Capítulo 3

1580 Palabras
Capítulo 3.- Había transcurrido un mes desde el último encuentro s****l entre Martín y Manuel, no habían vuelto a estar juntos íntimamente, sin embargo se veían con frecuencia en la universidad, o bien hablaban a diario por w******p. Pese al poco contacto físico, ese mes les había servido para conocerse mucho más a fondo. Los exámenes de final de semestre los tenía agobiados a ambos, Martín estaba lleno de proyectos creativos mientras que Manuel no despegaba su mirada de los extensos libros de filosofía. Finalmente rindieron su último examen logrando aprobarlo, oficialmente estaban en vacaciones, contarían con todo un mes libre de obligaciones académicas. El argentino decidió llamarlo, tenía ganas de verlo, de visitar algunos sitios juntos y divertirse, necesitaban festejar que habían aprobado todos los ramos del semestre. Sin darle más vueltas al asunto tomó el teléfono celular marcando el número del chileno. - ¡EU Manu! — Exclamó efusivamente el argentino desde el otro lado de la línea. - Hola, Martín... — La voz del castaño se oía somnolienta. - ¿Te desperté? — Deja escapar una leve risita. - Si weón, estaba viendo tele con Cholito y me quedé raja. — Inevitablemente bosteza. - Mirá, te llamo para avisarte que hoy a las 21:00 horas paso por vos. No acepto una negativa como respuesta porque vos y yo nos merecemos un relajo. — Sin más que decir cortó la llamada dejando a un sonriente Manuel desde el otro lado de la línea. Las ansias de Manuel por ver a Martín eran evidentes, necesitaba un tiempo a solas con él, disfrutar de su compañía, de sus caricias. Debía ser honesto con sus sentimientos, ya no podía engañarse a sí mismo, lo necesitaba, lo quería. Deseaba que ese rucio formara parte de su vida. Las horas transcurrieron con parsimonia, al menos de ese modo lo sentía Manuel debido a las ansias de estar con Martín. Con treinta minutos de anticipación ya estaba correctamente vestido y se paseaba de un lado a otro por la sala esperando que el reloj marcara las nueve. Cholito desde el sillón lo observaba con curiosidad, le resultaba incomprensible la actitud de su dueño. A las nueve en punto Manuel cogió su chaqueta, teléfono celular, las llaves de su departamento, besó a su gato y salió con prisa, no lo quería hacer esperar, después de todo el barrio no era seguro. Al llegar a la calle vio el auto de Martín estacionarse en la esquina, con rápidas zancadas se encaminó hacia este mientras luchaba por quitar esa expresión desesperada de su rostro. No deseaba que el rubio se percatara de las inmensas ansias por verlo, sin embargo al adentrarse en el vehículo y acomodarse en el asiento del copiloto dejó salir todo lo que tanto trataba de reprimir. Posicionó sus manos a los costados de las mejillas del argentino y lo besó, un suave y tierno beso que bastó para demostrarle cuánto lo necesitaba. - Me encanta este tipo de recibimientos. — Susurra sobre los labios de Manuel para luego volverlo a besar. - Te eché de menos weón... — Murmuró con un toque de timidez al separarse de él. - Yo también Manu, no sabes las ganas que tengo de estar con vos. — Sonríe mientras acomoda su mejilla en el hueco que queda entre el hombro y cuello de su amado. Transcurrieron un par de relajantes minutos donde se sentían tan cómodos el uno con el otro, dónde el silencio era un complemento ideal, los dedos de ambos rozándose con ternura y el corazón latiéndoles a mil. Se querían, ya no era solo una atracción física, ahora lo que había entre ellos iba mucho más allá del sexo. Manuel al comprenderlo sintió miedo, un miedo tan grande que lo dejó paralizado en su lugar. - Eu, Manu. ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? — Alzó el rostro volviendo a acomodarse en el asiento mas no despegaba la mirada del castaño. - Tengo miedo Martín. Me asusta lo que tenemos, lo que me haces sentir y el solo pensar en que este sentimiento puede seguir creciendo me aterra. — Confesó sin pensar, necesitaba dejar salir todo lo que guardaba dentro, necesitaba ser sincero por una vez en su vida. - Manuel. — Carraspeó, posteriormente posó sus manos en las mejillas ajenas. — Yo también estoy asustado, sé que en tu corazón hay sentimientos por alguien más, a veces imagino que pasaría si ese tipo entrara nuevamente en tu vida. ¿Dónde quedaría yo? Si lo mirás desde otra perspectiva te das cuenta que no sos el único que tiene cosas que perder. — Al ver que Manuel baja la