Capítulo 14

3364 Palabras
Sácame de aquí y llévame contigo Ryan El viento soplaba suavemente en la azotea del hotel, haciendo ondear el cabello oscuro que le rozaba los hombros. La caótica ciudad brillaba a lo lejos, pero entre nosotros solo se extendía un silencio pesado, fracturado por la lucha interna que no cesaba en los ojos de la mujer que amaba. El cielo estaba cubierto de estrellas, pero el frío que acompañaba la noche solo hacía que el ambiente se sintiera aún más distante, más solitario. No sabía cómo deshacerme de esa sensación de desolación que últimamente había caído sobre nosotros como una nube sombría que se negaba a irse. —Dime algo, por favor —supliqué—. Lo que sea, pero no te quedes callada. —¿Qué quieres que diga? La reparé con impotencia, sin poder creer que sólo tuviera eso que decir cuando yo esperaba otra respuesta. —Acabo de pedirte que seas mi esposa, Adriana. Ella apretó los labios, su expresión se tornó amarga, aunque sus ojos revelaban algo más profundo. ¿Dolor? No lo sabía, en ese momento me costaba entenderla. —No me lo pediste, lo sugeriste porqué te ganó la emoción al enterarte que estoy embarazada. Eso es todo. Sacudí la cabeza, incrédulo. —No es así. Yo te amo con todo mi ser. —Ryan... —Siempre has sabido que quiero pasar el resto de mis días a tu lado, desde el primer momento en que te vi tuve la certeza de que así sería. Y ahora que vamos a tener un hijo, no quiero ni puedo esperar más a que te conviertas en mi esposa —reiteré, buscando que creyera en mí como siempre lo había hecho—, no dudes de mis sentimientos. No lo hagas. —Eso no es el problema. Jamás dudaría de tus sentimientos hacia mi —en sus ojos brilló la vulnerabilidad—. Sé que me amas tanto como yo te amo a ti. —¿Cuál es el problema entonces? ¿Por qué no estás muriéndote de la felicidad como yo? Por Dios, Adriana. Vamos a tener un hijo, tuyo y mío. Su expresión vaciló por un segundo, antes de que fuese reemplazada por una mueca de indiferencia. Se esforzaba por hacer una respiración profunda. Noté la forma en que mi cuerpo adquirió una postura rígida. —Tu familia no me quiere, Ryan —su voz salió débil, cargada de un dolor profundo que me estrujo el pecho—. Si ni siquiera aprobaron nuestro noviazgo, por supuesto que no van a aprobar nuestro compromiso. Ni mucho menos a este bebé que viene en camino. Suspiré atareado. Luego, me acerqué a ella en un intento fallido de aliviar la angustia que la embargaba, pero sabía que no sería tan sencillo. —Ellos no tienen ninguna razón válida para no aceptarte. Eres la mujer perfecta para mí, Adriana —increpé con firmeza, aunque en el fondo esa firmeza comenzaba a tambalear. Ella dejó escapar una pequeña risa amarga tras apartar la mirada. Sus ojos se perdieron en la ciudad a lo lejos. —¿De verdad crees eso? —preguntó, su voz rompiéndose ligeramente—. Sabes tan bien como yo que tienen todas las razones que necesitan. Soy de clase baja, Ryan. Para ellos, eso es más que suficiente. Me congelé. No podía negar la verdad de sus palabras, pero tampoco podía aceptarla. Me negaba a hacerlo. —Eso no es suficiente. Tu clase social no tiene por qué importarles. —Pero lo hace —me interrumpió, sus ojos volviendo a encontrarse con los míos, ahora llenos de una profunda tristeza—. A tu familia le importa, y mucho. Ellos quieren que estés con alguien de tu misma clase social, alguien que pueda igualarte. No conmigo. No con alguien como yo. El viento sopló con más fuerza, y ella tembló al tiempo en que cruzaba los brazos, como si intentara protegerse del frío... o quizás de la verdad que estaba diciéndome, y que ya no podía ignorar. —Sé que