Episodio 6

1333 Palabras
Él vino de inmediato hacía mí, probablemente confiado en que podría derrumbarme debido a mi tamaño reducido en comparación con el suyo; no pude controlar la sonrisa divertida que se extendió por mis labios. Venía demasiado rápido y eso anunciaba un duro golpe, extendí mi brazo: “Acércate un poco más”. En cuanto el voyeviki estuvo a unos centímetros de mí, tomé su brazo antes de que se hiciera con el mío, junto con una parte de la camisa que traía. Lo halé con todas mis fuerzas, empujando hacía adelante; todo sucedió en cuestión de segundos, aunque ante mis ojos parecía como si fuese a cámara lenta. Cuando volví en mí, el escolta se encontraba en el suelo, respirando entrecortadamente debido al golpe tan doloroso. Sin embargo, la pelea no terminaba allí, pues barrió su pierna en mis pies, llevándome también hacía el piso. Le lance una agria mirada; ¡qué jugada más sucia! Mi espalda dolía debido al impacto, pero en unos segundos ambos estuvimos de pie nuevamente. Saltó hacía mí con sus puños, pero lo esquive propinándole una patada en el pecho que lo envió hacía una esquina del ring. Podía escuchar los gritos del resto de los mercenarios que nos animaban a ambos. Continuamos repartiendo puños entre nosotros, aunque los suyos eran exponencialmente fuertes, los míos eran veloces y concisos. No golpeaba a diestra y siniestra, si no que me concentraba en un objetivo e iba directamente a por él. Sentía la sangre en mi boca y el sudor corriendo por la sien, sin embargo no iba a rendirme. Mis hombres me respetan y espero que continúe siendo así. Ninguno iba a seguir a un líder que se arrodillaba ante un poco de presión. —¿Te rindes, princesa? —preguntó con una expresión burlona. —Prometo tratarte con misericordia. —Solté un bufido, eso nunca pasaría. La piedad no era una palabra que se manejara dentro de la hermandad y yo era consciente de ello. —Ni en tus mejores sueños, ni en mis peores pesadillas. —asegure, contraatacando dándole un rodillazo en la mandíbula. —Puedo ser una princesa, pero vengo del infierno y hoy tu sangre será mía. —declaré devolviéndole el gesto. —Eso ya lo veremos, cuando acabe contigo. Parecía estar muy seguro de que podía ganarme y tal vez era verdad, pero ahora mismo yo tenía algo que demostrar. Me estaba jugando parte de mi liderazgo en esta pelea; incluso si era con uno de mis hombres de seguridad, no la hacía menos importante. Continuamos peleando, mezclando patadas y puños. Al menos hasta que de alguna manera me encontré con mi cuello siendo presionado por el brazo del voyeviki. Estaba implementando una llave de la que no sabía cómo salir y el oxígeno no llegaba correctamente a mi cabeza, por lo que comenzaba a marearme. La presión del resto tampoco ayudaba en nada. —¿Te rindes? Podrás respirar nuevamente si lo haces. —Jamás. —escupí enojada. —Tendrás que arrancarme la cabeza. —Como ordene, su alteza. —respondió burlón. —Será un placer. Sabía que realmente no me matarían, eso les costaría sus vidas y mi padre no era tan benevolente como para no implementar un castigo doloroso y eterno. Dado esto, me prepare para desmayarme en cualquier momento, no era la primera vez que sucedía, pero seguía siendo igual de molesto que en un inicio. —¿Qué demonios crees qué estás haciendo? —gritó una voz furiosa. —Suéltala ahora mismo. —Lo último que pude ver fue una mata de rizos castaños y un rostro conocido antes de por fin perder el conocimiento y abrazar la oscuridad. La luz me molestaba, así que tuve que parpadear varias veces para acostumbrarme a ella. Hacía demasiada claridad y mi cabeza dolía demasiado como para siquiera intentar abrir los ojos; de repente el lugar volvía a estar oscuro. —¿Dónde estoy? —pregunté, no recordaba nada más después de desmayarme. —Siento mi cabeza a punto de