—¡Tú puedes, cariño! —le grité a Luca en el parque mientras jugábamos a la bandera oculta. Había sido una de las tontas ideas de Billy para pasar el rato, y así, según él, demostrar que era mejor que Luca. A mi lado, Amy lo apoyaba; le habíamos cubierto sus ojos con un enorme pañuelo para que estuviera en igual de condiciones que Luca. Sonreí mientras los miraba caminar con los brazos abiertos, buscando la estúpida bandera. Había vivido el mejor mes de mi vida; veía a Luca todos los días; en su casa, en mi casa, en el parque... y además, solíamos salir junto con Amy y Billy. —¡No es justo! —gritó Billy con euforia—. ¿Por qué yo tengo que cubrirme los ojos y Luca no? —preguntó riendo. —Hermano, soy ciego, pero no sordo; sé con certeza cuando te estás burlando de mi discapacidad —alargó