mis padres no aprueban nuestra relación, pero creo que... —Tú madre fue a ver a mi papá al restaurante —me cortó entonces, con una calma que me asustó—. Le dijo que yo no soy suficiente para alguien como tú. Que nunca lo seré. Y que si no me alejo de ti, harán lo que sea para destruir a mi familia. Nos amenazó, Ryan. Dijo que se encargaría de hacer todo lo posible para que deportaran a mi familia. A mi padre le acaban de aprobar la residencia, pero tú mejor que nadie sabe las leyes de este país. No puede permitirse ningún problema con la ley o se la revocarán. Tu madre va a usar eso en nuestra contra. Mi mandíbula se apretó, la decepción y la rabia por las acciones de mis padres comenzaban a pesar dentro de mí. —No es cierto... ellos no pueden hacerte eso. No voy a permitirlo —repuse, mi voz casi suplicante. Aunque, en el fondo sabía que ella no estaba buscando mi consuelo. Sacudió la cabeza, sin fuerzas. —Esto no se trata solo de las múltiples amenazas —soltó, sus ojos brillando con lágrimas de resignación—. Tu madre no me quiere en tu vida y eso es un hecho que debemos aceptar. No es solo porque soy de otra r**a, sino porque también soy pobre. Porque no encajo en su mundo, ni en el tuyo. Para ellos, soy una amenaza para tu futuro. Soy... soy una mancha en tu reputación. —¡No digas eso! —di un paso hacia ella, intentando tomar sus manos, pero ella se apartó, abrazándose a sí misma—. No puedes creer en lo que dicen. No eres una mancha, no eres una amenaza. Eres lo más importante en mi vida. No me importa lo que piensen. Ellos no te conocen, no ven lo increíble que eres. Ella negó con la cabeza, sus lágrimas finalmente escapando. —A ti no, pero a ellos sí —sollozó con la voz rota—. Y van a hacer todo lo posible para que te des cuenta de que no soy suficiente para ti. Al final ganarán, te alejarán de mí y no podré soportarlo. —Adriana, por favor... —Soy solo una chica que no pudo terminar la universidad porque no tenía el dinero suficiente para pagarse la matrícula. Alguien que se encarga de cuidar a sus hermanos pequeños y por las mañanas trabaja en el restaurante de su padre para poder sobrevivir. ¿Qué crees que piensan de eso? —se rió, pero no había ningún indicio de alegría en su risa, solo un dolor que me estremeció—. En cambio tú...Tú eres un hombre de mundo, estudiado, atractivo, ¡por Dios! Eres el candidato a gobernador de Nueva York, Ryan. Un hombre que tiene todo a su alcance. ¿Y qué soy yo? ¿Qué puedo ofrecerte yo a ti? —Tú me lo ofreces todo —respondí, desesperado por hacerla entender que mis sentimientos por ella eran sólidos. No había dudas—. No me importa el dinero, ni la clase social. No me importa la política. Te quiero a ti, a nuestro hijo, y eso es lo único que importa. Ella se giró, volviendo a mirar un punto incierto de la azotea, como si poner un muro de distancia entre nosotros le diera el consuelo que no encontraba en mis palabras. —Tarde o temprano tus padres te van a obligar a elegir, ¿lo sabes? —dijo, su voz entrecortada como si siquiera imaginarlo le hiciera añicos el corazón—. Y aunque no lo hagan, van a seguir intimidando a mi familia hasta que terminemos nuestra relación. No me quieren cerca de ti. Nunca lo harán. Y yo no quiero ser el motivo por el que te distancies de ellos. No quiero ser la razón por la que pierdas todo lo que has trabajado. —!Nada de eso importa si no es contigo! —Sé objetivo, Ryan. Nuestra relación siempre fue una posibilidad remota. Sabía que era una tontería creer que podríamos tener un futuro juntos... —Estás loca si piensas que voy a renunciar a ustedes —la interrumpí, a pesar de la desesperación