Capítulo 3 – El primer encuentro
La lluvia había dejado un rastro húmedo en las calles, un olor a asfalto mojado que impregnaba la madrugada. Alejandro Montenegro no podía conciliar el sueño. Había dado vueltas en su cama durante horas, escuchando el golpeteo constante del agua contra los ventanales de su mansión. El recuerdo de la mujer en la esquina lo perseguía con una insistencia que lo inquietaba.
Finalmente, tomó las llaves de su auto y salió nuevamente, como si buscara una respuesta en las sombras de la ciudad. No sabía exactamente hacia dónde iba, pero su instinto lo guiaba de regreso al mismo barrio donde la había visto.
El motor de su vehículo de lujo rompía el silencio de las calles casi desiertas. Cuando llegó a la esquina, allí estaba otra vez: Valeria, encogida bajo el farol que chisporroteaba, con la cabeza apoyada sobre las rodillas. Alejandro frenó despacio y apagó el motor.
Durante unos segundos, se quedó observándola desde la distancia. Luego, sin pensarlo demasiado, abrió la puerta y bajó. El ruido del cierre del auto hizo que Valeria levantara la cabeza de golpe, con el cuerpo en tensión. Estaba acostumbrada a que, de noche, cualquier acercamiento podía ser peligroso.
—No quiero problemas —advirtió ella de inmediato, su voz áspera por el frío y la desconfianza.
Alejandro levantó las manos en un gesto de calma.
—Tranquila, no vine a molestarte.
Ella lo miró con recelo, intentando evaluar si sus palabras eran sinceras. Estaba frente a un hombre vestido con un abrigo caro, zapatos que jamás habían pisado barro y un rostro que parecía sacado de una revista. Ese tipo de personas nunca se acercaban a alguien como ella, salvo para compadecerla o apartarla.
—Entonces, ¿qué hace un millonario a esta hora en un barrio como este? —preguntó con ironía, señalando el auto estacionado detrás de él.
Alejandro arqueó una ceja, sorprendido de que lo hubiera reconocido.
—¿Me conoces?
—Todo el mundo conoce a Alejandro Montenegro —respondió con un dejo de burla—. Sale en portadas, en noticieros… “el magnate joven que lo tiene todo”. —Escupió esas palabras como si fueran un chiste cruel.
Alejandro sintió un extraño nudo en el estómago. No estaba acostumbrado a que alguien hablara con él de esa manera, sin filtros ni adulaciones.
—Y aun así, aquí estoy —replicó con calma—. Frente a ti, en plena madrugada, sin guardaespaldas ni cámaras.
Valeria lo estudió con la mirada. Había algo en sus ojos que no encajaba con la imagen perfecta de un empresario poderoso. Eran unos ojos cansados, solitarios, demasiado parecidos a los de alguien que también llevaba peso en el alma.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó finalmente, bajando la guardia solo un poco.
Alejandro dudó unos segundos. Ni siquiera él sabía exactamente qué lo había llevado allí.
—Nada. Solo… ofrecerte algo de comer.
Valeria soltó una risa seca.
—¿Ahora los ricos se dedican a repartir caridad a medianoche?
—No es caridad —dijo él, serio—. Es… una invitación. Si aceptas, claro.
Hubo un largo silencio. Ella lo observaba con desconfianza, como si buscara en su rostro alguna señal de burla o engaño. Estaba acostumbrada a que la gente jugara con su miseria. Pero lo único que encontró fue una sinceridad extraña, casi torpe.
—No confío en extraños —murmuró al fin, abrazándose más fuerte.
—Tampoco yo —respondió él, con una leve sonrisa.
Ese comentario la desconcertó. Bajó la mirada y, por un instante, pensó en rechazarlo de plano. Pero el hambre rugía en su estómago, un recordatorio cruel de que no había probado bocado desde la mañana.
—Está bien —cedió al fin, aunque con cautela—. Pero solo porque tengo hambre.
Alejandro asintió y abrió la puerta del auto, invitándola a subir. Valeria lo miró con desconfianza, como si ese gesto escondiera una trampa. Finalmente, respiró hondo y aceptó, entrando en el vehículo. El interior olía a cuero nuevo y perfume caro, un contraste brutal con su ropa húmeda y gastada.
Durante el trayecto, ninguno habló al principio. Valeria observaba las luces de la ciudad a través de la ventana, intentando ignorar la sensación de estar fuera de lugar. Alejandro, en cambio, la miraba de reojo, intrigado por cada gesto de ella.
—¿Cuál es tu nombre? —se atrevió a preguntar.
—¿Por qué quieres saberlo? —contestó ella, a la defensiva.
—Porque me gustaría dirigirme a ti de otra manera que no sea “la mujer de la calle”.
Valeria lo miró fijamente, como si intentara decidir si darle ese pedazo de su identidad. Finalmente, dijo con voz baja:
—Valeria.
Alejandro repitió el nombre en un murmullo, como saboreando su sonido.
—Valeria… es un nombre fuerte.
Ella desvió la mirada, incómoda con el cumplido.
—No significa nada. Soy solo una mujer que perdió todo.
—Eso no es cierto —replicó él con firmeza—. Nadie es “solo” nada.
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez era distinto. Había en el aire una tensión que ninguno de los dos sabía cómo manejar.
Cuando llegaron a un restaurante abierto las veinticuatro horas, Alejandro estacionó y bajó primero. Valeria dudó en seguirlo, sintiéndose fuera de lugar, pero al ver la naturalidad con la que él la esperaba, decidió entrar.
Las miradas de los meseros fueron inmediatas: una mujer de ropa gastada, cabello enredado y zapatos rotos junto a un hombre elegante y reconocido. Alejandro lo notó y, con una simple mirada firme, puso a todos en su lugar. Nadie se atrevió a decir una palabra.
Sentados en una mesa apartada, él le ofreció la carta. Valeria la tomó con timidez, sus manos temblaban un poco. Hacía años que no elegía algo de un menú.
—Pide lo que quieras —dijo Alejandro.
Ella lo miró, desafiante.
—¿Y si quiero lo más caro?
—Entonces, lo pagaré sin problema.
Por primera vez, Valeria sonrió, apenas un gesto breve que se escapó de sus labios. Y Alejandro, al verla, sintió algo que no había experimentado en mucho tiempo: una chispa de vida.
No lo sabía aún, pero aquella noche era el inicio de algo que ninguno de los dos habría imaginado.