No hay acto, que le genera más glorificación, a un individuo lleno de maldad, que el sufrimiento de quien más desprecia. Dos días han transcurrido, desde que Daniel decidí ir por Anabell, y desde entonces, ha sido víctima de innumerables golpizas, su pierna, esta desecha, no hay nada que se pueda hacer por ella, pero ni siquiera la agonía de la tortura, lo carcome tanto, como el hecho de estar consciente, de que no le podrá cumplir, la promesa que hizo. —Mírate, que lastima me das, ¡en serio que eres un perfecto, imbécil!, ¿arriesgaste, por esa perra? Aunque comprendo, tu delirio, la maldita, es una delicia. —¡Tú…! —debido a todos los golpes recibidos, Daniel no podía hablar bien, ni quiera era capaz de sostener su cabeza recta. —Tendré un poco de compasión, les permitiré que se despi