que me atenazaba por dentro—. No voy a dejar que me hagan elegir, porque ni siquiera tengo que hacerlo. La elección siempre serás tú. Mi familia no tiene derecho a decirme cómo vivir mi vida. Si tengo que luchar contra ellos, lo haré. Pero no voy a dejar que te alejen de mí. Jamás. Adriana se quedó en silencio, su cuerpo inmóvil mientras sus lágrimas seguían cayendo sin descanso, como si el peso de la situación la estuviera aplastando y no pudiera hacer nada para detenerlo. Me sentí tan impotente, porque no sabía cómo lograr que toda su preocupación se desvaneciera. Cómo lograr que creyera que estaba dispuesta a renunciar a todo con tal de mantenerla alejada de los prejuicios de mis padres. —No sé si podemos ganar esta lucha—susurró finalmente, su voz tan frágil, pendiendo de un hilo como ahora lo estaba nuestra relación. Me acerqué a ella de nuevo con determinación, esta vez envolviéndola en mis brazos para aferrarme a lo que teníamos. No tardó mucho cuando sentí como se relajaba poco a poco contra mi pecho. Sin embargo, su dolor aún estaba ahí, más latente que nunca. —No me importa cuán difícil sea todo —dije, apoyando mi frente en la suya—. Lo que importa es que no me rendiré. No contigo. Respiró hondo, sus manos aferrándose a mi camisa como si buscara fuerza para poder afrontar la situación. —Estaremos bien. Los tres. Confía en mí. —¿De verdad lo crees, Ryan? —se sorbó la nariz y me miró con los ojos brillosos. —No lo creo, lo sé, amor. —¿Cómo puedes estar tan seguro de ello? Exhalé una pesada respiración, llevé sus manos a mis labios y esbocé una sonrisa tranquilizadora cuando nuestros ojos volvieron a encontrarse. —Voy a renunciar a la candidatura. Su rostro palideció. Me miró casi horrorizada por mis palabras, pero antes de que pudiera replicar, la atraje hacia mí, aparté el cabello que obstruía su mirada y me apodere de sus dulces labios. —No puedes hacer eso —dijo apenas sin aliento, con un indicio de esa sonrisa que me hacía olvidar todo lo malo—, es una completa locura. —Prefiero perder todo lo que tengo antes que a ti, Adriana. Hago girar la argolla que reposa en mi dedo anular con un movimiento distraído, mientras el sentimiento de traición y desesperanza toma más terreno en mi pecho. El recuerdo de Adriana me pesa ahora más que nunca en mi corazón, y una ira desmesurada surge al seguir reviviendo aquellas palabras que Connor le dijo a mi padre. Maldito traidor de mierda. Tomo un sorbo de mi bebida, deseando que el líquido amargo mitigue un poco el dolor que me ha estado consumiendo por años. Pero esta vez no funciona. Nada hace que esta herida se cure. Suelto una maldición entre dientes, me levanto de golpe de mi asiento y salgo del establecimiento con la mente nublada por la rabia que me corroe y no me deja estar. Apenas cierro la puerta del coche, golpeo el volante con fuerza y dejo escapar un grito desgarrado, llevándome las manos a la cabeza. No puedo dejar las cosas así. Necesito hacer justicia. Necesito hacer que Connor pague por todo lo que me hizo. Por el futuro que me arrebató cuando decidió arruinar mis planes de huida. Alargo la mano y abro la guantera. El corazón me martillea el pecho al ver la pistola que compré hace tres días. Mis dedos tiemblan sobre el metal frío. Una respiración frenética y temblorosa se escapa de mis labios antes de volver a cerrarla de golpe. Arranco el coche y conduzco sin dudarlo. El lujoso edificio aparece ante mí mientras aparco fuera de la calle, y aguardo en silencio, sopesando mis opciones. Son las 12:00 del mediodía y es la hora de comer. Tiene que salir, de lo contrario no voy a poder entrar armado