La noche había dejado en todos un rastro de tensión, y al llegar a La Fortaleza, cada uno cargaba con la sombra de lo sucedido. Las enormes puertas de hierro se cerraron tras ellos, aislándolos del caos exterior, y el silencio de los pasillos resonaba con la seriedad de lo que estaba por discutirse.
Mi padre, Alexey, se sentó en la cabecera de la sala de reuniones, rodeado de las figuras clave de la Bratva. A su derecha estaba Vicente, su leal mano derecha desde hacía años, un hombre imponente y sereno, con una mirada calculadora que observaba cada detalle con frialdad.
Vicente me dirigió una inclinación leve de cabeza cuando ocupé mi lugar, un gesto de reconocimiento y de advertencia. Alonzo, con una expresión que oscilaba entre el control y la alerta, se sentó junto a mí, mientras los demás ocupaban sus posiciones estratégicas alrededor de la mesa.
Después de unos minutos de intercambio entre murmullos, mi padre alzó una mano, ordenando silencio. Su voz resonó con la determinación que siempre me había inspirado tanto respeto como orgullo.
—La situación requiere una respuesta firme y estratégica —dijo, mirando a cada uno de los presentes—. Lo de esta noche fue un mensaje, y sabemos de dónde vino.
El ambiente en la sala se tensó aún más. Todos entendíamos que no había cabida para vacilaciones. Las alianzas internacionales eran cruciales en este punto, y para proteger la posición de la Bratva, era esencial asegurar una conexión sólida con los cárteles americanos.
—Dominika —continuó mi padre, dirigiendo su mirada directamente hacia mí—, vas a ser nuestra emisaria. Viajarás a América. Necesitamos fortalecer la red de tráfico de armas y conseguir hombres que respalden nuestras operaciones.
No era una propuesta; era una orden. Y, aunque la responsabilidad era abrumadora, asentí con convicción. Sabía lo que se esperaba de mí, y después de lo que había pasado esta noche, estaba más que lista para demostrar que podía cumplir con mi papel.
Vicente intervino, con su tono bajo y firme que siempre imponía respeto.
—Sabemos que los cárteles no son fáciles de manejar. Son desconfiados y altamente volátiles. Tendrás que jugar tus cartas con cuidado, Dominika. Ellos respetan la fuerza, pero también la astucia. La misión es clara, pero la forma en que logres el acuerdo dependerá de tu habilidad para leerlos y adaptarte.
Me permití una ligera sonrisa, asumiendo la seguridad que requería la situación.
—Entendido. No habrá margen de error —dije, sin apartar la vista de mi padre, quien me respondió con una mirada cargada de aprobación y expectativa.
Alonzo permanecía en silencio, observándome con atención. Sabía que mi viaje también afectaría nuestra frágil relación, y que sería una prueba para ambos. Quizá, incluso, para su propio papel dentro de la familia, ahora que mi ausencia dejaría un vacío temporal.
Mi padre se levantó de la mesa, marcando el final de la reunión.
—Prepárate, hija. Saldrás al amanecer. La Bratva cuenta contigo.
El peso de sus palabras quedó en el aire mientras nos retirábamos de la sala. Era el comienzo de una misión crucial, una que me obligaría a enfrentarme no solo a enemigos externos, sino también a mis propios temores y a la lealtad que había prometido a mi familia y a la Bratva. Sabía que América me pondría a prueba en formas que aún no podía prever, pero estaba decidida a demostrar que estaba a la altura del legado que había heredado.
—Voy, pero con una condición —dije, sin apartar la mirada de mi padre—. Alonzo viene conmigo.
Mi declaración llenó la sala de un silencio tan denso que casi podía cortarse. Mis padres intercambiaron miradas y, durante un segundo, vi la sorpresa en el rostro de mi madre. Vicente, el brazo derecho de mi padre, cruzó los brazos, observándome con un interés que no se molestó en disimular.
Mi padre levantó una ceja, evaluándome.
—¿Por qué él? —preguntó finalmente, sin rastro de emoción en la voz.
—Porque necesito a alguien que respalde mis decisiones sin cuestionamientos —respondí, cruzando los brazos—. Alguien que entienda lo que está en juego y que no tenga reparos en manejar la situación si algo sale mal.
Alonzo, quien hasta ese momento había permanecido en silencio a un lado de la sala, alzó la mirada hacia mí, sorprendido, pero no dijo nada.
Mi madre rompió el silencio con voz suave.
—Dominika, ¿estás segura de esto? —preguntó, sus ojos buscando los míos, como si intentara advertirme de algo sin palabras.
—Completamente segura —contesté, manteniéndome firme.
Finalmente, mi padre asintió, casi imperceptiblemente, como si analizara todas las implicaciones de mi elección en cuestión de segundos.
—Muy bien. Tienes mi bendición —dijo, dirigiéndose a Vicente—. Haz los arreglos necesarios para su viaje.
Alonzo y yo intercambiamos una mirada breve. Sabíamos lo que significaba aceptar una misión como esta juntos: cada paso en ese terreno nuevo sería una prueba de confianza. La decisión estaba tomada
La madrugada de nuestra partida era fría y silenciosa. La ciudad aún dormía bajo un manto de estrellas apagadas, y el eco de nuestros pasos en el hangar privado fue el único sonido que rompía esa calma fantasmal. Alonzo me esperaba junto al avión, con esa postura confiada que a veces era irritante, y otras, desconcertante. Vestía de n***o, su mirada oculta bajo unas gafas de sol, a pesar de la oscuridad. Lo miré de reojo y me pregunté cuánto sabía realmente de este mundo; cuánto de este viaje estaba dispuesto a aceptar sin reservas.
Subimos al avión sin intercambiar palabras. Ambos estábamos concentrados en lo que venía, anticipando el reto que suponía esta misión en territorio ajeno. La cabina privada era espaciosa, un lujo frío que no hacía sino recordarme la distancia de lo que realmente importaba en ese momento. Observé las luces de la ciudad desaparecer bajo nosotros, sumergiéndonos en la vastedad del cielo nocturno. Nos esperaba un viaje largo, y con él, un enfrentamiento con lo desconocido.
—¿Tienes alguna estrategia en mente? —preguntó Alonzo, interrumpiendo mis pensamientos, su voz grave y segura.
Lo miré un instante, considerando cuánto revelar. Con Alonzo, las palabras no eran un simple intercambio; cada una podía ser un arma, o una concesión.
—He preparado las bases del acuerdo, pero mucho dependerá de cómo ellos respondan al acercamiento —respondí con cautela—. No es la primera vez que intentamos negociar, pero sabemos que en este territorio, la confianza se gana solo con sacrificios visibles. La Bratva les ofrece poder. Lo que quiero ver es cuánto están dispuestos a ofrecer a cambio.
Alonzo asintió, su mirada evaluándome con una intensidad que me hizo sostener el aire. No era una mirada de duda, sino de análisis, como si intentara ver más allá de mis palabras.
—Entonces, será interesante ver cómo manejas la situación, Volkova —dijo, y pude notar un atisbo de desafío en su tono—. En estos asuntos, no basta con poder; hay que demostrar que somos inquebrantables.
Quise replicarle algo mordaz, pero decidí guardar silencio. Al final, Alonzo tenía razón, y si deseábamos salir de México con algo más que promesas vacías, debía demostrar no solo fortaleza, sino también flexibilidad.
Pasaron horas en las que intercambiamos pocas palabras, ocupados cada uno en revisar los detalles de la misión. No hubo espacio para la calma ni el sueño; el viaje era largo, y el cansancio físico solo se acumulaba con cada minuto que nos acercaba a la ciudad de México
La tensión en la cabina era casi palpable, y yo no estaba de humor para el silencio.
—¿No vas a decir nada? —le solté, rompiendo el mutismo—. Pensé que tener una misión contigo sería más… entretenido.
—¿Es eso lo que esperas de esta alianza? ¿Entretenimiento? —me miró con esa media sonrisa suya, un tanto desafiante.
Le sostuve la mirada y, tras unos segundos, le respondí sin perder la calma.
—Solo espero resultados. Pero si podemos divertirnos un poco en el proceso, no me quejo.
Alonzo soltó una risa corta, una mezcla de sorpresa y aprobación, antes de regresar a revisar los detalles de nuestro plan. Me mantuve atenta a su expresión, buscando cualquier señal que delatara algo más allá de la fachada profesional. Durante el trayecto, repasamos cada aspecto de las negociaciones, y aunque nuestras personalidades chocaban, su presencia me daba cierta seguridad.
¿Por qué me elegiste? —preguntó, mirándome con una mezcla de curiosidad y desafío—. No es como si nos lleváramos bien.
Lo observé por un momento, evaluando cuánto estaba dispuesta a revelar. Finalmente, suspiré.
—Porque sé que no me vas a traicionar, Alonzo. Y porque, por mucho que choquemos, eres el único que entiende lo que implica una misión así. Los dos sabemos lo que está en juego.
Él asintió, un destello de comprensión en sus ojos.
—Tienes razón —admitió—. Aunque no creas en esto, Dominika, te aseguro que soy el hombre indicado para este trabajo.
La tensión en sus palabras era palpable, como una promesa. A pesar de nuestra rivalidad, compartíamos un respeto mutuo que, en momentos como este, se volvía tangible.