abordar en ningún momento temas de trabajo. Me contó historias divertidas de sus viajes de juventud y yo le conté los cuentos que mi madre solía relatarme cuando era niña en el pueblo. ​Al cabo de un rato, nos pusimos de pie y bajamos los pequeños peldaños de madera que conducían directamente a la playa. ​Me quité los zapatos planos para sentir la arena fresca bajo mis pies. Mateo se quitó los suyos, se arremangó los pantalones y me tomó de la mano para caminar por la orilla. El agua tibia del mar rozaba la punta de nuestros pies mientras caminábamos bajo la luz de la luna. ​—A veces me cuesta creer que esto es real —dije, mirando el reflejo de la luna sobre las olas. ​—Es tan real como nosotros, Valeria —respondió Mateo, deteniendo nuestro paso. Se giró hacia mí y me miró con una devoción transparente—. Cuando regresemos a la ciudad, la rutina volverá a ser exigente. Habrá nuevas metas, reuniones y compromisos... pero quiero que sepas que nada de eso va a cambiar lo que siento por ti. Para mí, tú no eres solo la Directora de Auditoría. Eres la mujer que le devolvió la luz a mi vida. ​El corazón me dio un vuelco en el pecho. Me acerqué a él, me empiné sobre las puntas de mis pies y lo abracé por el cuello con todas mis fuerzas, escondiendo el rostro en el hueco de su hombro. Él me rodeó la espalda con firmeza, sosteniéndome contra su cuerpo con un abrazo protector que me hizo sentir infinitamente amada. ​—Yo también te quiero, Mateo —murmuré contra su piel—. Más de lo que imaginas. ​Nos quedamos en la playa un rato largo, escuchando el murmullo de las olas y disfrutando de la compañía del otro en una complicidad perfecta. ​Cerca de la medianoche, regresamos a la casa. Subimos al piso superior, donde las habitaciones tenían balcones que daban directamente al mar. Mateo me acompañó hasta la puerta de mi estancia, llevando mi bolso con delicadeza. ​—Descansa, Valeria —dijo con voz suave, dándome un beso tierno en los labios—. Mañana quiero mostrarte un acantilado cerca de aquí donde el amanecer es increíble. ​—Descansa tú también, Mateo. Nos vemos en la mañana —respondí con una sonrisa ilusionada. ​Entré a la habitación, cerré la puerta y encendí la lámpara de noche. El espacio era amplio, con una cama grande vestida de lino blanco y cortinas ligeras que se movían suavemente con la brisa de la ventana abierta. ​Me cambié por mi ropa de dormir más cómoda, me lavé la cara y me deshice el moño del cabello, dejando que me cayera sobre los hombros. Me acerqué al balcón y me apoyé en el barandal de madera a contemplar el horizonte iluminado por las estrellas. ​Sentía una paz profunda en el pecho. La vida en el pueblo, las dificultades económicas de mi madre, la angustia del primer día de trabajo al tropezarme en la acera... todo parecía haber cobrado sentido para conducirme hasta este momento de plenitud. Tenía un futuro profesional brillante, el respeto de una corporación entera y, sobre todo, el amor genuino de un hombre maravilloso que me cuidaba con el alma. ​Me metí en la cama, cobijándome con las sábanas frescas. Escuchando el susurro relajante del mar rompiendo en la orilla y sintiendo la brisa cálida colarse por la ventana, cerré los ojos con una sonrisa de absoluta felicidad, lista para despertar al día siguiente y continuar viviendo este hermoso sueño hecho realidad.
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