Una vez que terminé de ducharme y vestirme bajé por las escaleras, donde parecía que ya estaban casi todos los invitados en el salón principal. Saludé a algunos conocidos y amistades (hablando entre comillas) que conocía desde hace años gracias a los contactos de mi padre. Me preguntaban que tal me estaba yendo en Londres, y ese tipo de cosas que preguntas de manera trivial para ser educado. Respondí con el mismo nivel de educación y me lleve varias palmadas en la espalda deseándome suerte en mi viaje de vuelta. Era algo agobiante tanta etiqueta, pero sabia que luego de lo ocurrido con mi padre no podía decirle no a una de sus tradiciones más antiguas. Entre la multitud veo asomarse a Nicolás, con dos copas de champagne en sus manos. Me acercó una, la cual acepté no sin antes brindar con

