Ally (5 años atrás)
Era increíble. De todas los lugares a los que había podido ir, a mis padres se les había ocurrido enviarme a este lugar, que si bien no era malo, el que Jonathan White estuviera aquí, lo jodía todo.
Pero no, ni siquiera había sido decisión de mis padres, sino más bien de mi hermano Andrew, quien era el que tomaba todas las decisiones, solo por el simple hecho de manejar todo el imperio Daigle.
Lo amaba, pero en ocasiones deseaba que quien tomara las decisiones fuera mi otro hermano, Dave. Dave era más relajado, tranquilo y despreocupado.
Como sea, estaba ahí, al lado del sujeto más insoportable del mundo, quien aparte de fastidioso, se creía el mejor.
Dudaba que eso fuera cierto. No obstante, cuando la profesora nos pidió formar grupos para hacer unos marcos de madera, todos quisieron ser sus compañeros.
—No, su compañero será el que esté a su lado.
Entonces John hizo algo que me dejó sorprendida, pero para mal. Se levantó, tomó su bolsón y sus gráficos y salió del salón sin siquiera pedir permiso.
Nadie, ni siquiera la profesora dijo algo, pero cuando yo traté de hacer lo mismo amenazó con reprobar mi nota.
Era un White. Claro que podía hacer lo que quisiera.
Fui a casa de Andrew después de clases, pero para mi sorpresa no estaba solo. Una bella chica estaba acostada a su lado, estaban abrazados y profundamente dormidos. Él la sostenía entre sus brazos con una mano en su cadera, y ella tenía su nariz metida en el cuello de mi hermano, una mano debajo de su camisa y una pierna metida entre las de Andrew.
Sonreí viendo tal escena y por accidente moví el perchero de la entrada, despertando a mi hermano.
Se intentó levantar, pero fue sujetado por la chica, quien parecía garrapata pegada a él. No la culpaba, Andrew tenía ese efecto en las mujeres.
—Esperame afuera, ya salgo —masculló bajito para no despertarla, acariciando su cabello con una mano y sus piernas con la otra. —Danna…
—Hágame un hijo, jefe…
Mi hermano carraspeó, me miró con un ligero rubor en sus ojos y al verme reír me echó de su cuarto.
Sí, ese era el efecto Daigle.
Luego de esa pequeña escena, Andrew me dejó mi mesada, salió de casa a la empresa y me pidió de favor cuidar a su novia. Bueno, no dijo que era su novia, pero sería bueno si lo fuera, su verdadera novia era una víbora.
Despertó como a las tres de la tarde, salió corriendo al ver la hora y después de eso me volví a quedar sola. Mientras me echaba una maratón de Glee y comía palomitas, mi teléfono sonó. Era una de mis ex compañeras, avisando que tendría una fiesta en su casa, y la verdad no me pareció mala idea.
Me vestí con algo ligero, un vestido de color n***o pegado a la cintura, bastante corto, debo decir, y escotado. Me coloqué unos converse blancos y dejé mi cabello suelto, y una vez lista, llamé un taxi y salí del edificio.
Me tardé casi una hora en llegar a la casa de Sabrina, mi compañera, quien al verme sonrió, explotó su chicle y me invitó a pasar.
—Creí que no vendrías. Con eso de que tu viejo te sacó del colegio para llevarte a un lugar lejos de las malas compañías.
—Ah, no… En realidad el de la idea fue mi hermano, Andrew.
—Ah. Bueno, estás en casa, así que haz lo que quieras. Escuché que Rupert te está esperando en una de las habitaciones. Yo iré a recibir a los demás invitados, Cardi vendrá con su novio y algunos amigos. Ve con Rupert.
—De acuerdo…
Rupert era mi novio, pero las cosas no iban muy bien entre él y yo. No me sentía lista para estar con él, y él no lo entendía.
Asentí con algo de timidez, subí las escaleras directo al cuarto, esquivando a todos los chicos que estaban amontonados en las escaleras. Pronto me di cuenta de que no sabía en cuál de las habitaciones estaba y tuve que abrir una a una en el pasillo, encontrando escenas no tan gratas o cómodas para mis ojos. Al llegar a la habitación de Sabrina, lo encontré. Estaba recostado sobre la cama, estaba fumando un par de morros y a la vez estaba bebiendo cerveza. Al mirarme sonrió con lujuria, me exploró de pies a cabeza y se levantó, dejándome encerrada en la habitación con él.
No estaba cómoda, nada nada cómoda, pero tampoco quería pensar mal.
—Viniste. —Sonrió, pegando su cuerpo al mío.
Tuve que hacer un gran esfuerzo para no vomitar, al sentir su aliento apestoso con alcohol y cigarrillos. Hice una mueca y lo traté de alejar.
—¿Para qué me estabas esperando?.
—¿Tú que crees, cariño? ¿Para qué querría que vinieras a una habitación, sola? ¿A ver la cama?.
Fruncí mi ceño y negué, empujando su cuerpo con mis manos en su pecho.
