El día en que la vida empezó a florecer La mañana siguiente amaneció con una claridad casi simbólica, como si incluso el clima quisiera acompañar esta nueva etapa. La brisa movía las cortinas del dormitorio y el olor del café recién hecho se mezclaba con el perfume suave de la casa recién ordenada. Alejandro se despertó con un bienestar que todavía le resultaba extraño, pero agradable, como si su cuerpo estuviera aprendiendo por primera vez lo que era vivir sin estar alerta. Gala ya estaba en la cocina, moviéndose con una armonía que él siempre había admirado. Estaba cortando frutas mientras tarareaba una melodía que él no reconocía, pero que se sintió tentado a aprender solo para tener un pretexto para escucharla más tiempo. —Buen día —dijo él desde la puerta, su voz profunda y todavía