antes de que el detector metálico de la entrada me señale y den aviso a la policía. Además, su anillo de seguridad supondrá otro maldito problema. Las manos me sudan a medida que transcurren los minutos. Intento reunir el coraje suficiente mientras los recuerdos de Adriana inundan mi cabeza, intensificando el dolor que me vuelve a fracturar el corazón. Me paso una por la cara, desesperado y, aunque la rabia solo continúa infectando mi organismo como un veneno mortal, no puedo evitar pensar en mi hermano pequeño. En todos los años que pasamos juntos. En nuestra infancia. El corazón se me deshace dentro del pecho al comprender lo que estoy a punto de hacer. Joder, ¿en que estaba pensando? La culpa me golpea con una fuerza descomunal y vuelvo a sentirme como el hombre más miserable sobre la faz de la tierra. Dejo escapar un resoplido con hastío mientras enciendo el coche dispuesto a marcharme antes de que cometa una estupidez de la cual me voy a arrepentir el resto de mi vida, cuando una figura apresurada cruza las puertas del edificio. Mis dedos se tensan sobre el volante tras reconocer el cabello largo que le cae en cascada por arriba de las caderas. Trago en seco, forzándome a no verme afectado por su presencia. No funciona porque el aire se me escapa de los pulmones cuando ella levanta la vista y se talla el rostro con el dorso de la mano. Sus mejillas enrojecidas. Sus ojos tristes. Su rostro húmedo por el llanto. Y en ese instante, todo lo que creía seguro se tambalea. Los latidos de mi corazón se arrecian. No puede ser. ¿Por qué diablos está llorando? No la mires. No es tu problema. No te incumbe. No te debe importar. Pero me importa. Me importa demasiado. Más de lo que estoy dispuesto a admitir. Antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo, mi mano ya está en la manija de la puerta. La abro con brusquedad y salgo del coche a pasos apresurados, llamándola con voz firme: —¡Ada! Ella no hace amago de detenerse. Sus pasos son apresurados, casi erráticos. Está completamente ida, ensimismada en otro mundo. —¡Ada! —insisto, pero parece no escucharme. No me queda más opción que acelerar el paso y, antes de que pueda seguir alejándose, la alcanzo y sujeto su brazo con suavidad, pero lo suficiente para hacer que se detenga. —¡Ada, espera! Se gira bruscamente, sobresaltada, como si hasta ese momento se percatara de mi presencia. Sus ojos tristes se clavan en los míos con sorpresa, y en cuestión de segundos, las lágrimas vuelven a inundar su delicado rostro. Un nudo de inquietud se me forma en la garganta. —¿Qué pasó? ¿Por qué estás en este estado?—pregunto, sin poder ocultar la preocupación que se intercala mi voz. Ada baja la mirada en señal de que no tiene valor para seguir haciéndolo y sacude la cabeza, apartándose de mí como si mi contacto la quemara. —No es nada, Ryan. Tengo que irme. —Ada, espera... —insisto, dando un paso más cerca cuando quiere darse la vuelta. Mi corazón late con fuerza. Algo está mal. Ella aprieta los labios con fuerza, temblando visiblemente. Y, cuando creo que saldrá huyendo de nuestra conversación, entre sollozos entrecortados, empieza a hablar. —Lo vi —su voz se quiebra por completo. Se abraza a sí misma, como si intentara sostenerse en pie, pero le costara todas sus fuerzas hacerlo—. Lo vi con mis propios ojos... Mis músculos se tensan con anticipación. —¿A quién viste? —inquiero sin tener mucho tacto. —A Connor. Maldita sea. Su nombre crea un revuelo dentro de mi y esa furia vuelve a resurgir con vehemencia. Un silencio pesado se instala entre nosotros. —Dime que fue lo que viste. —Estaba en su oficina... besando