Ha pasado una semana desde que vine aquí, creo que todos empiezan a sospechar algo porque vomito mucho, me despierto cada poco, tengo sudores fríos y en ocasiones tengo ansiedad.
No puedo decirles que me pasa porque me harían ir al médico y a la policía, eso solo los pondría en peligro y en cuestión de horas estaría de vuelta en aquel horrible lugar.
- Voy a salir. - dije abrochando los botones de mí abrigo y cogiendo unos guantes.
- Es un poco tarde, -Afirmó mí prima con el móvil en mano- siempre sales a esta hora.
- Hay menos gente y solo voy a dar una vuelta.
- Podría acompañarte.
- No es necesario gracias. Me gusta ir sola.
Y antes de que dijera más salí cerrando la puerta y bajando las escaleras casi de dos en dos. Me puse los guantes antes de salir del portal y miré en todas direcciones como siempre. Acercándome a la pared comencé a caminar hacia aquel lugar que había comenzado a frecuentar.
Cuando oía a alguien venir por detrás me giraba bruscamente y solo me asustaba de mí propia sombra.
"Tranquila, nadie te sigue."
Volví a caminar y saqué un paquete de tabaco del bolsillo del abrigo. Prendí un cigarro y solo le di un par de caladas para calmarme antes de tirarlo al suelo para apagarlo de un pisotón. Dejar todo a lo que estaba acostumbrado mí cuerpo a la vez, era más difícil de lo que parecía.
Miré la hora en el reloj que me habían comprado, llegaba bien, unos cuantos aún estaban fuera de la iglesia, yo fui directamente a la puerta lateral y me senté en una de las sillas del circulo de aquel gimnasio.
Poco a poco el resto fueron ocupadas y comenzó a hablar la misma mujer de siempre.
Era rubia, bien peinada y vestía siempre traje pantalón, aquella mujer no iba acorde con lo que allí se trataba.
Primero hablo un poco de a que nos dedicábamos en este espacio y que era un lugar seguro para todos, todo lo que se hablara aquí dentro no se sabría.
Uno de los hombres, de unos cincuenta y algo fue el primero en empezar a hablar, era el más veterano de todos y sus historias me ayudan a seguir viniendo, quizás algún día podría pedirle ser mi padrino.
Después hablo una mujer y así sucesivamente hasta que el tiempo iba llegando a su fin.
- Aún tenemos tiempo para una historia más. Rose, ¿Te animas a contarnos la tuya?
Todos me miraban y las manos comenzaban a sudarme, hasta la silla me parecía lo más incomodo del mundo.
- Hola a todos, - mi voz estaba seca asique carraspee y volví a empezar - Hola, soy Rose y soy alcohólica y drogadicta.
-Hola Rose - Respondieron.
- No sé por donde empezar- dije después de un rato.
- ¿Qué tal si nos cuentas cuando comenzaste?
- Vale- dije pasando las manos por los muslos. - Tomé mí primera copa... a los trece años y me drogue por primera vez... a los catorce. - tuve que parar porque aunque era verdad lo que decía no lo hice por propia voluntad.
Las lágrimas amenazaban con salir y solo pude sorber la nariz y mirar al techo.
- Tómate tu tiempo, no hay prisa.- dijo aquella mujer rubia.
- No recuerdo que clase de copa tomé o que clase de droga consumí. - tuve que parar con la lágrima que salió - Al principio no me gustó. Pero seguí haciéndolo hasta que me acostumbre.
Todo era silencio con cada una de mis frases, no se si por revivir aquello tan traumático o porque omitía la parte importante, como me vendió mí padre, como terminé en casa de uno de los mafiosos más peligrosos, las violaciones, los golpes, la hambruna que nos hacían pasar...
- Lo siento, - dije quitando más lágrimas del rostro. - los motivos por lo que lo hice no importante, ya no importan - murmuré - quizás lo hice como vía de escape - los recuerdos se agolpaban en mi mente uno de tras de otro sin un orden específico, me faltaba el aire. - Lo siento, no puedo más- me levanté y aunque la rubia intentó detenerme para que me quedara no lo hice.
Salí a la calle con aquella mujer que venía detrás abrochado la chaqueta
- Rose, Rose, espera.
- ¡¡Qué, que quiere!! - grité con un considerable cambio de humor dándole la cara.
- Rose, llevo muchos años aquí para saber cuando alguien miente, creo que tú problema es más grave de lo que aquí podemos hacer para ayudarte.
- Solo necesito venir para estar mejor, se lo aseguro- dije calmada y relajada- solo necesito escucharles para saber que mí vida puede cambiar.
- Solo te dejaré volver si estás dispuesta a contar la verdad, en este grupo la sinceridad es vital y tú no lo estás siendo. Llevo muchas años en este programa como para saber que si no afrontas la verdad y eres sincera no podrás superarlo.
- Ya - dije yendo y viniendo una y otra vez- sabe que. ¡¡Es una mala zorra, en vez de ayudarme no hace más que joderme!!
Y con esas palabras comencé el camino de vuelta a casa, apartando las lágrimas que no dejaban de rodar por mis mejillas. Un coche paró derrapando justo a mí lado y me caí al suelo del susto, no sabía quien saldría y ya estaba pensando en que era él de nuevo.
Unos ojos azules me miraban de arriba a abajo, con el ceño fruncido y la mandíbula apretada, no lo conocía de nada, pero perfectamente podía trabajar para él. Me levantó del suelo y me obligó a subirme en el asiento del copiloto. Comencé a llorar de nuevo, estaba estática y apunto de hacérmelo encima.
De vuelta al calvario.
Cerró la puerta con fuerza y paso por delante del coche para montar y arrancar con fuerza el coche haciendo que este rugiera, comenzó a conducir sin haberse puesto el cinturón. No me atrevía a decir nada, solo apretaba las manos en un puño.
- Así que ahora te llamas Rose.
"¿Cómo lo sabe?"
- No creo que tú familia te mandara aquí para que fueras a esas reuniones.
" Concéntrate Anna, concéntrate"
En cuanto el coche pare me bajaré y correré todo lo que pueda.
- ¿No vas a hablarme?
"¿Porque siempre quieren hablar, si ya se como termina?"
- Siento haber escapado, no volverá a pasar- sollocé mirando el suelo.- Lo prometo.
"Por favor no me castigues, no abuses de mi ahora."
El coche pegó un volantazo haciendo que saliéramos de la carretera. Ni siquiera me importó morir en ese momento. Era mejor que lo que vendría después.
Salió del coche pegando un portazo, no lo pensé, desabroché el cinturón y salí corriendo hacia el bosque con la adrenalina corriendo por mis venas.
¿Cómo fueron capaces de encontrarme? Tienen más contactos de los que creía. Corría sin importarme que las ramas me golpearan o que mí pierna estuviera a punto de colapsar. Sabía que me seguía, podía oírlo, no veía por donde iba y terminé cayendo al suelo al tropezar con unas raíces.
Un gruñido hizo que me levantara, comencé a girar sobre mí misma intentando adivinar de donde procedía el ruido porque estaba claro que era un animal grande.
Un lobo de color cobrizo y ojos grises se acercaba enseñando los dientes.
¿Seria este mí fin?