mirada lo toma de la barbilla con la suficiente firmeza para que lo mire a los ojos. — ¡Mírame cuando te hablo Manuel! — Exclamó aquello con voz dura. — Pese a tener miedo yo quiero intentar algo con vos, no quiero que nuestra relación se base solo en garchar y después cada uno por su lado. - Cortó la poca distancia que los separaba rodeando al rubio con sus brazos. — ¿Me estai pidiendo pololeo? — Deslizó con suavidad su nariz por el cuello del rubio, adoraba aspirar el aroma que desprendía su perfume. - ¿Acaso hablo en chino? Bueno, acá va de nuevo. — Se estremece ante la caliente respiración de Manuel contra su cuello. — ¿Querés ser mi novio? — Desliza sus largos dedos por la espalda ajena. - ¡Si quiero! — Por primera vez le dedicó una auténtica sonrisa. Sellaron la nueva unión con un beso, uno profundo, demandante y cargado de sentimientos. Al separarse, Martín puso en marcha el vehículo, Manuel se colocó el cinturón de seguridad y conectó su teléfono celular con el reproductor de música del auto, inmediatamente una canción de los Prisioneros inundó el interior del vehículo. Durante todo el trayecto fue cantando, mientras que el argentino se limitaba a mirarlo de reojos y sonreír. Se sentía feliz, estaba conociendo una faceta de Manuel que para el mundo era ajena. La imagen que todos tenían del chileno era de un chico amargado y algo malhumorado, sin embargo había mucho más por descubrir y él se encargaría de sacar lo mejor de su novio. Estacionaron en el centro, Martín planeaba llevarlo a cenar a un bonito restaurante, había uno bastante elegante en la esquina de esa calle, mas, a Manuel se le antojó comer pizza y palitos de ajo en Papa Jhon's. El rubio no se pudo negar y aunque no era lo que precisamente tenía en mente cedió a los caprichos de su novio. Comieron entre anécdotas y risas creando un ambiente mágico a su alrededor, sin darse cuenta el tiempo se les esfumó como el agua entre los dedos. Martín pagó la cuenta y salieron del local, la noche aún era joven y planeaba darle una sorpresa a Manuel. Manuel pensó que ahí terminaba la salida, que ahora lo llevaría a casa, quizás podrían ver una película, se animaría e invitaría a Martín a pasar la noche con él. De pronto se percató de que estaban transitando una ruta distinta, por los letreros que se hallaban en el camino dedujo que se dirigían a la comuna de lo Barnechea. ¿A dónde cresta iban? - ¿A dónde vamos? — Giró el rostro para ver al rubio. Su semblante denotaba confusión. - Es una sorpresa, pero te aseguro que te va a encantar. — Le dedicó una sonrisa torcida mientras lo miraba de reojo. — Ya no falta tanto para llegar, vos tranquilo. — Hizo un guiño con su ojo izquierdo. — ¿No me digás que tenés miedo? - ¡Obvio que no, aweonao! — Volvió a centrar su atención en el taciturno paisaje que se observaba tras la ventanilla. Martín siguió su rumbo, después de subir parte del cerro Alvarado se desvío por un inhóspito camino de tierra, pasado unos minutos finalmente detuvo el vehículo. Habían llegado a la cuesta Santa Teresa de los Andes, un hermoso mirador, el cual era poco conocido por los lugareños y turistas. El argentino consideraba que era el sitio ideal para pasar la noche contemplando las estrellas y la hermosa vista que proporcionaba de la ciudad de Santiago. - ¡Esto es genial! — Manuel bajó del vehículo con prisa. - Sabía que te gustaría. — Bajó tras él contemplando a lo lejos las luces de la ciudad. — Vamos a pasar la noche acá, solo vos y yo. — Se posicionó tras el castaño tomándole de la cintura para luego recargar su mentón en el hombro de este. - ¡Bien pensado genio! — Ladeo el rostro dejando un fugaz beso en la mejilla del argentino. — Te quiero mucho Martín. - Y yo te quiero a vos flaco, te quiero demasiado. —Susurró aquello mientras lo estrechaba con fuerza entre sus brazos. Se sentaron sobre el capó del auto, Martín cubrió el cuerpo de ambos con una gruesa manta de polar para aplacar un poco la helada nocturna. Manuel se acurruco entre sus brazos, disfrutando del calor que el cuerpo del argentino le otorgaba, una inmensa sonrisa se instaló en su rostro, por primera vez desde la partida de Miguel que se sentía tan feliz, tan completo. De ahora en más tenía la esperanza de un futuro más brillante, se esforzaría día tras día en forjar verdaderos lazos con Martín y transformar su relación en algo estable y duradero. Continuará...
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