Episodio 14

1563 Palabras
La figura se movía con sigilo, apenas visible en la penumbra que reinaba en el muelle. Sentí un escalofrío en la nuca, pero mantuve mi postura. No podía dar señales de duda o debilidad frente a los demás. Alonzo también había notado la presencia y se adelantó en silencio, colocándose un poco más cerca de mí. Sus ojos se fijaron en el punto exacto donde yo había visto la figura, y sus manos se deslizaron hacia la funda de su arma, preparado para cualquier eventualidad. —¿Espera refuerzos? —pregunté al hombre que me había entregado la carpeta, sin apartar la vista de la sombra. El hombre negó con la cabeza, visiblemente nervioso. —No, señorita. No debería haber nadie más aquí aparte del equipo de seguridad. Asentí, evaluando la situación. Por un lado, podría tratarse de algún curioso que desconocía a quién estaba espiando; por otro, podría ser una amenaza real. En cualquier caso, no era el momento de arriesgarme. —Quiero que refuercen la seguridad en el perímetro —ordené en voz baja—. Nadie ajeno debería estar aquí esta noche. El hombre asintió, y en cuestión de segundos, varios guardias comenzaron a extenderse por el área. Alonzo y yo intercambiamos una mirada, una mezcla de determinación y alerta que solo compartíamos en momentos críticos. —Voy a acercarme para investigar —susurró él, apenas moviendo los labios—. Quédate aquí y no te expongas. Si es necesario, te cubro. Quise protestar, pero él ya se había adelantado, moviéndose con agilidad y manteniéndose en las sombras para no ser detectado. Mi mano también descansaba sobre el arma que llevaba en el cinto, preparada para cualquier cosa. Sabía que Alonzo podía manejarse en situaciones complicadas, pero el impulso de protegerlo, aunque fuera mínimamente, se apoderaba de mí. Observé cómo se deslizaba hacia la figura, y fue entonces cuando un segundo sonido me hizo girar la cabeza. Al otro lado del muelle, otro hombre surgió de la oscuridad, intentando acercarse de manera discreta. No había duda: estaban tratando de flanquearnos. Sin dudarlo, levanté mi arma y la apunté hacia el intruso. —No te muevas —dije con voz firme, la autoridad impregnada en cada sílaba. El hombre se congeló, pero sus ojos destellaban una mezcla de arrogancia y desafío. Intentó retroceder, pero ya era tarde. Uno de los guardias se acercó y lo sujetó por el brazo, inmovilizándolo. Alonzo volvió junto a mí con una expresión de satisfacción y una leve sonrisa. La figura que había detectado resultó ser otro intruso, ahora capturado por uno de nuestros hombres. —Parece que alguien se tomó demasiadas libertades esta noche —comentó, divertido—. ¿Qué hacemos con ellos? El impulso de hacer una advertencia me tentaba, pero sabía que no era momento de dejarme llevar por mis impulsos. La misión debía completarse sin demoras ni distracciones. —Llévenlos a un lugar seguro y asegúrense de que no vean ni escuchen nada más de esta operación. Más tarde se les interrogará en La Fortaleza —ordené con calma, disimulando la ligera tensión que me había provocado el incidente. Alonzo me observó, y una mirada de aprobación brilló en sus ojos. Sabía que había tomado la decisión correcta. La operación continuó sin más problemas. Cuando finalizó y los contenedores estaban en marcha, un profundo alivio se apoderó de mí, aunque intenté no mostrarlo demasiado. Aquella noche había sido una prueba, y aunque no todo había sido perfecto, había superado mi primer encargo con éxito. De regreso en la camioneta, Alonzo y yo nos acomodamos en el asiento trasero. Él se inclinó hacia mí, su voz en un murmullo casi inaudible: —No estuvo nada mal para tu primera misión. Aunque admito que esperaba ver un poco más de acción. —Quizás para la próxima —repliqué, cruzando los brazos y lanzándole una mirada desafiante. Él rió suavemente y asintió, con una complicidad que había comenzado a surgir entre nosotros de manera inesperada. La noche se cerraba sobre la ciudad mientras el vehículo avanzaba hacia La Fortaleza, y en mi mente, sabía que esta era solo una pequeña victoria en un juego mucho más peligroso. A medida que nos alejábamos del muelle, dejé que mi cabeza descansara unos segundos contra el respaldo del asiento. La misión había sido un éxito, pero el cansancio me pesaba, tanto física como mentalmente. Alonzo seguía en silencio, aunque de vez en cuando lo notaba mirándome de reojo. Esa complicidad que surgía en los momentos de tensión era difícil de ignorar, y más ahora, cuando ambos habíamos comprobado que podíamos confiar el uno en el