16 Deek Ella tragó en seco. —Tuve que hacerlo. —Me entregaste a Seranda. Sacudiendo su cabeza, se arrodilló, hasta que estuvimos casi a la misma altura. —No, claro que no. ¿Crees que yo quería que tú la follaras? Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero ninguna se escapó. —¿Eso creíste? —Van tres, Tiffani. —¿Tres? —Estoy contando las razones por las cuales tu culo debe ser azotado. —¿La follaste? —preguntó de nuevo, con la voz insegura; era tan diferente de la voz de la mujer intrépida que había aprendido a amar. Sosteniendo mis muñecas, le dejé ver que mis esposas todavía estaban en mus muñecas. —Te pertenezco a ti y a nadie más. ¿Pero tú? Dices que eres mía, pero no llevas mis esposas. Según la ley atlán, no eran necesarias para que nos mantuviéramos unidos, pero querí

