Epílogo. La vida de Jetzabé era rutinaria, cada día hacía lo mismo sin dar lugar a innovar. Cada mañana se levantaba a las 8:00 AM, preparaba café y la leche de su pequeña Samantha, tomates con huevo y extrañamente ponía la mesa para tres. Alguna vez se caracterizó por su buen apetito, ahora no comía siquiera la mitad de lo que había en su plato. Jueves, viernes y sábado tocaba la guitarra en un pub, además de cantar covers. Asistían muchos turistas por lo que la paga era aceptable y las propinas eran su mejor ganancia. El resto de la semana pasaba encerrada en casa y día por medio llevaba a su hija al parque de juegos que estaba a solo dos cuadras de su modesto departamento. Durante esos cuatro años había intentado entablar una vida social activa, sin embargo no pudo, se sentía tan jodid
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