IX. My Love, My Life

1028 Palabras
-La próxima semana es mi cumpleaños -dijo Aidan, mientras estaba apoyado sobre el piano, escuchando practicar a Raen. -Eres mayor que yo, quién lo diría -respondió el príncipe con una leve sonrisa- ¿Harás alguna fiesta? -No, mi mamá me hará un pastel para la cena. -¿Y juntarte con Karl o los de tu banda? -Quizás otro día. Me gusta pasarlo solo con mamá -comentó Aidan alzando los hombros. Raen sonrió. Quizás sintió un poco de celos. No recordaba a su madre y nunca tuvo oportunidad de celebrar nada con ella. -¿Y tu padre? -se atrevió a preguntar Raen. -Ni siquiera lo conozco. Embarazó a mamá cuando ella tenía unos 15 años y se escapó el muy cobarde. -Oh... lo siento. -No te preocupes, nunca me ha hecho falta. No pudieron seguir conversando porque un mayordomo entró a la sala de música y el pelirrojo tuvo que salir para seguir trabajando. Desde el día del concierto que Raen ya no se escapaba por las noches, así que solían conversar algunos minutos mientras Aidan trabajaba en el Palacio y le llevaba cosas al salón de música o a su dormitorio. Cuando se cansó del piano, el príncipe fue a la habitación de su hermano. A pesar de que habían pasado varias semanas de su entierro, nadie la había ordenado. Él le había pedido a su padre que dejaran ese dormitorio tal como estaba, porque le gustaba estar ahí y sentir que algo de Kiran seguía con vida. Buscó entre los vinilos y puso Arrival de ABBA. Le gustaba ese grupo, le daba una sensación de nostalgia, aunque no recordaba haberlo escuchado antes de encontrarlo entre las cosas de su hermano. Mientras My Love, My Life inundaba la habitación, el pelinegro se puso a revisar los libros y cuadernos de su hermano, abriéndolos en páginas aleatorias. Muchos eran de historia del mundo o del país, también había algunos de arte, de música y hasta de zoología. Su hermano era extremadamente culto. Él también debería empezar a aplicarse si quería ser tan bueno como él. Entonces tomó un cuaderno y lo abrió, pero le llamó la atención la letra, ya que no era la de su hermano. Pocas cosas me han dado alegría en esta vida, y tú eres una de ellas. Mi única razón para seguir, mi pequeño Kiran. Raen abrió mucho sus ojos. Siguió leyendo en hojas aleatorias. Tus bracitos y piernitas son adorables, me dan ganas de comerte a besos, mi bebé. Cada vez que me miras, siento que renazco. No sé qué sería de mí sin tu risa. ¡Yo soy tu primera palabra! Solo recordarlo me hace llorar. Quisiera que solo fuéramos tú y yo, hijito de mi corazón. La vida sería tanto mejor para mi alma desdichada si estuviéramos solo los dos. El príncipe sintió el pecho apretado. Claramente era un cuaderno de su madre. No tenía idea de su existencia. Pasó las páginas, y todas eran frases cortas como esas, dirigidas a su hermano. Pero casi al final, encontró su propio nombre. En pocas cosas he sido testaruda con el rey, pero tu nombre, mi Raen, no podía ser otro. Eres lluvia, que vienes a limpiar mi sofocado aire, a refrescar el árido suelo de mi corazón, a hacer renacer el amor por mis hijos. Raen sintió que se le humedecían los ojos. Nunca se había imaginado que su nombre se lo había puesto ella, ni que tuviera un significado tan bonito. Siguió hasta la última hoja. Mis niños, perdónenme por ser una mala madre. No quisiera abandonarlos, hice todo lo que pude, entregué todo de mí, pero ya no me queda nada. No culpen a su padre, él también fue obligado, ninguno de nosotros se escogió, pero tuvimos que acatar nuestro matrimonio por el bien del país. Deseo, con lo que me queda de corazón, que ustedes no pasen lo mismo. Deseo que puedan amar libremente y casarse con quien quieran. La tristeza y agonía con la que viví cada día desde mi boda valió la pena solo por tenerlos a ustedes entre mis brazos. Pero ya no puedo más. Kiran, sé que serás un buen niño. Mi pequeño Raen, eres tan pequeño, no quisiera dejarte solo, pero no tengo nada más que entregarte. Perdónenme, mis niños. Los amaré por siempre. Esa era la última frase. No había fecha, pero claramente su madre había fallecido poco después. Raen sintió una opresión en el pecho y la respiración se le hizo pesada. Escuchaba los latidos de su corazón en sus oídos y se puso una mano en el pecho. Siempre le habían dicho que su mamá había fallecido por una enfermedad. Pero ahora no sabía si eso era verdad. ¿Siempre estuvo triste? ¿Qué había hecho su padre para que ella no quisiera seguir viviendo? Le retumbaba la cabeza, el aire comenzaba a faltarle, estaba mareado. La puerta se abrió suavemente y Aidan se asomó y le dijo algo a Raen, pero el príncipe no lo escuchó. El pelirrojo se acercó y se sentó junto a él. Le puso una mano en el hombro, que sobresaltó al pelinegro. -¿Estás bien? -le preguntó, pero Raen lo miró con angustia- Oye, tranquilo, estoy aquí contigo. Aidan se preocupó, parecía que al príncipe le estaba dando un ataque y no sabía qué hacer. Entonces, Raen lo abrazó y se aferró a él como si su vida dependiera de ello. Aidan lo abrazó de vuelta y le acarició el cabello suavemente, notando como poco a poco, la respiración del pelinegro se calmaba. ¿Acaso había vivido en una mentira?, pensó Raen. ¿Por eso nunca hablaban de su madre? Sabía que había sido querida por el pueblo, pero nunca le dijeron nada más íntimo de ella. Y él tampoco preguntó. De todas formas, no la conocía. Pero ahora, necesitaba saber la verdad. -Lo siento -dijo Raen soltando a Aidan y limpiándose las lágrimas que habían salido sin su permiso. -No te preocupes. ¿Qué pasó? -Tengo que ver a mi padre. Raen se puso de pie y rápidamente salió de la habitación, dejando a Aidan con más dudas que otra cosa.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR