Ricardo.* Detuve el auto frente a la gran casa, miré a mi abogado, quien es un hombre ya mayor, bueno, al menos más que yo. — ¿Estás seguro de esto?, Ya tienes suficientes enemigos por todo lo que haz hecho en los juicios. — Dijo haciendo una mueca. Me quedé en silencio, contemplado la casa, verdaderamente tengo que hacerlo, por el bienestar de los tres, sobretodo el de Magaly y Alexander, quiénes no tienen la culpa de haberse topado con un loco que parece sacado de ficción. No dije nada, solo bajé del auto, lo hizo junto a mí, en lo que carga dos maletines negros, los cuáles contienen más dinero del que algún día llegue a imaginar. Fui a la puerta, toqué el timbre, esperando a que abrieran, lo cual paso, dejando ver a una mujer, quizás de unos cuarenta y tantos años. — Buenas tardes