otro. Llegamos a La Fortaleza poco antes del amanecer. Apenas crucé el umbral, mi madre se acercó, su expresión preocupada hasta que se aseguró de que estaba bien. Sabía que ella intentaba comprender mi participación en los negocios de la familia, pero aun así siempre estaba ahí para recibirme, un pequeño recordatorio de que, al menos en casa, no tenía que demostrar fortaleza. —Te ves agotada, tigritsa —comentó, mientras posaba su mano sobre mi mejilla. —Todo salió bien, mamá —le aseguré con una sonrisa cansada—. Solo necesito unas horas de descanso. Ella me abrazó con fuerza, y luego, mientras yo subía a mi habitación, observé a Alonzo hablar con Vicente, quien había esperado nuestro regreso para recibir el informe completo. Un día más de trabajo para todos, pero la diferencia esta vez era que había sido yo quien había liderado la operación. Después de unas horas de sueño, desperté con el sonido de mensajes en mi teléfono. Inessa y Karina querían saber si me animaba a hacer algo esa noche, y mi mente recordó de inmediato la fiesta que había pospuesto en el departamento. Era una oportunidad perfecta para relajarme y, a la vez, continuar la fachada que ambas amigas creían: la de una estudiante de universidad como cualquier otra, libre de complicaciones y de secretos. Más tarde, cuando el sol caía sobre la ciudad, el departamento estaba listo y ambientado para la fiesta. La música resonaba, y las luces tenues de la sala le daban un toque íntimo y sofisticado. Mis amigas llegaron primero, como era costumbre, y el lugar se llenó rápidamente de estudiantes y conocidos de la universidad. Entre risas y charlas despreocupadas, era fácil creer que la noche sería sencilla y sin sobresaltos. Nicole se acercó y me observó con una sonrisa burlona. —Domi, esta es una fiesta de verdad. Pensaba que ya te habías olvidado de cómo se hacía —bromeó, dándome un ligero empujón. Aleska, con una sonrisa igual de pícara, asintió. —La universidad te tenía demasiado concentrada. Esta noche vas a recuperar el tiempo perdido. Sonreí y me uní a la risa. Ninguna de las cuatro tenían idea de que mis "compromisos" iban mucho más allá de los estudios. A veces me preguntaba cómo reaccionarían si descubrieran la verdad, pero esa noche no era para especular; era para disfrutar y dejar atrás las tensiones del mundo al que solo unos pocos podían acceder. La noche avanzaba, y con ella las risas y las anécdotas aumentaban. Incluso logré relajarme un poco, y cada vez que alguien me invitaba a un brindis, aceptaba sin dudarlo, dejando que la música y el ambiente me envolvieran. Sin embargo, casi al final de la fiesta, vi a Alonzo de pie en un rincón, observándome en silencio. Me acerqué, y él, que estaba allí "por seguridad", como él mismo había insistido, arqueó una ceja al verme. —¿Disfrutando de la fiesta? —le pregunté, sabiendo que su respuesta sería un "no". —Observando la fiesta, más bien —respondió con una sonrisa divertida—. Tú estás disfrutando lo suficiente por los dos. Reí, y, sin pensar mucho, tomé una copa de la mesa y la extendí hacia él. No sabía si era por la ligera embriaguez o por la necesidad de hacer que se relajara, pero esa noche, quería verlo disfrutar al menos un poco. —Vamos, Alonzo. Esta noche no pasa nada. Solo estamos entre amigos. Por un segundo, dudó, pero finalmente aceptó la copa y la levantó en un brindis. —Por tu primer éxito —dijo, en voz baja, solo para mí. Chocamos las copas y bebimos, pero en su mirada había algo más que admiración: una lealtad que reconocía sin que mediara palabra alguna. Al vernos reír, las chicas se acercaron de inmediato. Ellas también se llevaron una sorpresa al verlo tan de cerca, sobre todo porque conocían a Alonzo solo como "el prometido protector" de quien siempre hablaba con humor en la universidad. —¿No vas a bailar con tu protegida? —bromeó Amanda, guiñándome un ojo. La mirada de Alonzo pasó de la mía a la de ellas y, sin perder su calma habitual, me extendió la mano, haciendo que la situación se volviera tan divertida como incómoda. Las chicas aplaudieron, y él, con su sonrisa ladeada, me guiñó un ojo en un gesto de complicidad. Bailamos un par de minutos, y aunque fue una danza improvisada, las risas y las bromas continuaron, sellando aquella noche como un recuerdo distinto, casi ordinario. Pero esa era la clave de toda la fachada. Sabía que, en algún momento, el teléfono sonaría, o un mensaje llegaría, interrumpiendo la paz de esa noche. Por ahora, me permití olvidarlo.
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