—Ya te dije que no estoy lista para eso, Rupert.
Me volvió a presionar a su cuerpo, me tomó del cabello y me hizo caminar hasta la cama, entre pequeños quejidos de dolor. Estaba ebrio, pero eso no justificaba que fuera un imbécil.
—Ya te esperé demasiada, idiota. ¿Crees que solo por tener dinero, ser la princesita de papá, te voy a tratar como tal? ¡Hay muchas que quisieran estar aquí!.
—¡Entonces llama a una de ellas!
Me sujetó de las manos, me dio un golpe en el rostro y se acomodó a la fuerza sobre mí.
Empecé a sentir el miedo, la impotencia y el arrepentimiento. Rupert había sido la razón por la que me habían cambiado de mi universidad-colegio anterior. Ahora entendía lo realmente estúpida que había sido.
Lloré y le pedí que me dejara, pero él me levantó el vestido a la fuerza y cubrió mi boca. Lo haría, en verdad lo haría y yo no podría escapar.
Necesitaba ayuda… Un milagro, algo… Necesitaba escapar.
—Sabrina me sirvió por un tiempo, Daigle, pero ya te esperé demasiado. Quieras o no vas a ser mía.
Mis lágrimas comenzaron a salir a caudales, mi vista estaba nublada y solo pedía perder el conocimiento para no sentir, para no recordar, para que el dolor no fuera tan grande como lo sería vivir cada segundo de esa pesadilla. Mas sim embargo, cuando lo creí todo perdido, una mano tiró del hombro de Rupert, y en cuestión de segundos la misma mano viajó a su rostro. Lo siguiente pasó muy rápido. Un golpe tras otro resonaron en el rostro del imbécil que me había tratado de abusar, pero yo no reaccionaba. El sujeto que descargaba toda su furia estaba de espalda a mí y Sabrina estaba enfrente tratando de hacer que se detuviera.
—¡Déjalo ya! —gritaba ella desesperada, tratando de apartarlo. —¡Ally, lo va a matar, haz algo!.
No podía, o más bien no quería.
Cambié de opinión cuando mi héroe se levantó para darle un par de patadas en las bolas a Rupert y habló, limpiando de paso, en una barrida de su mano, su boca y su mentón tenso.
—¡No te le vuelvas a acercar, maldita mierda! —le dio un golpe más —¡para que se te quiten las putas ganas de volver a tocar a otra mujer a la fuerza!
Le dio un par de patadas más en las bolas y se dio la vuelta.
Miré sus ojos, luego miré a Rupert tirado en el piso revolcándose del dolor, y al final volví mi mirada al sujeto de cabello n***o y hermosos ojos azules.
Me tomó de la mano y me llevó con él hasta su auto, apartando con su otro brazo a los entrometidos que cubrían las escaleras y la entrada. Atrás de nosotros le gritaba una Cardi muy furiosa, pero él la ignoraba como si no fuera nada. Me subió al lado del copiloto, me sujetó el cinturón y subió tras el volante, arrancando de una con bastante rapidez.
No podía dejar de llorar, no quería que justo él me viera así y tampoco quería ir a casa. Andrew se iría de viaje, así que entre lágrimas le pedí que me llevara al departamento de mi hermano. No obstante, cuando dio media vuelta para irse, un incontrolable temor de que Rupert apareciera y quisiera tomar venganza, me llenó la cabeza, por lo que le pedí que se quedara.
—Olvídalo. Y la próxima vez no te metas en una habitación sola con un imbécil, que además de idiota y patán, es un alcohólico y un abusador.
—Por favor —le pedí en un hilo de voz. Esta sería la etapa más débil que le dejaría ver de mí.
John resopló, entró en el departamento a regañadientes, viendo todo a su alrededor, y le agradecí por quedarse.
El trato sería que se quedaría en el sofá, pero cuando mi miedo y el frío pudo más, lo llamé a mi habitación.
Frente a frente, sus ojos en los míos y su boca a menos de dos centímetros de los míos, fueron suficientes para que en ese momento supiera, que había nacido una complicidad…
Ally (Actualidad)
¡Mierda! ¡No podía ser él!
¡¿Por qué a mí, destino?! ¡¿No había nadie más a quien joderle la vida?! ¡¿Solo yo?!
¿Qué hacía ahora?
Esos ojos estaban frente a mí de nuevo, pero en ellos ya no veía amor. Había una dolorosa frialdad que no la supera ningún polo del mundo. Sus manos estaban apretadas en un puño y su rostro era inexpresivo. Me miraba y debo decir que no era capaz de sostenerle la mirada. No podía. Por primera vez en 6 años me había vuelto cobarde de nuevo.
Estaba empezando a hiperventilar y todo era su culpa. Culpa de esos brazos con los que aún soñaba, de esos ojos que me dejaban en cero, de ese cuerpo que una vez había sido mío y de esos labios gruesos, frescos y dulces que eran la perfecta combinación para los míos.
Al parecer no tenía escapatoria.
