Capitulo 12

854 Palabras
Isaac Me estaciono fuera de un bar de mala muerte que se encuentra en medio de la desolada carretera y con pasos desganados me encamino a su interior. El recinto no es muy grande, cuenta con poca iluminación y un par de camioneros sentados junto a la barra y uno que otro sujeto sentado en mesas apartadas. Me encamino hasta el final, donde encuentro una mesa bastante apartada y entre penumbras que me espera, me acomodo y hago un ademán con la mano para llamar la atención de la mesera. —Hola precioso, ¿qué vas tomar? — Apoya sus manos sobre la mesa y se inclina hacia delante, dejando ver su pronunciado escote que lamentablemente no tenía nada para enseñar. Lo único visible son sus decenas de pecas que resaltan en su lechosa piel. —Quiero una botella de whisky y un poco de hielo. —Digo sin mirarla a la cara si quiera, no me interesa responder a sus provocaciones, definitivamente no es mi tipo, nadie que no tenga una semejanza a Isabella, me interesa. —¡A la orden, precioso! —Se encamina hacia la barra moviendo exageradamente las caderas, llamando de ese modo la atención del resto de los presentes, ya que con el exagerado movimiento se ven sus nalgas asomarse por el borde de su diminuta falda de jeans. Paciente espero mi pedido, realmente no tengo nada mejor que hacer y es la única forma de liberar un poco todo este peso que llevo sobre los hombros. La mujer regresa, en una bandeja trae lo que he ordenado y sin dejar de coquetear acomoda la botella en el centro de la mesa, a un costado la hielera y finalmente deja frente a mí un cenicero. Se aparta con una sonrisa bastante sugerente y señala el cenicero, dentro había un trozo de papel con exceso de perfume barato y su número de teléfono apuntado. Hago una mueca con mis labios y finjo guardar su número, a lo que ella sonríe mostrando sus blancos dientes para luego dejarme en paz. Comencé a beber y perdí la noción del tiempo, miles de momentos junto a Isabella, se apoderaron de mi mente y la angustia se hacía más fuerte y persistente a cada momento. Supongo que este es el castigo divino por enamorarte de tu propia hermana. Sobrepasamos tanto las leyes divinas como morales, leyes que una sociedad carente de amor estableció. Lagrimas traicioneras resbalan por mis mejillas y ese vacío que me asfixia se vuelve insoportable. He perdido la cuenta de las botellas de whisky que he bebido, ya no logro enfocar la mirada, todo se ha tornado borroso y mi mundo gira violentamente. —Vamos a cerrar, precioso, —la mujer se acerca y posa su huesuda mano sobre mi hombro. Esbozo una sonrisa boba y no logro fijar su rostro, todo gira y mi cuerpo se encuentra adormecido. Ella ríe al ver mi deplorable estado para luego dar palmaditas amistosas en mi hombro. —Ahora me voy —saco con cierta dificultad mi billetera del bolsillo, busco dentro de esta un par de billetes que logren saldar la cuenta y algo de propina para ella. —Aquí tiene, gracias por tan buena atención —dejo el dinero sobre la mesa. —Gracias, muñeco —cuenta los billetes para luego meterlos en el bolsillo de su delantal. —¿Mal de amores? —Pregunta de pronto. —Algo así—, con dificultad me pongo de píe y tengo que sostenerme de la mesa para no caer. —Los hombres tan guapos como tú no deberían de tener mal de amores. — Acaricia mi hombro con un toque de lascivia. —A todos alguna vez nos rompen el corazón, —aparto su mano mientras empiezo a caminar. —Los hombres hermosos también sufrimos de amor. — Sin darle tiempo a replicar, salgo de la cantina y tambaleándome de un lado al otro me encamino a donde estacioné mi auto. Me acomodo en los asientos traseros de mi automóvil, no me siento en condiciones de conducir y el sueño me invade. Me cubro con una frazada que guardo para estos casos y cierro mis ojos. Al menos, conciliando el sueño dejaré de pensar en Isabella. Ha sido un día largo, por demás estresante y honestamente, no deseo pensar en más nada. Poco a poco me desconecto de este hostil mundo, cayendo en un profundo sueño. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ No sé cuánto tiempo ha transcurrido, pero el sol pega de lleno en mi rostro, me remuevo bastante adolorido de entre los asientos traseros y con torpeza rebusco entre mi ropa, hasta que logro dar con el celular. Desbloqueo la pantalla y me sorprendo al ver que ya son las dos de la tarde. Con prisa me cambio de asiento y enseguida pongo en marcha el automóvil, necesito llegar a casa lo antes posible, he dejado a Jetzabé sola, sin comida y sin luz, ya que al generador le quedaba muy poco combustible. Es probable que se sienta asustada, cuando niño solía asustarme aquella cabaña que tantos macabros recuerdos encierra entre sus desgastadas paredes de madera.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR