Capítulo 14

2658 Palabras
Hola a todas las lindas personitas que siguen está historia. Ante nada, quiero pedirles disculpas por tardar tanto en actualizar, les aseguro que de ahora en más trataré de subir un capítulo a la semana. Aunque admito que la universidad me está tomando más tiempo del planeado, aún así seguiré adelante con esto, escribir es lo que amo y me hace inmensamente feliz saber que hay personas que disfrutan de lo que hago. No olviden votar y comentar si es que les gusta mi trabajo. Un beso y abrazo a la distancia. Capitulo 14. Manuel, se encontraba recargando su mejilla contra el brazo de, Martín y sosteniendo la mano de, Miguel. Se mantenía en silencio, pensativo, distante, aunque los otros dos no parecían darse cuenta de ese detalle. Martín y Miguel, platicaban animadamente, compartiendo prolongados y tiernos besos en medio de sus conversaciones. El chileno, los observaba de reojo, aún, pese a haber transcurrido un año de esa relación, seguía sintiendo celos. Ver al peruano, sonreír de esa manera tan radiante con el argentino, notar la dulzura con la cual se besaban, la compatibilidad de gustos, los infinitos temas de conversación que tenían, esa química tan palpable con solo una mirada. Ellos juntos, hacían magia. Él, sobraba. Sus celos eran naturales, en un comienzo creyó que con el tiempo disminuirían, estaba tan equivocado al respecto. Quizás, ese era el plan de Martín, desde un principio buscó cansarlo, que por propia voluntad se alejara, que de una buena vez dejara libre a, Miguel. Un brusco apretón en su muslo izquierdo lo trajo de regreso a la realidad. Consternado alzó el rostro, encontrándose con la fría mirada del argentino. En ese momento, encontró la respuesta que por meses buscó. La respuesta siempre estuvo frente a sus narices, sin embargo, prefería fingir ignorancia, a afrontar la realidad. —Te estoy hablando, dejá de hacerte el pelotudo, Manuel—. La forma en que se dirigía al chileno siempre era hostil, tosca. —No te escuché, pensaba en cosas, por qué yo si uso esto—. Alzó una de sus cejas y con sorna señaló su cabeza. — ¡Manuel! No seas cojudo huevón, no hay necesidad que reacciones de ese modo con el Tincho—. Protestó de pronto, Miguel. Manuel, guardó silencio, no quiso decir nada al respecto, simplemente asintió volviendo a sentarse en el sillón. Al ver la poca participación por parte del chileno, los otros dos se encerraron en la cocina con el pretexto de que prepararían algo de comer. Ya no aguantaba más, no podía seguir sintiéndose tan mierda con la finalidad de retener a alguien a su lado. No era justo ni para, Miguel, ni mucho menos para él. Se levantó sigilosamente del sillón, su muslo izquierdo ardía en la zona que Martín, apretó. Con la mirada buscó su mochila, al hallarla tras el sillón la tomó colgándola sobre su hombro y con urgencia abandonó la casa del argentino. Procuró cerrar la puerta con suavidad, lo que menos deseaba era alertarlos de su ausencia. Cabizbajo, emprendió un trote suave, agradecía que el argentino viviera en una zona residencial y cada quien vivía dentro de su casa sin importarle que pasaba con el resto. Un par de lágrimas se deslizaron por sus mejillas e inmediatamente las secó con el dorso de su mano. No lloraría, no esta vez. Él era el principal culpable, nunca tuvo que haber aceptado una idea tan descabellada. Si tan solo hubiese sido un poquito más seguro de si mismo, sin embargo, temía perder al peruano, quién en aquel entonces hubiese dejado todo de lado si se lo pedía. Ahora dudaba de la decisión que, Miguel, pudiese tomar si le exigía elegir entre, Martín o él. Los recuerdos se aglomeraron en su memoria, trayendo de regreso todos esos momentos que terminaron marcando la relación tan bonita que tenían. Recordó el día en que, Miguel, le dejó plantado por ir con, Martín, al cine. El día en que pelearon por culpa del argentino, como la relación de ambos se desmoronó a causa de la cizaña sembrada por el rubio. De pronto, recordó el día en que aceptó tal locura, el día en que firmó su sentencia de soledad. —Miguel, yo no quiero hablar con ese rucio culiao—. Protestó mientras el moreno le arrastraba prácticamente hasta el patio trasero del colegio. —Al menos escuchemos que tiene para decir, Manuel—. Al serciorarse que no había nadie a su alrededor aprovechó de robarle un beso al chileno—. Ahora sonríe huevón, no te hará daño ser un poquito más simpático. Estaba listo para retrucar las palabras del peruano, sin embargo, la presencia del argentino le arrebató las ganas de hablar. Miguel, sonriente, se acercó al rubio abrazándolo con fuerza. Para Manuel, aquella escena era un golpe duro. Ahí estaba la persona que amaba abrazando con tanto cariño al imbécil que destruyó su relación. Dos hipótesis distintas se formaron en su mente. Miguel, era demasiado bondadoso, o, sus sentimientos por el argentino eran demasiado intensos. Prefería creer que era la primera opción. —Hola, Manuel—. El rubio esbozó una radiante sonrisa, mostrando sus blancos y parejos dientes—. ¿Cómo estás? Hace muchísimo que no hablamos, y te vez más delgado. —Hola, Martín— respondió seco—. Tienes razón, la última vez que hablamos como personas civilizadas fue el día que me robaste un beso—. Arrojó aquello con desden. Manteniendo su mirada fija en el rubio se cruzó de brazos mostrando una postura altanera—. Además, si estoy más delgado o más gordo, es asunto mío. —Eu, boludo pará un poco, solo quiero ser buena onda. Miguel, pensé que ya le habías comentado del asunto—. Se queja por la actitud del contrario. —Pues habla de una vez, Martín—. Desvía la mirada, fijando está en la tierra bajo sus pies. No se atrevía a mirar al chileno, ni soportaría ver desepcion una vez más en sus hermosos ojos miel. —Mirá, te voy a proponer algo super práctico para los tres—. Rodea los hombros del chilenos con uno de sus brazos—. Vos amás a Migue, yo también lo amo. A vos te gusto, eso no lo podés negar, yo puedo aprender a quererte, así tal cual sos— lo estrecha contra su cuerpo—. Para que ninguno sufra y acabemos con esta guerra absurda, lo mejor es estar los tres juntos en una relación. Manuel, de pronto se sintió sofocado. Sentía que su cuerpo era una prisión demasiado pequeña y su alma demasiado grande como para entrar en él. Un repentino mareo le obligó a sostenerse del argentino, en cuanto se recompuso se separó buscando con insistencia la mirada del peruano. Miguel, jamás lo miró, no tuvo el valor de hacerlo, simplemente cabizbajo asentía lentamente. Tan vaga respuesta bastó para que el corazón del chileno se estrujara. —Esta bien, me parece una buena idea—. Masculló bajito, sintiendo como las palabras le quemaban la garganta y los ojos le escocían. La sonrisa de Martín, no cabía en su rostro. Sin pensarlo si quiera, posó una de sus grandes manos en la nuca del chileno y sin previo aviso, estampó sus labios en los contrarios, besando a, Manuel, de manera ruda e intensa. Dubitativo, Manuel, correspondió, cellando con ese beso su agonica condena. El ensordecedor sonido de una bocina le trajo de regreso a la realidad, sacándole del trance provisorio en el cual se encontraba. Ladeó su rostro el cual reflejaba confusión aboluta, observando el auto rojo que se hallaba a centímetros de él. — ¡Fíjate antes de cruzar en rojo conchetumare! —Gritó furioso el conductor, Manuel, aún consternado alzó su mano sacándole el dedo de en medio para luego avanzar con prisa. Realmente no se dio cuenta en qué momento había avanzado tanto, por suerte el conductor logró detenerse justo a tiempo y las cosas no pasaron a mayores. Continúo con su andar lento y despreocupado, sin embargo, se detuvo al pasar por fuera del cine. Se quedó de pie, observando absorto las diversas caratulas de las que se componía la cartelera. Recordó de pronto la primera cita que tuvieron como trío, inevitablemente soltó la risa. — ¡Por qué chucha siempre escogen el cine para una cita! —Se quejó el chileno, montando una pequeña pataleta en la entrada, logrando atraer varias miradas curiosas. — ¡Mayoría gana! —Se defendió, Miguel. Deseaba tanto ver aquella película que insistió toda la semana, hasta convencer a Martín. —No te enojes, flaco—. El rubio, sin importar las miradas sobre ellos, se acercó al chileno plantándole un beso en los labios—. Cuando salgamos de acá, te dejo elegir a vos. —Me parece justo—. Comentó Miguel, con evidente entusiasmo. A pesar de que no le veía futuro a esa relación de a tres, en el cine la pasaron genial. En ese momento se sintió tan querido por ambos que la felicidad no le cabía en el pecho. Quizás, debía dejar el rencor de lado, quizás, Martín cambió, quizás, la felicidad dejaría de ser tan ajena para él. Esa tarde sonrió, sonrió de manera auténtica, natural, disfrutando cada maldito segundo al lado de ellos. Por primera vez en su vida se sentía especial e importante, por qué para, Miguel y Martín, lo era. Esa noche no regresó a casa, se quedó en la del argentino. Lamentablemente, Miguel no pudo hacerlo, sus padres no le dieron permiso de quedarse a causa de sus bajas calificaciones en matemáticas. Realmente deseaba que se quedara con ellos, poder compartir con él un poco más de tiempo y evitarle el sentirse celoso al no poder estar presente. Sin embargo, Martín, parecía disfrutar el quedar a solas. Esa noche la sintió especial, al menos las primeras horas. Martín, le presentó a sus padres y compartieron una cena en familia. El ambiente era cálido y le hicieron sentir parte de la familia, se sintió cómodo y no se mostró cohibido. Al finalizar la cena, ambos se despidieron de la familia y se encaminaron a la habitación. Martín, apenas entró se sacó las zapatillas aventandolas por cualquier sitio. Manuel, con una expresión divertida en el rostro le observaba. Martín, se acercó al castaño, le tomó de las mejillas y a base de besos urgentes le condujo hasta la cama, logrando que ambos cayeran sobre el colchón. Con rudeza le separó las piernas, para luego colarse entre ellas. En ese momento, algo hizo un corto circuito en su interior, comenzaba a reaccionar con excitación a los tratos rudos que el argentino le proporcionaba y a disfrutar de la bizarra situación. —No te hagás una falsa idea de todo esto, Manuel—. Susurró contra la cálida piel del chileno—. Vos no me gustas si quiera un poquito, no sos mi tipo y jamás lo vas a ser—. Una traviesa sonrisa se instaló en su rostro—. Por mi podés irte a la mierda, flaco—. Mordió con malicia la sensible zona de su cuello. Manuel, procesaba en cámara lenta cada palabra que salió de la boca del rubio, cuando todo encajó dentro si cerebro se separó abruptamente de él, levantándose con prisa de la cama. Su respiración agitada, su cabello alborotado a causa del roce y sus mejillas enrojecidas evidenciaban su estado. — ¡Déjame tranquilo, conchetumare! —La voz del chico se oía débil, insegura, rota. Desorientado y al borde de las lágrimas buscó con la mirada su mochila, cuando la encontró la tomó con desesperación y salió de la habitación. Martín, no hizo nada para detenerlo, poco le importaba que fueran altas horas de la noche y que Manuel, anduviese solo por la calle. Una risa amarga escapó de sus finos labios al recordar esa noche. Hasta ese entonces, creía ciegamente que una relación entre los tres podía funcionar. Esa noche comprendió que el amor no era para él, desde ese entonces, se sintió tan ajeno a ellos y no logró darse cuenta, hasta ahora, del inmenso abismo que se instaló frente a sus ojos. Miguel, ahora era un sueño, esos sueños maravillosos e inalcanzables, de esos que se graban a fuego en tu memoria, de esos que anhelas que se hagan realidad, de esos dónde tu parte racional grita desgarradoramente que es imposible. Desde hace meses planeaba poner un alto, recién ahora tuvo el valor para hacerlo. Sin embargo, como buen cobarde huyó sin dar una explicación. Nunca tuvo un buen nivel de autoestima, más ahora, sus complejos crecieron en niveles desbordantes. Martín, se encargó de pisotear su baja autoestima haciéndole sentír cada día un poco más miserable, un poco más feo y desagradable. Necesitaba buscar ayuda, su salud mental no era la mejor y si alimentación iba en decadencia. En los últimos seis meses perdió nueve kilos, lo que le daba un aire despreocupado y desaliñado a su aspecto. Casi a diario, Martín, le recordaba cuan mal lucía y lo desagradable que resultaba para él poder tocarlo. Su teléfono comenzó a vibrar dentro del bolsillo de su pantalón, al desbloquear nota que es una llamada del argentino, sin pensarlo un instante rechaza la llamada para luego apagar el aparato y guardarlo nuevamente. Finalmente llega a casa, tan solo deseaba abrir la puerta y encerrarse en la soledad de su habitación, llorar hasta que se le escuezan las mejillas y dormir como si no existiera un mañana. Después de todo, no creía que existiera un futuro para alguien como él. Grande fue su sorpresa al ver la puerta de entrada entre abierta. El miedo logró paralizarlo en la entrada, temía que su padre hubiese recaído en las drogas y estaría dentro esperándolo para castigarlo. En ese momento, deseó correr con todas sus fuerzas y aferrarse entre los cálidos brazos de Miguel, mientras Martín, repartía besos falsos por su espalda para tranquilizarlo. No podía volver con ellos y recaer en las llamas del infierno, ya no, ellos era felices sin él y no lo necesitaban en lo absoluto. Abrió la puerta con cierta rudeza y una vez dentro cerró está de manera estruendosa. La pequeña sala apestaba a tabaco e inevitablemente arrugó la nariz. Él fumaba, en especial cuando estaba nervioso, pero el aroma le desagradaba bastante. Con pasos lentos y torpes se acercó hasta el sofáz encontrandose con ese extraño hombre una vez más. Gilbert, al ver al chico frente a él apagó su cigarrillo contra el piso, mostrando una actitud prepotente y de pocos amigos. Manuel, paralizado en su sitio le observaba con miedo, sin comprender la situación. El prusiano se incorporó lentamente y sin contemplaciones tomó al chiquillo con rudeza del cuello de su poleron, zarandeándolo un poco en el proceso. — ¿Dónde mierda esta tu padre? —Acercó peligrosamente su rostro al del menor, quién temblaba bajo sus manos. —Yo... No lo sé, recién vengo llegando—. Tartamudeaba en cada palabra pronunciada mientras intentaba inútilmente liberarse de su agarre. — ¿Acaso no sabes que el hijo de puta se fue? Entonces dudo que sepas que el muy cerdo te abandonó, dejándote con una inmensa deuda a cuestas—. Arrojó mordaz, notando como las orbes miel del más pequeño eran empañadas por las lágrimas. Verlo de ese modo, tan pequeño, frágil y vulnerable provocó que le soltera con lentitud. Al parecer no mentía, verlo llorar de ese modo por la noticia permitió que creyera en él, al menos en esa ocasión. Manuel, confundido por todo lo que aconteció a su alrededor y agobiado por las fuertes emociones comenzó a marearse y ver todo borroso a su alrededor. De un momento a otro, su cuerpo se desplomó estrellándose contra el polvoriento suelo. Continuará. Espero que les haya gustado el capítulo!!! ¿Qué creen que haga Gilbert ahora?
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