Nos quedamos viendo al menos por unos diez segundos, hasta que un carraspeó llamó nuestra atención.
Era así ahora. Su corazón latiendo lejos del mío. Quizá así debía ser.
Miré con un poco de vergüenza a la chica que lo acompañaba, me forcé a sonreír y le extendí mi mano, sintiendo como su mirada seguía puesta sobre mí. Mi pecho dolía, en mi garganta se había formado un nudo colosal y asfixiante y mis ojos picaban para retener las lágrimas en mis ojos.
Tenía que llamarme al orden. Pronto sería una mujer casada, y él también estaría atado a alguien.
Éramos un par de imposibles.
—Me sentía un poco ansiosa, no sabía si eras tú, pero me alegra de que lo seas. —mencionó la chica de cabello castaño, señalando mis bocetos que yacían sobre la mesa de cristal.
Sonreí y los invité a tomar asiento frente a mí.
No sabía por dónde comenzar, pero no hizo falta mucho esfuerzo, pues en cuestión de segundos la risa seca de John me hizo frenar.
—Supongo que la… Señorita —dijo mordaz —estará ocupada, amor. Quizá debamos buscar a otra persona.
Cobarde —pensé.
Pero tenía razón, yo también quería salir corriendo.
Decir que no me dolió escuchar que le dijera "amor" es decir una mentira, pero tratando de mantener a Patrick en mi cabeza, lo supe sobrellevar.
Negué con la cabeza y miré a la chica. El profesionalismo ante todo.
—Está bien. Moví algunas fechas para ganar tiempo. ¿Saben que quieren para su boda?.
—Yo quiero una decoración minimalista, con toques rayados y luces claras, tonos verdes. ¿Te parece bien, amor?.
—Me parece bien. —la chica sonrió y lo tomó de la corbata para darle un profundo beso.
Sin querer una lágrima escaño de mis ojos y resbaló por mi mejilla, pero fui rápida y la aparté.
¿Por qué no sólo renunciaba y ya? Bueno, no sería profesional si lo hacía y tampoco le daría el gusto a Jonathan White de verme débil de nuevo.
—Yo debo irme, amor. Mi cliente ya debe estar esperando…
—Pero ni siquiera se han presentado correctamente.
Abrí los ojos y negué con rapidez.
Mientras menos interacción tuviera con él, las cosas serían más fáciles. Pero ella no lo podía dejar así.
—Vamos, no podemos empezar con una planeación de una boda, si no se han presentado correctamente.
—nosotros… —comencé —ya nos…
—Soy Jonathan White. —extendió su mano con normalidad.
¿Estaba hablando en serio?
Lo miré sorprendida por un momento y recibí su mano, sintiendo como una fuerte energía eléctrica pasara por mi brazo.
Si quería pretender que éramos desconocidos, por mí estaba bien.
¡Bastante bien! ¡No. Me. Importaba!
—Listo. Vendré por ti, me llamas cuando terminen.
—Puedo tomar un taxi…
—Ya hablamos de eso, bebé. Me llamas ¿sí?.
—De acuerdo, señor White. Al parecer no podré escapar de ti.
John se levantó, le dio un nuevo beso en la boca a su prometida y sin voltear a verme se despidió y se alejó.
Así, solo así. Imponente, desbordando elegancia, agitando corazones y dejándome con miles de dudas.
—Jonh es arquitecto, hace hermosas casas, incluso está construyendo la nuestra en Londres.
Bajé la cabeza y sonreí con desánimo.
Yo le había dicho que no sabía lo que quería, ella lo había apoyado…
Vaya situación ¿no?.
La chica suspiró. —Antes de venir me dijo, que serías la mujer que me haría suya permanentemente. —sonrió y empezó a llorar, pero sin dejar de sonreír. —Hermoso ¿no? Es que él no sabe que nuestro "permanente" durará solo unos meses.
Su sonrisa desapareció. —Se lo diré después de la boda. No quiero sentir que se casa conmigo por la enfermedad.
—Lo lastimarás. —balbuceé. Pero eso ya lo había hecho yo. Por alguna razón no quería que lo hiciera ella.
¿Estaba siendo egoísta?.
—Creo que sí —respondió, como si leyera mi mente. —Pero él es fuerte. Superó la muerte de su primera novia.
—¿Su primera novia?.
—Sí. Antes de irse a Londres tuvo una novia a la que amó mucho, pero murió. Es la otra razón por la que no quiero decírselo.
En ese preciso instante, en el que cierras los ojos y reprimes la furia, porque sabes que si la dejas salir dañará a muchos.
Así me sentí.
¿Yo estaba muerta para él?.
¡Perfecto!
Él también lo estaría para mí.
Una llamada cayó a mi móvil, abrí los ojos y al ver el nombre de mi prometido en el identificador, me disculpé con la chica y respondí.
—Cielo, ¿Puedes venir?. El arquitecto que contraté está por llegar y necesito que vengas. Por favor.
Sí. Yo tenía un prometido… me iba a casar y Jonathan White ya no era nada para mí.
Nada