explotar. —me quejo muy adolorida. El cuerpo también me dolía como si acabará de recibir una paliza, (aunque eso fue exactamente lo que acaba de pasar). Probablemente me quedarán moretones por toda la piel, esta vez sí que no se midieron a la hora de atacarme. —¿Cómo te sientes? —preguntó una voz familiar. —Has estado inconsciente durante varias horas. —Gire mi cabeza, aunque demasiado fuerte y sentí náuseas. Sin embargo la sensación pasó rápidamente y pude concentrarme en la expresión de Alonzo Rinaldi. Mi futuro esposo parecía realmente preocupado. Incluso pude detallar los surcos que se le formaban alrededor de los ojos. Por alguna extraña razón aquello me hizo reír, pero tal parece que a Alonzo no le encontraba la gracia, pues el brillo en su mirada pasó de angustia a enfado en cuestión de segundos. Se alejó y caminó hacía la puerta, fue allí cuando me di cuenta que estábamos en mi habitación y que él había estado sentado a mi lado. —No puedo creer que te estés riendo en una situación como esta, ¿comprendes siquiera la magnitud de lo que hiciste? —cuestiono muy furioso. Rodé los ojos y me acomode para quedar apoyada contra el cabezal de la cama. Estaba actuando como un auténtico paranoico, entraba poca luz en la habitación, pero sí la suficiente como para apreciar que tenía ganas de ahorcarme. —Desconozco de qué hablas, Rinaldi. —declaré secamente. La mirada turbia que me lanzó provocó que apretara mis labios. —¡Crees que estoy bromeando! —gritó, acercándose nuevamente a mi cama. Me sentí extrañamente complacida por su gesto. —Te pusiste en peligro al luchar con esos voyeviki, pudiste haber salido herida y ellos estarían muertos por tu causa. —No estarían muertos. —respondí enojada. ¿A qué venía su actitud? —Claro que lo estarían, tu padre hubiese ordenado su ejecución inmediata. —No lo haría. —contradije poniéndome de pie. —Él fue quien los asignó para entrenarme, sabe perfectamente que estás cosas ocurren y tú también, ¿por qué actúas tan sorprendido? —Aparte la sabana e intente ponerme de pie, pero el mareo volvió nuevamente. Alonzo se lanzó para sostenerme de inmediato. Su mano estaba en mi cintura y al darse cuenta la apartó como si quemará. —Aún así no deberías exponerte de esa manera a recibir daño. Solté una risa burlona ante su comentario, tenía que estar de broma. —Esto es la mafia rusa, Rinaldi, nadie sale de aquí sin heridas. Tu mejor que nadie deberías saberlo. —dije entrecerrando mis ojos. —No entiendo tu actitud. Alonzo parecía a punto de explotar y tenía ganas de llevarlo aún más a la orilla. Normalmente actuaba indiferente, como si nada ni nadie pudiese perturbarlo. Era embriagante saber que podía meterme debajo de su piel tan fácilmente. —No debería estar entrenando con hombres que te doblan el tamaño para luego terminar desmayada, maldita masoquista. —reclamó sentándose nuevamente en la silla que ocupaba anteriormente. —¿Normalmente te comportas tan familiarmente con hombres ajenos a tu familia? —siseó. Sus palabras sonaban a reclamo. Muy bien, ahora yo también me estaba enojando. —La cosa es, que eso no te compete, Alonzo Rinaldi. El hombre se puso de pie de inmediato, su rostro estaba ahora muy cerca del mío y mi corazón comenzó a latir demasiado rápido, ¿por qué no se alejaba? —Soy tu prometido, todo de ti me compete, princesa. La manera en que pronunció mi apodo causó que mi piel se estremeciera. De repente su mirada se oscureció, sabía que debía moverme, decir algo, pero algo me decía que no tenía que interrumpir el momento. Alonzo extendió su mano, acariciando mi mejilla suavemente, su palma era cálida y fuerte; no suave, sino llena de cayos debido al entrenamiento, me era tan familiar. —A partir de ahora sólo puedes entrenar conmigo, princesa.
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