a su secretaria —susurra al cabo de unos segundos, y su rostro se desmorona por completo—. Se supone que tenía una reunión importante, pero... cuando entré yo... Se lleva las manos a la cara y solloza, el sonido más jodidamente desgarrador que he escuchado en mi vida. Mi hermano. Mi propio hermano. Ese maldito bastardo solo sabe infligir dolor en todos aquellos que lo rodean. Un fuego oscuro y dañino me recorre las venas mientras mi pecho se sacude de la rabia. Quiero encontrarlo y romperle la cara, hacerle sentir el mismo dolor que está sintiendo Ada en este momento. Pero no puedo. Porque ahora mismo, ella me necesita más. Sin reparar en mis acciones, ahueco su rostro con ambas manos y la obligo a mirarme. Su rostro tiembla en mis manos a causa del llanto, y no encuentro la voluntad suficiente para apartarme de ella. —No llores más —le pido suavizando el tono—. Mi hermano no lo merece. Sus ojos grises, llenos de lágrimas, se clavan en los míos. Pero no hay alivio en ellos. Solo desesperación. Solo vacío. Y una profunda decepción. A pesar de todo, lo ama. —¿Cómo puedes decirme eso? —su voz es un susurro tembloroso—. ¿Cómo se supone que deje de llorar cuando mi esposo, el hombre más leal y que nunca lastimaría a nadie, acaba de engañarme? Pensé que realmente me amaba, que podríamos solucionar nuestros problemas pero el ha decidido buscar refugio en otra mujer... Permanezco callado. No tengo respuesta para eso. Incluso cuando una parte de mí siente asco de que ella tenga esta imagen perfecta e intachable de mi estúpido hermano que claramente no merece su amor, o a ella en absoluto. —Es tu hermano después de todo, por supuesto que vas a elegir su lado —suelta una risa amarga mientras se sorba la nariz. Le dirijo una larga mirada, luchando contra el instinto de limpiarle las lágrimas y estrecharla entre mis brazos. En vez de eso, termino aclarándome la garganta cuando me percato que está esperando una respuesta de mi parte. —No intentaré defenderle o abogar en su favor si eso es lo que piensas. Una mirada dubitativa y casi sorprendida aparece en su rostro. —¿Por qué? —Mi hermano te ha hecho daño. —¿Te importa siquiera? —sus ojos reflejan dolor. Dejo de respirar un segundo, contemplando mi respuesta con detenimiento. Luego, tras dar un largo suspiro, me permito decir: —Sigo aquí, contigo. ¿Tú qué crees, Ada? La veo morderse el labio con fuerza, como si estuviera a punto de hacer algo de lo que no está segura, o de lo que probablemente se arrepentirá. —Ryan... Algo en su tono me pone en alerta. —Dime. —Sácame de aquí y llévame contigo —su tono roza la súplica, como si quisiera convencerme antes de que cambie de opinión. Un latido errático me golpea el pecho con una fuerza que penetra mi corazón. —Ada, no deberías pedirme eso... —me cuesta hasta el último grano de autocontrol forzar esas palabras a través de mis labios. —Por favor. Trago saliva dudando. Sé que lo que me está pidiendo no es moralmente correcto al ser la mujer de mi hermano. Sé que me estoy aprovechando de su vulnerabilidad en este momento. Pero, mi necesidad de venganza es más fuerte que todo, incluso de esos sentimientos que me provoca cada vez que me mira con sus grandes ojos grises. Esos mismos sentimientos tendré que eliminar si quiero hacer justicia a Adriana. La única mujer que amaré por el resto de mis días. Así que, por primera vez en mi vida, decido no escuchar lo que dictamina la lógica. Sin pensarlo más, tomo su mano entre la mía y la llevo conmigo, asegurándome de que las cámaras de seguridad del edificio se encarguen de grabarnos.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR